Con 84 Años y Ocho Hijos Criados, Ella Vive Sola en una Villa Perdida en las Montañas, Cuida del Pozo, Hace Queso, Hornea Pan de Maíz, Visita a la Vecina e Insiste en Trabajar Todos los Días, Desafiando el Cansancio, la Soledad y el Olvido de Quien Fue Dejado Atrás Allí.
A los 84 años, Nadiya de la villa de Lazy, región Transcarpática, en Ucrania, madre de ocho hijos, vive sola en una pequeña villa en las montañas, rodeada de pendientes empinadas, caminos de tierra y silencio. Su marido falleció en 2017, a los 90 años, y uno de los hijos fue llevado por la difteria a los ocho años de edad. Aún así, no se detiene. Todos los días, se levanta temprano, cuida del pozo, prepara comida, observa el pasto, organiza la casa y sigue repitiendo la frase que se ha convertido en rutina: “no tengo tiempo para conversar, tengo mucho trabajo”.
Lejos de los hijos casados y sin nadie viviendo a su lado, ella vive sola, pero se niega a verse como alguien frágil. Sube y baja cuestas con dificultad, pero sin rendirse, agradece por no tener que cargar baldes de agua por kilómetros, preserva el cocho de 60 años donde aún amasa el pan y guarda, con cariño, las fotos de la familia y las medallas que cuentan la historia de toda una vida de esfuerzo.
Rutina Dura de Quien Aún No Ha Dejado de Trabajar

En la villa en las montañas, la rutina de la anciana comienza temprano y termina tarde. Aún con 84 años, ella trabaja sin parar, repitiendo tareas que hacía cuando tenía 30 o 40.
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En el pasado, cosechaba sola todo el campo, mientras su marido pasaba la mayor parte del tiempo fuera, trabajando.
Hoy, ella misma admite que ya es suficiente, que no pretende cultivar todo como antes, pero aún cuida de la tierra, observa las manzanas, cosecha lo que puede y habla con cariño de los árboles cargados de frutos.
A medida que pasan los días, ella confirma en la práctica lo que significa envejecer lejos de la ciudad. Subir la montaña es difícil, bajar es un poco más fácil, pero el trayecto sigue exigiendo aliento y equilibrio.

Aún así, continúa, paso a paso, porque necesita buscar agua, observar el terreno, cuidar de la casa y asegurarse de que no falte nada. Entre una tarea y otra, conversa con los árboles, con los animales, acaricia al gato y trata el lugar como una parte viva de la familia que construyó.
Pozo, Agua y Tecnología Simple para Sobrevivir en las Montañas

Uno de los puntos centrales de la vida de quien vive sola en la montaña es el agua. Antiguamente, según ella misma recuerda, las personas caminaban hasta 2 kilómetros llevando baldes llenos, subiendo y bajando, bajo sol o frío.
Hoy, agradece por no tener que hacer eso. Va hasta el bosque, sigue el sendero, llega a un pozo de aproximadamente dos metros de profundidad y se apoya en un hilo atado a un árbol para evitar accidentes.

Allí, un motor instalado hace dos años extrae el agua del pozo y empuja el líquido a través de un cable enterrado en la montaña, cerca de 200 metros arriba de la casa.
Es una solución simple, pero decisiva. Se enorgullece del equipo, dice que el motor funciona bien, que siempre hay agua en verano, aunque el pozo no sea muy profundo.

Es esta combinación de esfuerzo físico y pequeños recursos técnicos la que le permite seguir viviendo sola con autonomía, sin abandonar el lugar donde construyó su propia vida.
Queso, Pan de Maíz y Comida de Campo Hechos a Mano
Dentro de casa, la cocina es el corazón de la rutina. El viejo cocho de madera, con cerca de 60 años de uso, sigue firme, sirviendo para amasar la masa de pan. Prepara el “klyag”, un suero de leche parecido a la leche agria, vertiendo poco a poco y mezclando con calma, hasta llegar al punto correcto.
El queso que produce proviene de la leche de sus propias vacas, ordeñadas por la noche y por la mañana. Con esta leche, hace quesos frescos y simples, resultado directo del trabajo diario.
En la despensa, recuerda con orgullo que, solo el año pasado, consumió dos o hasta tres sacos de champiñones secos, guardados para el invierno y utilizados en sopas y platos caseros.
A la hora del pan, mezcla harina de maíz con kefir casero, moldea las masas, lleva todo al horno de casa y llena el ambiente con el olor de pastel y tarta de maíz.
Los pasteles caseros y la tarta de maíz son parte de la vida diaria, siempre precedidos por una oración antes de comer, un ritual que mezcla fe, gratitud y disciplina.
Laços de Vecindad en Medio de la Soledad
Aunque vive sola, no está completamente aislada. Hay una vecina en la misma región de la villa, otra señora que también vive el duro cotidiano de las montañas. Siempre que puede, la anciana camina lentamente hasta la casa de esa amiga.
Lleva regalos simples, pero llenos de significado, como palomitas de maíz y pan de maíz casero, hechos por sus propias manos. La recepción es cálida, con agradecimientos, abrazos y peticiones para que ella visite con más frecuencia.
En la conversación, hablan de suerte cuando logran un viaje para ir al centro de la ciudad y volver, cuentan historias sobre los hijos, sobre el columpio construido por los parientes y sobre los niños de la escuela que quieren tomarse fotos.
La vecina desea que ella viva hasta los 100 años, agradece la visita y la invita a su casa en Pascua. Estos encuentros breves rompen la dureza del aislamiento y muestran que, incluso en pequeñas villas, los lazos de vecindad siguen siendo una forma importante de apoyo emocional.
Memorias del Marido, de los Hijos y de una Vida de Coraje
Dentro de casa, las paredes están cubiertas por fotos antiguas. Ella muestra a su hija cuando era novia, a la hija Nadia con el padre, la hija mayor, la más joven, el hermano, los vecinos, ella misma al lado del hijo Vasyl.
En una de las imágenes, aún joven, alrededor de 35 años, se ve con otro cuerpo, otro ritmo, pero la misma determinación. Cada fotografía es un recuerdo concreto de que la casa ya estuvo llena de gente, de voces, de pasos, de risas de niños.
En la estantería, al lado de las fotos, están las medallas. Hay la medalla “Por la Coraje”, recibida por su marido, y la medalla “Madre Heroína”, relacionada con el hecho de haber criado ocho hijos en condiciones difíciles.
Cuentan que vivió con su marido desde 1959 hasta 2017, cuando él murió a los 90 años y 2 meses. Habla de él con respeto y cariño. Dice que era un buen hombre, que amaba a los niños, trabajaba mucho y nunca ofendió a su esposa ni a sus hijos.
Uno de los niños murió de difteria a los ocho años, un dolor que nunca desapareció, pero que aprendió a llevar.
Hoy, siete hijos están vivos, la mayoría casados, uno aún soltero. Las ropas antiguas que ya no usa piensa en donar, sin apego exagerado, pero con la conciencia de que forman parte de una historia larga. Entre recuerdos, duelo y orgullo, sigue viviendo sola en las montañas, con la casa llena de memoria y el jardín lleno de tareas.
Vejez Activa, Fe y Resistencia en una Villa que se Vacia
A los 84 años, la anciana no se ve como víctima, sino como sobreviviente de un tiempo en que casi todo dependía de la fuerza de su propio cuerpo.
Su marido se fue, algunos vecinos se fueron, uno de los hijos murió joven, y la villa parece cada vez más vacía. Aun así, mantiene la rutina, hace queso, pan, seca champiñones, cuida del agua y agradece por aún poder subir y bajar la montaña.
Sabe que, en muchos lugares, personas de su misma edad están en hogares de ancianos o viviendo con parientes. Ella, no.
Elegió continuar y aún puede arreglárselas, incluso enfrentando el cansancio, la soledad y el peso de los años. Entre el pozo, el horno, las fotos, las medallas y la visita a la vecina, su vida muestra una vejez activa, marcada por trabajo, fe y resistencia silenciosa.
¿Podrías imaginar tu propia vejez viviendo en un lugar aislado como este, o considerarías imposible mantenerte así, trabajando y llevando la vida prácticamente solo en las montañas?


Onde mora?
Onde mora a senhora? Isso, para que não pareça ficção.
Repito q uma mãe não mediria esforços para vê, saber como os filhos estão. Já o contrário, raramente ocorre. Só o grande Deus e o Espírito Santo pra sustentá-la e cuidar do dia a dia dela. Graças a Deus q Ele vê tudo.