En la pequeña Lebon Régis, en Santa Catarina, un agricultor de 70 años divide la casa con su madre de 90, cuida del jardín, doma caballos, siembra, cosecha, reza en silencio y prueba que una rutina simple aún sostiene vínculos, salud y dignidad en el campo catarinense de vida calma y resistente.
Brasil habla de futuro, tecnología y ciudades inteligentes, pero en el interior catarinense todavía existe un mundo donde el tiempo se mide por la cabalgata, por la azada en el jardín y por el olor de la tierra mojada. Allí es donde un agricultor de 70 años ha decidido quedarse, al lado de su madre de 90 y su hermana, persistiendo en la misma tierra donde nació, creció y envejeció.
Mientras mucha gente corre detrás de más consumo, más pantalla y menos charla, esta familia sigue otro guion. La apuesta es por una vida auténtica que no cabe en una aplicación, hecha de ganado, hierbas medicinales, río helado, oración al final de la tarde y un caballo que aún es medio de transporte, herramienta de trabajo y compañía en todo momento.
La casa donde el agricultor de 70 años eligió quedarse

El agricultor de 70 años vive en una casa simple, en el interior de Lebon Régis, con su madre de 90 años, viuda desde hace muchos años, y una hermana de 62 que también participa en las labores.
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Él no viene de las flores, se produce solo cada dos años y más del 90% va directamente a Europa: conoce la miel de melaza de bracatinga de Santa Catarina, considerada una de las más raras del mundo y menospreciada por el propio Brasil.
Nada de lujo, reforma moderna o muebles de catálogo.
El mayor patrimonio está en la frase que repite con convicción: “nacido, criado y envejecido en el mismo santo lugar”.
Sabe que no “evolucionó materialmente” como muchos esperarían, no acumuló capital, no llenó el garaje y no cercó la casa de cosas nuevas.
Pero no habla de esto como un lamento. Habla como una elección.
En la mente del agricultor de 70 años, la verdadera seguridad está en seguir entendiendo el suelo que pisa, el clima, el ritmo de la tierra y el humor de los animales.
Esta permanencia crea algo raro hoy: rutina predecible, pero no vacía. La madre decide qué cocinar, organiza el día, manda en el jardín.
Él ayuda, carga, cuida del ganado, de los caballos, del carro, del jardín.
La hermana entra en la misma ruta, en un tipo de arreglo familiar que solía ser común en el Brasil rural, pero que hoy se ha convertido en excepción.
Jardín que es huerto, farmacia y sala de memoria

El “reino” de Doña Ernestina es el jardín frente a la casa. Allí, no acepta ver maleza tomando control. Aún a los 90 años, insiste en desherbar, reorganizar canteros, replantar, limpiar, reiniciar.
No lo hace por obligación, lo hace por identidad.
En este espacio caben hortalizas, legumbres y una colección de hierbas que mantiene a la familia desde hace décadas.
Ella señala con naturalidad plantas que mucha gente de la ciudad solo conoce de nombre: ora-pro-nóbis, cola de caballo, anís, bálsamo, hojas para presión alta, tés para el dolor, para la gripe, para “debilidad”.
Las recetas vinieron de gente más antigua, de padre, madre, suegra, de un tiempo en que los medicamentos de farmacia no llegaban o no cabían en el presupuesto.
El jardín funciona como laboratorio popular, donde cada hoja tiene función e historia. La lógica es simple: si la salud depende de la tierra, la primera farmacia sigue siendo el huerto.
Mientras muchos brasileños han perdido el vínculo con este conocimiento, allí la transmisión sigue siendo directa, cara a cara.
Es la madre explicando que una hierba sirve para bajar la presión, pero que no puede ser usada por quien ya tiene presión baja.
Es el agricultor de 70 años repitiendo lo que aprendió, guardando en la práctica una cartografía de cura que no está en el prospecto.
Caballo, río y carro: la rutina que no cabe en una aplicación
Sin celular como extensión del cuerpo y sin depender de un coche para cualquier desplazamiento, el agricultor de 70 años sigue apostando en el caballo como medio de transporte y compañero de trabajo.
Él mismo explica: “el caballo es mi medio de transporte preferido desde niño”.
Limpia casco por casco, evita la herradura para no lastimar al animal, respeta el tiempo de descanso después de un día de trabajo duro.
Le gusta entrenar a los caballos en el campo, en senderos estrechos, en donde el animal debe aprender a desenvolverse en espacios reducidos sin golpearse la cabeza o la rodilla del jinete.
Es técnica, es costumbre, es cultura de quien vivió troperos pasando por la propiedad y guardó este patrón de cuidado.
El carro también sigue activo. Ya ha llevado maíz, calabaza, cerdo, todo lo que la producción exija.
En la cría de ganado de carne, trabaja en conjunto con un hermano, usando tanto su propia área como la del pariente.
Es un sistema de consorcio familiar, basado en confianza y trabajo, no en contrato digital y firma electrónica.
Al fondo de la propiedad corre el Río Bonito. Allí el agricultor de 70 años lleva al caballo para “acostumbrarse” con agua fría, acostumbrar al animal a nadar, quitarle la “cosquillita” de la piel.
Él mismo entra, enfrenta el agua helada, permanece minutos dentro del río, como parte de un ritual que mezcla higiene del animal, resistencia física y placer simple.
Fe, salud y elecciones fuera del guion urbano
El agricultor de 70 años no se casó. Cuenta que, en su juventud, vivió una fase de excesos con la bebida, muchas fiestas, muchos bailes, hasta casi “perder el buen juicio”.
La resaca constante, el debilitamiento y la sensación de falta de control lo llevaron a cambiar de rumbo.
Hoy trata la sobriedad como condición para seguir cabalgando, trabajando y cuidando de los animales.
Doña Ernestina, por su parte, encontró en la fe la forma de organizar su propio día. Al final de la tarde, después de desherbar, aprovecha el jardín para rezar.
No pide riqueza, coche nuevo o viaje. Pide salud para sí, para la familia, para “quien necesita vivir”.
No le gustan las fiestas de cumpleaños, no se ve en un salón decorado. Prefiere un pastel simple en casa, hecho por ella misma, sin público.
Esta combinación de fe práctica, disciplina silenciosa y rechazo a ciertos rituales de consumo crea un código propio.
La familia acepta la risa, la crítica, el juicio de quienes piensan que se “quedaron atrás”, pero se mantienen firmes en la forma de vivir que eligieron.
Para ellos, la mayor conquista es seguir activos, subiendo en el estribo, atravesando montañas, cuidando del jardín y del ganado sin sentir que la vida fue desperdiciada.
Lo que el agricultor de 70 años revela sobre Brasil que resiste
Existe un Brasil que discute inteligencia artificial, coches eléctricos, blockchain.
Pero también existe el Brasil en el que un agricultor de 70 años aún vive con su madre de 90, mantiene el jardín limpio, conoce el agua de su propio río y sabe domar caballos en el campo.
Este Brasil no aparece en un balance trimestral, pero sostiene comida, cultura y memoria.
La rutina de este agricultor de 70 años muestra una vida auténtica que aún resiste en el interior catarinense. No es un cuento romántico.
El trabajo es pesado, el cuerpo lo exige, la rodilla recuerda una antigua herida, el cansancio llega.
Pero hay algo allí que buena parte de la población urbana ya ha perdido: continuidad, pertenencia, claridad sobre quién se es y de dónde se viene.
Cuando Doña Ernestina se niega a dejar la azada y insiste en cuidar del jardín, no solo está desherbando.
Está sosteniendo un hilo de conocimiento que, si se rompe, difícilmente será reconstruido.
Cuando el agricultor de 70 años decide seguir sin coche, sin grandes fiestas, sin acumulación de bienes, hace una elección que cuestiona silenciosamente el patrón dominante.
Al final, queda una pregunta que inquieta a cualquier lector que vive rodeado de pantallas, plazos y notificaciones todo el día: ¿cambiarías parte de tu rutina urbana por algunos días viviendo como este agricultor de 70 años con su madre de 90 en el interior catarinense?


Hhaa nao ne ,como eles nao viveriam em SP capital ,imagina ele a mae dele vivendo aqui ,ou imagina um paulistano vivendo la ,nao vejo problemas em viver em cidade com tecnologia e essa rotina **** que eu tanto amo ,eu nao conseguiria viver no meio do mato ,cada um com suas mania
Viveria sim
Parabéns pela reportagem. Deixaram-os, bem a vontade, eles se expressaram do modo ea maneira deles, com clareza, riqueza e inteligência! É, uma das poucas e excepcionais matérias sobre a vida real, com tudo que há de perfeito na vida e da vida no interior….. Parabéns à essa família e equipe de reportagem!