Jóvenes chinos recurren a espacios que imitan oficinas para mantener rutina y autoestima en medio a la falta de empleo, pagando por estructura corporativa con internet, café y áreas de convivencia.
En medio de la desaceleración de la economía china y a un desempleo entre jóvenes que supera 14%, universitarios recién graduados y profesionales sin ocupación pasan a pagar hasta R$ 35 por día para ocupar oficinas que simulan rutinas corporativas.
La propuesta ofrece ambiente de trabajo, conexión a internet e interacción presencial como antídotos al aislamiento, mientras preserva la autoestima y la disciplina diaria.
El movimiento nace del choque entre la oferta de mano de obra y la escasez de vacantes.
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Todos los años, más de 12 millones de graduados llegan al mercado en la China, lo que amplía la competencia por posiciones de entrada.
En este escenario, espacios privados montaron estructuras que replican la oficina tradicional para quienes desean mantener horarios y productividad mientras buscan reubicación.
Los paquetes diarios, generalmente entre 30 y 50 yuanes, incluyen mesa, silla, computadoras de uso compartido, Wi-Fi estable, café, refrigerios y áreas de convivencia.
Algunos lugares ofrecen salas de reunión para entrenamientos, entrevistas simuladas y presentaciones de portafolios, componiendo un ambiente que remite al expediente formal sin el vínculo laboral.
Cómo funcionan los oficinas simuladas
La dinámica es simple: el cliente reserva un turno, ocupa un puesto y sigue su agenda personal.
La regla de oro es respetar el ambiente de trabajo.
Las conversaciones son breves y puntuales, y hay quienes usan las cabinas para llamadas de vídeo con reclutadores.
En paralelo, circulan fichas de actividades y cronogramas individuales que ayudan a organizar metas de estudio, producción de contenido o preparación para exámenes técnicos.
La propuesta ganó impulso a partir de iniciativas como el Pretend To Work, creado por un emprendedor identificado como Feiyu, que pasó por desempleo y depresión antes de abrir el espacio.
Él describe el servicio como un experimento social orientado a proteger la respetabilidad de los clientes.
En sus palabras, vende “la dignidad de no ser una persona inútil”.
Mientras tanto, aplicaciones y redes sociales ayudan a difundir direcciones y relatos de experiencia.
Publicaciones con fotos de mesas, monitores y tazas de café componen un repertorio de hábitos que imitan la cotidianidad corporativa, tornando el ritual más atractivo para quienes sienten falta de una rutina de oficina.

Quién busca y por qué
Hay perfiles distintos entre los asistentes.
Parte está formada por recién graduados que aún no han conseguido su primer empleo.
Otra parte reúne profesionales que rompieron sociedades, cerraron negocios o fueron despedidos y buscan comenzar de nuevo.
El objetivo común es mantener el ritmo, mostrar disponibilidad y reducir la presión social de “no estar haciendo nada”.
Relatos individuales ilustran este efecto.
Shui Zhou, de 30 años, supo de los espacios a través de la red Xiaohongshu después de ver fracasar su negocio.
Al unirse a la práctica, dijo sentirse más productivo y de buen humor, además de valorar las conexiones surgidas en el convivio. “Es como si estuviéramos trabajando juntos en grupo”, relató a la BBC.
Casos como el de Xiaowen Tang, 23, recién graduada, evidencian otro uso: la estudiante utilizó la oficina simulada para cumplir la exigencia académica de prácticas mientras escribía novelas en línea como complemento de ingresos.
En tono pragmático, resumió la estrategia con la frase: “Si vas a fingir, finge hasta el final”.
Presión académica, redes y rutina
Exigencias de prácticas, plazos de TCC y exámenes de certificación componen un calendario que empuja a estudiantes y jóvenes profesionales hacia la manutención de horarios fijos.
En lugar de estudiar en casa, eligen un entorno con ruido controlado y señales visuales de productividad.
Además, la convivencia con personas en situaciones similares ayuda a compartir consejos de entrevistas, materiales de examen y cursos rápidos.
En las redes, se multiplican agendas semanales, fotos de tableros de tareas y listas de metas.
Aún así, la función principal de estos lugares permanece comportamental: establecer una rutina que se asemeje a la del empleo formal, con hora de llegada, intervalos definidos y un tiempo claro para finalizar las actividades.
Críticas y lectura económica del fenómeno
Especialistas observan la tendencia con escepticismo, pero también con comprensión.
El economista Christian Yao relaciona el crecimiento de estos espacios al desajuste entre el sistema educativo y las demandas inmediatas de las empresas.
Para él, se trata de una solución transitoria que reduce daños psíquicos y sociales hasta la reubicación.
En su evaluación, “el fenómeno de fingir que se trabaja es ahora muy común”.
Esta interpretación conecta la búsqueda de oficinas simuladas al ajuste estructural de sectores que contrataron menos, así como a la competencia por pocas vacantes de entrada.
Al mismo tiempo, señala un dilema: ¿cómo traducir rutina y compromiso en oportunidades concretas sin naturalizar la ausencia de empleo?
Calificación y búsqueda de oportunidades
A pesar de la crítica, muchos asistentes usan parte del tiempo para entrenar habilidades con buena aceptación en el mercado.
Hay quienes estudian análisis de datos, programación e inteligencia artificial, con el objetivo de fortalecer el currículum.
Otros se dedican a portafolios, revisiones de código y simulaciones de entrevistas técnicas.
Zhou, por ejemplo, reservó bloques diarios para cursos en línea y ejercicios prácticos en el área de IA.
La estrategia combina la disciplina del ambiente con metas de aprendizaje, creando un itinerario que puede ser presentado en procesos de selección.
La convivencia también favorece alianzas y pequeños proyectos, muchas veces iniciados allí mismo.
Un punto de transición
Idealizadores de estos espacios defienden que el valor no está en “hacer de cuenta”, sino en el período de transición que ellos brindan.
El Pretend To Work y servicios similares se posicionan como puentes entre un momento de incertidumbre y la reanudación de la carrera.
El argumento es que el ambiente ayuda a recomponer autoestima, sostener redes de apoyo y dar visibilidad a competencias que, en el aislamiento, tienden a perderse.
Por otro lado, no faltan dudas sobre la eficacia a largo plazo.
Sin vacantes suficientes, rutinas organizadas y cafés ilimitados no sustituyen políticas públicas, programas de empleo o reformas que conecten la formación universitaria a lo que las empresas demandan.
Aún así, la rutina compartida y un lugar neutro reducen la sensación de estancamiento y mantienen a los jóvenes en movimiento.
Costos, servicios y límites
El ticket diario entre 30 y 50 yuanes — algo entre 4 y 7 dólares, cerca de R$ 35 — da derecho a recursos básicos: Wi-Fi rápido, cafés y tés, pequeños refrigerios, además de mesas individuales y áreas de descanso.
En algunos lugares, la sala de reuniones es liberada mediante agendamiento para simular entrevistas y presentaciones.
La estética corporativa, con plantas, divisorias y iluminación estandarizada, refuerza la sensación de expediente.
A pesar de las facilidades, los propios usuarios reconocen límites.
El espacio no ofrece contrato, salario o beneficios.
Sirve, en esencia, como escenario para entrenar hábitos de trabajo, mantener contactos y enfrentar la presión familiar y social.
En medio de un mercado desacelerado, esta combinación de rutina y pertenencia explica por qué la práctica se ha expandido y ha ganado relatos públicos.
Ante este retrato, la pregunta persiste: ¿entornos pagados que imitan oficinas son una herramienta útil de transición para jóvenes sin empleo o solo evidencian — y normalizan — la precariedad del mercado?


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