La «guerra fiscal» moviliza miles de millones y redefine el mapa industrial de los estados brasileños. Entienda cómo esta competencia mediante incentivos fiscales impacta la economía, las arcas públicas y el futuro del federalismo fiscal en el país.
La expresión «guerra fiscal» describe una acérrima competencia entre los estados brasileños por atraer empresas e inversiones, utilizando como principal arma la concesión de beneficios fiscales, especialmente del Impuesto sobre Circulación de Mercancías y Servicios (ICMS). Esta práctica, muchas veces al margen de acuerdos nacionales, genera disputas multimillonarias y un debate constante sobre el desarrollo regional.
Con la reciente reforma tributaria prometiendo poner fin a este ciclo, es crucial entender los mecanismos, las consecuencias y el futuro de esta compleja rivalidad que involucra a los estados brasileños y sus finanzas.
¿Qué es la «guerra fiscal» entre los estados brasileños y cómo funciona en la práctica?
La «guerra fiscal» es una competencia depredadora donde los estados brasileños manipulan sus regímenes tributarios para atraer empresas. El principal campo de batalla es el ICMS, con estados ofreciendo exenciones, reducciones de alíquotas, créditos presuntos y diferimiento del impuesto. Muchas veces, estas concesiones son unilaterales, desrespetando la necesidad de consenso en el Consejo Nacional de Política Fazendária (CONFAZ).
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Mayor que ciudades enteras de Brasil: BYD está construyendo un complejo de 4,6 km² en Bahía con capacidad para 600 mil vehículos por año, pero el descubrimiento de 163 trabajadores en condiciones análogas a la esclavitud sacudió todo el proyecto.
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Con una inversión de R$ 612 millones, capacidad para procesar 1,2 millones de litros de leche por día, Piracanjuba inaugura una mega fábrica de queso que amplía la producción nacional, reduce la dependencia de importaciones y reposiciona a Brasil en el mapa global de lácteos.
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Fábrica de Peugeot y Citroën en Argentina reduce su producción a la mitad y abre un programa de despidos para más de 2,000 empleados después de que Brasil perjudicara drásticamente las compras de vehículos argentinos.
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Ciudad brasileña gana fábrica de R$ 300 millones con capacidad para procesar 200 mil toneladas de trigo al año, molino de 660 t/día, silos para 42 mil toneladas y área industrial de 276 mil m².
Además del ICMS, los estados brasileños utilizan otros «armamentos», como financiamientos subsidiados, donación de terrenos e incluso construcción de instalaciones con recursos públicos.
La escalada de la disputa

La práctica ganó fuerza tras la Constitución de 1988, que otorgó mayor autonomía fiscal a los estados brasileños en la gestión del ICMS. La competencia se intensificó drásticamente en los años 1990, impulsada por la apertura económica del país y por el aumento de la inversión extranjera directa, especialmente en el sector automovilístico. Entre 1996 y 2001, por ejemplo, de las 22 nuevas fábricas de vehículos instaladas en el país, solo cinco fueron a São Paulo, el polo tradicional.
La menor intervención del gobierno federal en la coordinación de políticas de desarrollo regional también contribuyó a que los estados brasileños buscaran atraer inversiones de forma más autónoma y, frecuentemente, descoordinada.
Casos emblemáticos: la «guerra fiscal» en la práctica y sus consecuencias para los estados brasileños
Uno de los casos más notorios fue la disputa por la fábrica de Ford a finales de los años 1990. Bahía ganó la disputa contra Rio Grande do Sul, ofreciendo un paquete de incentivos extremadamente ventajoso, incluyendo donación de terreno y financiamientos subsidiados. Sin embargo, el cierre de la fábrica en Camaçari (BA) en 2021 levantó cuestionamientos sobre la eficacia a largo plazo de estos incentivos.
Otro ejemplo es la «Guerra de los Puertos», donde estados brasileños como Santa Catarina y Espírito Santo ofrecieron ICMS reducido en la importación, atrayendo flujos de comercio, pero generando distorsiones logísticas. La industria del calzado también vio plantas migrar hacia el Nordeste, y estados como Goiás y municipios como Extrema (MG) se convirtieron en polos de atracción para empresas de São Paulo.
¿Un juego de suma cero para el país?
La guerra fiscal resulta en la erosión de las bases tributarias de los estados brasileños, comprometiendo el financiamiento de servicios públicos esenciales como salud y educación. También aumenta la complejidad del sistema tributario y genera inestabilidad jurídica. Las decisiones de inversión pueden verse distorsionadas, priorizando ventajas fiscales temporales en detrimento de factores económicos sólidos.
Esta «carrera hacia el fondo» puede no aumentar la inversión total en el país, solo redistribuirla, constituyendo un juego de suma cero. La renuncia de ingresos del ICMS por parte de los estados brasileños es alarmante, estimada en R$232,49 mil millones en 2023 y proyectada para R$273,47 mil millones en 2025.
La reforma tributaria y el futuro de las finanzas de los estados brasileños
La reforma tributaria (Enmienda Constitucional nº 132/2023) busca poner fin a la guerra fiscal. Su principal cambio es la unificación de cinco tributos en un IVA dual (CBS federal e IBS estatal/municipal), con cobro del IBS en el destino de la mercancía o servicio, y no en el origen. Esto elimina el principal incentivo para los estados brasileños de conceder beneficios en la producción.
Para lidiar con el pasivo, se creó el Fondo de Compensación de Beneficios Fiscales, con un aporte previsto de R$160 mil millones de la Unión entre 2025 y 2032, valor que puede superar los R$250 mil millones. Los especialistas ven potencial en el fin de la guerra fiscal tradicional, pero advierten sobre la complejidad de la transición y el riesgo de nuevas formas de competencia entre los estados brasileiros.


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