En 1928, Brasil dio un paso audaz hacia la modernización. La conexión entre Río de Janeiro y Petrópolis dejaba de ser un camino precario para convertirse en la primera carretera asfaltada del país. La carretera Río–Petrópolis fue un hito no solo de ingeniería, sino de visión política.
Inaugurada con pompa el 25 de agosto de 1928, la carretera Río–Petrópolis marcó un parteaguas en la infraestructura de Brasil. Era la primera carretera asfaltada del país y una vitrina de la ambición del entonces presidente Washington Luís, cuya famosa frase — “Gobernar es abrir caminos” — adquirió forma literal en la nueva conexión entre la entonces capital federal y la ciudad imperial.
Hasta ese momento, el trayecto entre Río de Janeiro y Petrópolis se realizaba por caminos de tierra, sujetos a erosiones, deslizamientos y constantes inundaciones, sobre todo después de lluvias.
La nueva carretera, planificada y construida para superar los desafíos de la Serra do Mar, transformó radicalmente este escenario.
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Con pistas de 8 metros de ancho en la Baixada Fluminense y 6,5 metros en la sierra, la carretera tenía un límite de velocidad de 60 km/h — un logro en esa época.
Una obra que impresionaba
La construcción de la carretera fue una audacia técnica para los estándares de principios del siglo XX. El tramo de la sierra incluía túneles excavados en roca a más de cien metros de altura y curvas sinuosas en laderas empinadas.
A pesar de que había pocos vehículos circulando en Brasil — el Distrito Federal contaba con alrededor de 20 mil en ese momento — la demanda por una vía segura y funcional justificaba el proyecto.
Al día siguiente de la inauguración, 1.783 vehículos pasaron por la nueva carretera. Un número que impresionó al gobierno y a la población, convirtiéndose en símbolo del progreso.
El entonces presidente Washington Luís, que había asumido el poder en 1926, hizo de la carretera uno de los hitos de su gestión, la última de la llamada República Vieja.
Modernización y cambios
En 1931, el gobierno inició la sustitución del asfalto por concreto en el tramo de la sierra, con aproximadamente 22 km de extensión. Esta obra incluyó la construcción de tres viaductos desafiantes, lanzados sobre desfiladeros — hitos de la ingeniería nacional.
El conjunto de la obra se convirtió en referente de infraestructura vial en el país y símbolo de la modernización.
En las décadas siguientes, la Río–Petrópolis pasó por cambios estructurales. Ya en los años 50, se construyó el Contorno de Petrópolis, conectando Itaipava con Xerém.
La vía original, entonces, comenzó a funcionar como pista de subida, mientras que el nuevo trazado empezó a servir como pista de bajada. Esta división se mantiene hasta hoy.
Concesión y nueva fase
En 1996, la carretera fue concesionada a la iniciativa privada. La Concer (Compañía de Concesión Vial Juiz de Fora–Río) pasó a administrar el tramo entre Río y Juiz de Fora, incluyendo el segmento histórico entre Río y Petrópolis. La privatización preveía mejoras en la pista, aumento de la seguridad y mantenimiento continuo.
Sin embargo, el tramo de la sierra siguió siendo un desafío. Curvas cerradas, neblina intensa y pistas estrechas generaban riesgos y accidentes.
En 2013, comenzaron obras para la construcción de una nueva subida de la sierra, con túneles y viaductos modernos.
El objetivo era hacer el trayecto más rápido y seguro, pero las obras se vieron marcadas por retrasos y cuestionamientos sobre la gestión de la concesión.
Hoy, alrededor de 7 mil vehículos circulan diariamente por el tramo administrado por la Concer. El nombre oficial del segmento entre Río y Petrópolis es Carretera Washington Luís, en homenaje al presidente que ideó el proyecto.
Parte de la BR‑040, la carretera conecta Río de Janeiro con Belo Horizonte y sigue hasta Brasilia, consolidándose como una vía estratégica nacional.
Un legado que resiste
Más de 90 años después de su inauguración, la Río–Petrópolis sigue viva en la memoria del país.
La carretera que simbolizó el inicio de la era vial brasileña también se ha convertido en testigo de las transformaciones políticas, económicas y sociales de Brasil.
De símbolo de progreso a espera de modernización, continúa conectando no solo ciudades, sino también capítulos distintos de la historia nacional.
La carretera permanece como un recuerdo concreto de que, para muchos gobernantes, el progreso comienza en el asfalto. Y que, a veces, una carretera puede transportar mucho más que automóviles: transporta ideas, esperanzas y la propia noción de desarrollo.

Essa rodovia conta a história da minha família. Deus abençoe as gerações das famílias que viveram, vivem e viverão ao longo dessa rodovia.