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Científicos Finalmente Capturan Algo Extraño Ocurriendo En La Parte Superior De Los Árboles Durante Tormentas: Copas Enteras Disparando Pequeñas Chispas Ultravioletas Invisibles Al Ojo Humano, Registradas Por Cámaras Especiales, Revelando Un Fenómeno Eléctrico Natural Que Los Investigadores Sospechaban Desde Hace Décadas, Pero Nunca Habían Observado Directamente En La Naturaleza.

Publicado el 04/03/2026 a las 16:50
faíscas ultravioletas nas copas das árvores: corona elétrica registrada com câmera ultravioleta e campo elétrico medido durante tempestades.
faíscas ultravioletas nas copas das árvores: corona elétrica registrada com câmera ultravioleta e campo elétrico medido durante tempestades.
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Estudio en Geophysical Research Letters registró chispas ultravioletas en las copas con cámara UV y sensores en una minivan. En el verano de 2024, durante una tormenta en Carolina del Norte, 90 minutos fueron suficientes para detectar 859 señales, en eventos rápidos de corona eléctrica, posiblemente relevantes para la química del aire sobre áreas forestales.

Las chispas ultravioletas que “aparecen” en la parte superior de los árboles durante tormentas no compiten con el brillo de los relámpagos; operan en otro plano: un mundo de descargas minúsculas, rápidas e invisibles al ojo humano, pero que ahora han sido registradas directamente en la naturaleza por cámaras sensibles a la radiación ultravioleta.

El registro cierra una larga espera. Durante décadas, mediciones eléctricas en regiones forestales ya sugerían que algo así debería ocurrir, pero la evidencia directa “en el campo” faltaba. Con los nuevos registros, el meteorólogo Patrick McFarland, de la Universidad Estatal de Pensilvania y autor principal, resumió el giro: “las vimos; ahora sabemos que existen”.

¿Qué son las coronas eléctricas que se convierten en “chispas ultravioletas”?

Foto: Divulgación/William Brune

El nombre técnico del fenómeno observado es corona eléctrica: una descarga que no llega a formar un rayo completo, pero que ocurre cuando el campo eléctrico en el aire se vuelve lo suficientemente intenso como para comenzar a ionizar moléculas alrededor de objetos puntiagudos, irregulares o muy expuestos como hojas, ramas delgadas y extremos en la parte superior de las copas.

En tormentas, nubes cargadas negativamente inducen carga positiva en el suelo. Esta “atracción” eléctrica crea un campo que se concentra en los puntos más altos del paisaje, y la parte superior de los árboles se convierte en un candidato obvio.

El aire alrededor de las hojas puede ser ionizado; cuando las moléculas regresan al estado energético normal, liberan pequeños pulsos de luz ultravioleta, las chispas ultravioletas que la cámara puede ver y el ojo humano no.

¿Por qué la parte superior de los árboles se convierte en un “amplificador” durante la tormenta?

No es solo altura: es geometría. Las copas son un enredo de puntas, bordes y superficies delgadas, exactamente el tipo de estructura que favorece la intensificación local del campo eléctrico. En lugar de una descarga única y continua, lo que surge son microeventos que aparecen y desaparecen rápidamente, saltando entre hojas y ramas a medida que el campo cambia a lo largo de la tormenta.

Este detalle ayuda a entender por qué el fenómeno puede pasar desapercibido sin instrumentación específica.

La corona eléctrica, en este contexto, no se comporta como un “destello” único fácil de identificar; puede ocurrir en decenas de pequeños episodios, distribuidos en la copa y variando a medida que la nube cargada se desplaza y el ambiente eléctrico oscila.

¿Cómo los investigadores lograron ver lo que nadie ve?

Para observar el fenómeno en condiciones reales, el equipo montó un sistema móvil: una minivan adaptada con sensores atmosféricos, detector de campo eléctrico y una cámara ultravioleta instalada en el techo. La lógica es simple y rigurosa: medir el ambiente eléctrico al mismo tiempo que se registra, en el espectro UV, cualquier emisión compatible con descargas de corona.

En el verano de 2024, el equipo recorrió regiones de Estados Unidos propensas a tormentas hasta lograr el registro durante una tormenta en Carolina del Norte. En cerca de 90 minutos de observación, se identificaron 859 señales ultravioletas, agrupadas en decenas de eventos de corona eléctrica.

La imagen que eso dibuja es menos “un fenómeno raro” y más “un fenómeno difícil de capturar”, porque depende de la alineación entre tormenta, posición, sensibilidad del equipo y el rango exacto de UV que se está monitoreando.

¿Qué indican las 859 señales y qué no permiten afirmar?

El número de 859 señales en 90 minutos da una dimensión concreta de lo que se vio en ese episodio específico: ocurrencias rápidas, agrupadas en eventos, surgiendo y desvaneciéndose en la parte superior de la vegetación. Esto responde, con datos, a una pregunta que quedaba en el campo de las sospechas: “¿esto realmente sucede en bosques reales, fuera del laboratorio?”. La respuesta observacional ahora es sí.

Al mismo tiempo, es importante no estirar el resultado más allá de lo que fue medido. Los propios investigadores evalúan que el fenómeno puede ser mucho más común de lo que los registros indican, porque el equipo captaba solo un rango específico del espectro ultravioleta.

En otras palabras: lo que se registró es, probablemente, una “ventana” de lo que existe, no un censo completo. Este límite técnico cambia el tipo de conclusión posible: apunta a la presencia y dinámica del fenómeno, pero no cierra la cuenta de la frecuencia total en todas las tormentas y bosques.

Si fuera visible, ¿por qué recordaría “miles de luciérnagas” en las copas?

La comparación con luciérnagas no es un adorno: traduce el comportamiento intermitente y distribuido de las descargas. En lugar de un punto único de luz, serían múltiples destellos pequeños y simultáneos, esparcidos por la copa y parpadeando a medida que la tormenta avanza por la región.

Esta imagen también ayuda a entender por qué los relámpagos no “sustituyen” el fenómeno. Los rayos son descargas más grandes y altamente energéticas; las chispas ultravioletas son emisiones discretas relacionadas con microdescargas de corona.

Un evento no elimina al otro; pueden coexistir en el mismo escenario eléctrico, en diferentes escalas.

¿Por qué las chispas ultravioletas pueden interferir en la química del aire?

Un punto central del estudio es que estas descargas producen moléculas altamente reactivas. Esto importa porque las moléculas reactivas pueden participar en cadenas químicas en la atmósfera, influyendo en la formación de neblina atmosférica y contaminantes secundarios.

Las tormentas, entonces, pueden tener un papel más directo y aún poco comprendido en la calidad del aire en regiones forestales.

Lo que está en juego aquí no es solo el “espectáculo eléctrico” invisible, sino la posibilidad de que los bosques, las tormentas y la química atmosférica conversen de una manera más íntima de lo que se imaginaba.

Aún sin concluir el tamaño exacto de este efecto, el registro directo de las coronas eléctricas en las copas refuerza que existe un mecanismo físico activo, ocurriendo en el momento en que el aire está siendo eléctricamente estresado por la tormenta.

¿Y los árboles: riesgo real o adaptación silenciosa?

El equipo también discute un tema delicado: ¿qué hace esto con la propia vegetación? En laboratorio, experimentos muestran que las coronas eléctricas pueden quemar los extremos de las hojas en pocos segundos.

Sin embargo, el laboratorio no es el bosque: en la naturaleza, el impacto aún es incierto, porque entran variables como humedad, viento, lluvia, duración del evento y la capacidad de cada especie para tolerar estreses.

Aún así, hay hipótesis de daños asociados con la deshidratación o el estrés solar después de eventos extremos, y la discusión abre una línea de investigación práctica: si las chispas ultravioletas son más comunes de lo que se puede medir hoy, los bosques pueden haber desarrollado mecanismos naturales de adaptación, ya sea por características físicas de las hojas, o por respuestas fisiológicas que reduzcan daños repetidos a lo largo del tiempo.

La diferencia entre “puede quemar en laboratorio” y “lo que sucede en la copa real bajo lluvia y viento” es precisamente donde la investigación de campo se vuelve decisiva.

¿Qué cambia después de que el fenómeno fue visto directamente en la naturaleza?

Durante décadas, la historia era: indicios eléctricos sugerían coronas en las copas, pero la observación directa no llegaba. Ahora, con cámaras ultravioletas y sensores en el campo, la pregunta cambia de nivel.

Deja de ser “¿existe?” y pasa a ser “¿con qué frecuencia ocurre, en qué condiciones y con qué consecuencias?”

A partir de aquí, tiene sentido imaginar estudios que amplíen el rango observado del ultravioleta, comparen diferentes tipos de bosques, evalúen tormentas con características distintas y crucen señales eléctricas con indicadores químicos del aire.

La ganancia inmediata es conceptual: las tormentas no producen solo rayos; pueden accionar microdescargas en las copas que hasta ahora estaban escondidas por un detalle simple: ser invisibles al ojo humano.

¿Has estado cerca de un área arbolada durante una fuerte tormenta y percibiste un olor diferente en el aire, neblina repentina o algún efecto “extraño” en el ambiente?

Cuéntanos dónde fue y cómo describirías esa sensación; tu experiencia puede ayudar a mapear cómo estas chispas ultravioletas se conectan con lo que las personas notan en el mundo real.

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Maria Heloisa Barbosa Borges

Falo sobre construção, mineração, minas brasileiras, petróleo e grandes projetos ferroviários e de engenharia civil. Diariamente escrevo sobre curiosidades do mercado brasileiro.

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