En 1709, en Lisboa, el padre brasileño Bartolomeu de Gusmão presentó a la Corte portuguesa un globo de aire caliente funcional, realizó demostraciones públicas décadas antes que los franceses, prometió recorrer cientos de leguas por día, pero no obtuvo apoyo político, abandonó el proyecto y murió pobre, perseguido y prácticamente olvidado
En agosto de 1709, a los 24 años, el padre Bartolomeu Lourenço de Gusmão presentó a la Corte portuguesa un aeróstato capaz de elevarse sin apoyo, en Lisboa, ante el rey Don João V, demostrando por primera vez que un artefacto humano podía vencer la gravedad.
El experimento se realizó pocos meses después de la llegada de Gusmão a Portugal, viniendo de Brasil, donde ya era conocido como inventor. La presentación marcó un episodio inédito en la historia de la ciencia al mostrar un objeto más ligero que el aire.
Según Araguaryno Cabrero dos Reis, brigadier reformado de la Fuerza Aérea Brasileña, ese momento representó la primera vez que un aparato construido por el hombre logró deslizarse por la atmósfera sin sustentación externa.
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La observación del fuego y el origen del aeróstato
Años antes de la demostración pública, Gusmão observó el comportamiento de una llama y se dio cuenta de que el aire caliente podría levantar pequeños objetos ligeros, como fragmentos de papel o hollín resultante de la quema.
No existen documentos históricos que detallen exactamente cómo ocurrió este descubrimiento inicial, pero se especula que el fenómeno fue observado cuando una burbuja de jabón fue lanzada al aire al pasar sobre una vela.
También existe la hipótesis de que trozos de papel, al quemarse y convertirse en hollín, subieron, revelando al sacerdote el potencial del aire caliente como fuerza de elevación.
Estas observaciones llevaron a Gusmão a proyectar un aparato similar a un globo de San Juan, utilizando papel y una fuente térmica para calentar el aire en su interior.
Las demostraciones en el Palacio y los tres intentos de vuelo
El anuncio de la máquina voladora causó inquietud en la sociedad lisboeta durante el verano de 1709. El 3 de agosto, Gusmão presentó su invento a la familia real, nobles y autoridades eclesiásticas en el Palacio.
En el primer intento, realizado en una sala de audiencias, el pequeño globo de papel fue quemado por las propias llamas antes de lograr elevarse, frustrando a los invitados que esperaban el resultado.
Dos días después, tuvo lugar un segundo ensayo. Esta vez, el globo, de menos de medio metro de largo, logró elevarse poco más de cuatro metros, generando preocupación entre los sirvientes del Palacio.
Temiendo que el globo incendiara las cortinas, algunos empleados se lanzaron contra el artefacto antes de que alcanzara el techo, interrumpiendo nuevamente la experiencia.

El reconocimiento ante el rey Don João V
El mérito de Gusmão fue reconocido solo en el tercer intento, realizado en el patio del Palacio, ante el rey Don João V y la reina doña María Anad. En esta ocasión, el aeróstato finalmente ganó los aires.
El globo se elevó lentamente y, tras el agotamiento de la llama, cayó en el patio de la casa real. El público presenció un hecho inédito, aunque limitado en duración y alcance.
A pesar del impacto visual, el invento no cumplió ni siquiera la mitad de las hazañas anunciadas por Gusmão en sus pedidos de patente presentados al monarca portugués.
Él afirmaba que su creación permitiría el descubrimiento de nuevas tierras y haría de la nación portuguesa la gloria de esos descubrimientos, prometiendo desplazamientos de doscientas y más leguas por día.
Las promesas y el desinterés de la Corte portuguesa
Las declaraciones de Gusmão describían al aeróstato como un instrumento capaz de andar por el aire de la misma forma que por la tierra y el mar, con gran rapidez y eficiencia.
No obstante, según Henrique Lins de Barros, investigador de la historia de la aviación, la Corte portuguesa no mostró interés científico por el invento presentado en 1709.
De acuerdo con él, los miembros de la realeza estaban más preocupados en obtener riqueza con el oro y mantener una vida suntuosa que en invertir en experimentos científicos innovadores.
Este desinterés contribuyó a que el proyecto no recibiera suficiente apoyo para evolucionar, a pesar del carácter pionero de la demostración realizada por Gusmão.
La Passarola y la construcción del mito
Aunque tuvo un impacto limitado en Portugal, la noticia del padre que había volado en los aires de Lisboa se propagó rápidamente por el resto de Europa, alimentando el imaginario popular.
El aeróstato pasó a ser conocido como Passarola, nombre asociado a un dibujo apócrifo que representaba la máquina en forma de pájaro, con cabeza de águila e instrumentos científicos alrededor.
La ilustración mostraba al propio Gusmão a bordo del ingenio, como si hubiera realizado un vuelo tripulado, algo que nunca ocurrió en la práctica.
Se sospecha que el dibujo fue producido por el propio sacerdote, junto con su discípulo y amigo conde de Penaguião, como estrategia para confundir posibles imitadores.
El secreto de la fuente de calor y el abandono del proyecto
La imagen de la Passarola no revelaba la fuente térmica responsable de la subida del globo, elemento esencial para el funcionamiento del aeróstato proyectado por Gusmão.
Según Lins de Barros, al ocultar la fuente de calor y representarse dentro del invento, el padre habría intentado esconder los secretos técnicos de su descubrimiento.
Esta representación fantasiosa llevó a historiadores europeos y norteamericanos a clasificar a Gusmão como un precursor sin base científica sólida, lo que contribuyó a la desvalorización de su trabajo.
Tras estas especulaciones, el inventor abandonó completamente el proyecto del globo, cerrando su actuación en el campo de la aerostática de forma prematura y silenciosa.
La primera patente y los inventos en Brasil
Bartolomeu de Gusmão nació en Santos, en 1685, con el nombre de Bartolomeu Lourenço Santos, pero adoptó el apellido Gusmão a lo largo de su vida.
Aún de niño, se mudó a la Capitanía de Bahía, donde estudió en el Seminario de Belém y se destacó por la inteligencia y memoria que sus contemporáneos consideraban asombrosas. Su primer invento relevante fue una bomba elevatoria capaz de transportar agua del río Paraguaçu hasta el colegio de los padres, ubicado a 100 metros sobre el nivel del mar.
La creación redujo el esfuerzo y el tiempo necesarios para el abastecimiento de agua y convirtió a Gusmão en el primer brasileño en obtener una patente reconocida.
La carrera en Portugal y los conflictos con la Inquisición
Entre 1708 y 1709, Gusmão dejó Brasil rumbo a Portugal, donde, además del aeróstato, se dedicó a otros inventos que no alcanzaron la misma repercusión.
Con el tiempo, también se destacó como orador, se convirtió en miembro de la Academia Real de Historia y dejó diversos sermones, incluyendo el de la Fiesta del Cuerpo de Dios, de 1721.
En la década de 1720, a pesar de los privilegios junto a la Corte, enfrentó problemas con la Santa Inquisición, que resultaron en persecuciones y dificultades políticas.
Según Benedito Calixto y Affonso d’Escragnolle Taunay, los conflictos no tuvieron relación con los experimentos aerostáticos, sino con cuestiones personales e intrigas cortesanas.
Exilio, muerte y legado científico
De acuerdo con Araguaryno Cabrero dos Reis, intrigas que involucraban a una monja conocida como Trigueirinha habrían llevado a Gusmão a huir a Holanda, alejándose definitivamente de la Corte portuguesa.
Después de años huyendo de la Inquisición, el inventor murió a los 39 años, el 19 de noviembre de 1724, en Toledo, España, víctima de tuberculosis.
A pesar de su muerte precoz, Gusmão dejó otros inventos registrados, como un proceso para drenar agua de barcos inundados sin el uso de mano de obra humana.
En Holanda, desarrolló también un sistema de lentes para asar carne al sol, demostrando un interés continuo por soluciones técnicas innovadoras.
La confirmación tardía de la aerostática
Solo 74 años después de los experimentos del padre brasileño un globo tripulado obtuvo éxito comprobado en vuelo sostenido.
El 4 de junio de 1783, en la ciudad de Annonay, los hermanos franceses Joseph Michel y Jacques Étienne Montgolfier volaron dos kilómetros, alcanzando una altitud máxima de 2 mil metros.
El hecho consolidó la aerostática como campo científico, confirmando, décadas después, la validez del principio observado por Gusmão en sus experimentos iniciales, aunque estos fueron ignorados en su tiempo.
Este artículo fue elaborado con base en materiales históricos y referencias indicadas en las fuentes citadas a lo largo del texto, incluyendo registros documentales y análisis de investigadores sobre Bartolomeu de Gusmão y sus experimentos aerostáticos.

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