Conozca la trayectoria del sitio que comenzó como granja de lujo, se convirtió en un postal de Teresópolis y hoy alberga el mayor centro de entrenamiento del fútbol nacional.
La historia de Granja Comary comienza mucho antes de que la camiseta verdeamarilla marcara presencia por allí. En 1920, el empresario Eduardo Guinle, ya millonario gracias a la concesión del puerto de Santos, compró la antigua Fazenda Comary, en Teresópolis, para ser el refugio serrano de la familia.
El escenario de montañas, clima templado y vista a la Pedra do Soberbo recordaba veranillos europeos y atraía a la élite carioca de la época. El apellido Guinle ya era sinónimo de lujo en Río: habían plantado bandera en el Copacabana Palace y en el Palácio Laranjeiras, entre otros hitos arquitectónicos.
Al adquirir la granja, Eduardo ordenó abrir caminos internos, construir chalets de estilo alpino y planear jardines alrededor de un lago natural. El objetivo no era solo descansar, sino recibir políticos, músicos y diplomáticos en fiestas que reforzaban el prestigio del clan.
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Con la muerte de Eduardo, en 1941, el sitio quedó en manos del hijo Carlos Guinle, padre del famoso playboy Jorginho. Carlos mantuvo la propiedad y comenzó a diversificar el área, transformándola en un polo agropecuario y, después, en un proyecto inmobiliario.
Aún en la década de 1940, la familia ya hablaba de construir allí un gran club de ocio, pero la Segunda Guerra Mundial retrasó los planes. El período sirvió, sin embargo, para acercar Teresópolis a los circuitos de invierno frecuentados por la sociedad.
Cuando llegó la posguerra, la Granja ya era vista como una joya de la Serra Fluminense, lista para ganar nuevas funcionalidades y nuevas historias.
Gallinas francesas, zorros y ranas: la granja que se convirtió en atracción
Poca gente imagina que la primera gran inversión de los Guinle en Comary fue… la cría de gallinas importadas de Francia. La idea era producir huevos especiales para hoteles y restaurantes de Río.
Las aves no vinieron solas. Documentos del acervo familiar mencionan viveros con faisanes, patos exóticos y hasta un pequeño lote de zorros plateados, usados para piel, moda lujosa de la época.
En la orilla de los lagos, la familia también intentó criar ranas para exportación gastronómica. Las experiencias agropecuarias duraron poco, pero dieron fama al lugar: los visitantes hacían cola los fines de semana para ver la “granja-show” de los Guinle.
Con el tiempo, los dueños se dieron cuenta de que el potencial turístico era mayor que el retorno agroindustrial. Abrieron puertas para picnics y autorizaban paseos monitoreados; muchos habitantes de Teresópolis recuerdan las “tardes en los jardines de Comary” como un programa de infancia.
Los años 50 marcaron el cambio: Carlos Guinle contrató ingenieros para transformar tierras en lotes residenciales de alto estándar. Surgió el embrión del barrio Carlos Guinle, hoy una de las áreas más valoradas de la ciudad.
Aun así, la memoria de la granja original sobrevive en placas, antiguos galpones y en las historias que guías cuentan a turistas curiosos en busca de los orígenes inusuales del futuro CT de la Selección.
De la granja al barrio: lotes, lago y el surgimiento del Club Comary
En 1950, excavadoras abrieron un canal y ampliaron un antiguo embalse para crear el Lago Comary, postal que hoy estampa fotos de ensayo de la Selección. El paisaje espejado se convirtió en punto de contemplación y vendió lotes como agua.
Con el objetivo de ofrecer ocio a los nuevos moradores, diez personalidades locales fundaron, en 1968, el Club Comary. Canchas, piscinas y un pequeño estadio transformaron el espacio en un “country club” serrano disputado por la sociedad fluminense.
El modelo urbanístico previó calles sinuosas siguiendo la topografía y áreas verdes preservadas. Cada casa debía seguir estándares de retranqueo y altura, garantizando vista al lago y armonía arquitectónica.
En esta fase, el contacto con el deporte se intensificó. Torneos de tenis y fútbol de fin de semana comenzaron a atraer atletas de clubes de Río, que aprovechaban la altitud como preparación física.
Los medios deportivos comenzaron a apodar el lugar como “pequeña Suiza brasileña”, por la combinación de clima, pinos y chalets. El marketing espontáneo llamó la atención de la entonces Confederación Brasileña de Deportes (CBD).
Al final de los años 70, los Guinle, ya sin el poder económico de antes, vieron en la CBD un comprador ideal para parte del área aún no loteada. Nació el próximo capítulo.
Negocio de futbolistas: la CBF compra el paraíso serrano
Entre 1979 y 1983, la CBD (que se convertiría en CBF) negoció cerca de 149 mil m² de Granja Comary para erigir allí el Centro de Entrenamiento de la Selección Brasileña de Fútbol.
El proyecto, audaz para la época, preveía campos oficiales, alojamientos, auditorio y laboratorio de fisiología. La Federación eligió Comary por el clima templado, altitud de 870 m y proximidad a Río.
Las obras buscaron integrar las construcciones al escenario. Los arquitectos mantuvieron árboles centenarios y abrieron ventanas orientadas al lago, garantizando fotos icónicas que el aficionado conoce hasta hoy.
En 1987, el CT fue inaugurado y utilizado en la preparación para la Copa América del mismo año. Desde entonces, todas las selecciones principales, de 1994 a 2022, pasaron por los vestuarios de Comary antes de Mundiales.
Además del equipo masculino, categorías de base y el equipo femenino usan las instalaciones. El lugar alberga también cursos para entrenadores, congresos médicos y exposiciones históricas sobre el fútbol nacional.
La compra cambió la dinámica del barrio: hoteles, restaurantes y comercio deportivo crecieron para atender a periodistas y aficionados que acuden siempre que la selección se concentra.
Patrimonio afectivo del fútbol brasileño
Para muchos brasileños, escuchar “Granja Comary” es recordar la rueda de prensa de convocatoria, las pedaladas en entrenamientos abiertos o las fotos de Neymar, Marta y compañía en el deck de madera sobre el lago.
Allí nacieron campañas campeonas: la selección de 1994 ajustó la preparación en los campos serranos antes de levantar el tetra en EE. UU.; en 2002, Felipão repitió el ritual rumbo al penta.
Aun en los tropiezos, como el 7 × 1 en 2014, el centro de entrenamiento se convirtió en símbolo de catarsis nacional: los aficionados hacían vigilia en la puerta principal, mezclando crítica y apoyo.
Para Teresópolis, el CT es motor de turismo. Estudio de la alcaldía apunta impacto directo en la red hotelera cada vez que la selección se reúne, sin hablar de la proyección internacional de la ciudad.
El lago, hoy flanqueado por esculturas de cracks, sigue siendo escenario de postales — pero también de paseos dominicales para familias locales, que disfrutan del paseo público.
Más que un centro deportivo, Granja Comary se convirtió en memoria colectiva. Y pensar que todo comenzó con gallinas francesas y el sueño de un empresario de llevar aire puro y encanto europeo a la Sierra.

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