A pesar de tener 7.400 km de litoral y ríos gigantes, Brasil importa peces de Vietnam y Chile mientras la pesca artesanal agoniza por falta de incentivos y políticas públicas.
Brasil es un país de dimensiones continentales, dueño de una de las mayores zonas costeras del mundo y de extensas cuencas hidrográficas que atraviesan casi todos los estados. Aun así, cuando se trata de pescado en el plato de los brasileños, gran parte de lo que llega a la mesa proviene del exterior. La contradicción salta a la vista: mientras la pesca artesanal lucha por sobrevivir en comunidades costeras e interiores, el país importa toneladas de peces de Vietnam y Chile para satisfacer el consumo interno —incluyendo especies que podrían producirse localmente a menor costo y con mayor sostenibilidad.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y del Ministerio de la Pesca y Acuicultura (MPA), Brasil importó en 2024 más de 150 mil toneladas de pescado, siendo el salmon chileno y el pangasius vietnamita los más comprados. El volumen representa un gasto superior a US$ 700 millones, cifra que contrasta con el escenario de abandono que enfrentan los pequeños pescadores que viven junto al mar o a las orillas de los ríos amazónicos.
Un país rodeado de agua y carente de políticas públicas
Con 7.400 kilómetros de litoral y el 12% del agua dulce del planeta, Brasil tiene el potencial para ser una de las mayores potencias pesqueras del mundo. Sin embargo, la producción nacional de pescado se estancó en la última década. La última encuesta del IBGE muestra que la pesca extractiva y la acuicultura crecieron menos de 3% entre 2015 y 2023, mientras que el consumo interno aumentó casi 20% en el mismo período.
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Este desequilibrio obliga al país a importar más, a pesar de poseer recursos naturales abundantes. Vietnam, por ejemplo, exporta grandes cantidades de pangasius (basa) —un pez de agua dulce cultivado en gran escala en el río Mekong y vendido a precios muy bajos. Chile, por su parte, domina el mercado de salmon atlántico, cuya importación a Brasil creció más de 40% desde 2020, según datos de Comex Stat (MDIC).
Mientras tanto, comunidades de pescadores en Pará, Maranhão, Bahia y Santa Catarina enfrentan caída en los ingresos, aumento de costos y escasez de políticas estructurales.
Pesca artesanal: un patrimonio amenazado
El Censo de la Pesca Artesanal de 2023, elaborado por el MPA, reveló que más de 60% de los pescadores brasileños viven en situación de vulnerabilidad social, sin acceso a crédito, asistencia técnica o infraestructura básica para almacenar y transportar el pescado.
“No es falta de pescado, es falta de apoyo”, resume Maria das Graças Cardoso, líder de la Colônia de Pescadores Z-3, en Ilhéus (BA). Según ella, muchos trabajadores han abandonado el oficio debido a la caída en el precio de venta y el aumento en el costo del combustible. “Mientras el barco del pequeño queda parado, el mercado está lleno de pescado importado”, lamenta.
Además de la falta de incentivos, la pesca artesanal enfrenta la degradación ambiental —ríos contaminados, polución industrial y sedimentación de lagunas— y la competencia desigual con la pesca industrial. En estados como Pará y Amapá, redes de arrastre a gran escala devastan ecosistemas y reducen drásticamente las poblaciones de especies tradicionales, como tambaqui, pirarucu y curimatã.
El avance de los peces importados
El crecimiento de las importaciones de salmón y pangasius no es casualidad. Ambos son peces de cultivo intensivo y costo controlado, producidos en sistemas industriales y subsidiados por políticas agresivas de exportación. El salmón chileno, por ejemplo, domina más de 90% del mercado brasileño de peces finos, mientras el pangasius llega como alternativa barata, vendido a menos de R$ 25 el kilo en el comercio minorista.
De acuerdo con la Asociación Brasileña de la Industria del Pescado (Abipesca), el consumo de pescado importado creció 27% entre 2020 y 2024, con énfasis en productos congelados y filetes listos para el consumidor final. Esta dependencia externa afecta directamente la cadena productiva nacional, que pierde espacio y competitividad.
El economista Eduardo Maia, especialista en agronegocios de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), explica que “la pesca artesanal brasileña enfrenta altos costos e infraestructura precaria, mientras que los importados llegan con logística eficiente y acuerdos comerciales que reducen tarifas”. Advierte que, si nada cambia, el país puede volverse dependiente de pescado extranjero, a pesar de ser una potencia hídrica.
Programas paralizados y burocracia excesiva
La situación se agravó tras la descontinuación de programas federales como el Revitaliza Pesca y el ProPesq, que ofrecían líneas de crédito y capacitación técnica. Muchos proyectos de modernización de las colonias y cooperativas quedaron parados por falta de repase.
Otro problema es el licenciamiento ambiental: según datos del propio MPA, cerca de 40% de las embarcaciones artesanales operan sin licencia por no poder cumplir con exigencias burocráticas incompatibles con la realidad del sector.
Sin registro, los pescadores quedan sin acceso a beneficios previdenciarios y programas de seguro-defeso, fundamentales durante el período de reproducción de las especies.
La FAO destaca que Brasil es uno de los países con mayor potencial de crecimiento sostenible en piscicultura y pesca artesanal, pero aún no aprovecha el sector de manera estratégica. “El país invierte poco en la diversificación de la producción y en la agregación de valor. La dependencia de los importados es consecuencia directa de esta ausencia de una política nacional integrada”, señala el informe Estado de las Pesquerías y Acuicultura del Mundo 2024.
Los riesgos de la dependencia externa
La creciente dependencia de peces importados también conlleva riesgos económicos y sanitarios. En 2023, el Ministerio de la Agricultura llegó a emitir alertas para lotes de pangasius vietnamita con residuos superiores a lo permitido de antibióticos utilizados en el cultivo.
Casos similares sucedieron con el salmón chileno, que enfrenta denuncias de contaminación y mortalidad masiva debido al uso excesivo de alimentos y productos químicos.
Aun así, el consumo sigue alto, impulsado por precios competitivos y una amplia presencia en redes de supermercados y restaurantes.
“El problema es que el consumidor no tiene información. Cree que está comprando un pescado saludable y sostenible, pero muchas veces está llevando un producto de cultivo intensivo con una huella ambiental altísima”, afirma Renata Martins, bióloga e investigadora de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC).
Un mar de oportunidades desperdiciadas
Con cerca de 1 millón de pescadores artesanales registrados, Brasil tiene fuerza laboral y diversidad ambiental para atender el propio mercado y exportar. El tambaqui, el pirarucu y el dorado son especies valoradas en el exterior y podrían reemplazar importaciones. Sin embargo, sin políticas de fomento e inversión en infraestructura de cadena fría, procesamiento y certificación, el potencial se pierde.
El exsecretario de pesca de Pará, Cláudio Pinheiro, resume la contradicción:
“Tenemos pescado, tenemos agua, tenemos gente dispuesta a trabajar. Lo que falta es política pública. Brasil no necesita importar, necesita organizar lo que ya tiene.”
El desafío de la soberanía alimentaria acuática
La crisis de la pesca artesanal y la creciente dependencia de importados evidencian un problema estructural: la ausencia de una política nacional para el mar. Mientras el agronegocio avanza con tecnología y crédito, el sector pesquero permanece a la deriva, sostenido por la resiliencia de los trabajadores.
Con el aumento de la demanda global por proteína acuática y los cambios climáticos afectando los stocks naturales, Brasil se enfrenta a una encrucijada: invertir en su soberanía alimentaria acuática o continuar dependiendo del pescado extranjero que cruza océanos para llegar a las estanterías.
En el país que tiene agua en abundancia, el verdadero desafío es hacer que vuelva a ser fuente de vida —y no símbolo de descuido y olvido.

Depois de destruir a pesca, o governo brasileiro destruirá (já está a destruír) o Agronegócio… (RIP)
Aplicar o paradigma desenvolvimentista à pesca artesanal sempre representou um erro. A pesca artesanal tem seu valor socioeconômico nas comunidades e sustentam boa parte da economia dos municípios costeiros. Estes aspectos já conferem à atividade grande relevância e uma tendência à sustentabilidade, considerando a longevidade da prática ao longo do litoral brasileiro. Há que se garantir o acesso à áreas de pesca, ameaçada por grandes empreendimentos do petróleo, mineração e eólicas offshore.
Engraçado os comentários. O governo que acabou com o ministério da pesca não foi o atual, esqueceram?
Na reportagem, aumentou 27% das importações entre 2020 e 2024.
Nesse período quem foi presidente até o final de 2022? Essa política de importação em detrimento do que é produzido, não é de agora.
Reclamam de impostos? Vamos taxar os BBBs… eles tem que pagar já que todos os trabalhadores pagam.
Mas os comentários dos Bois 🐂 sei não se são cegos ou burrice mesmo.
Um beijo no chifre de vcs….