Mientras Washington habla de una era de oro y elimina parte del tarifazo sobre el agro, el cónsul Kevin Murakami convoca a las empresas brasileñas a invertir en EE.UU., detalla brechas multimillonarias, admite diferencias sensibles y expone la disputa silenciosa por influencia, empleos y tecnología entre los dos países en esta nueva fase estratégica.
La escena es de reconciliación calculada. Después de meses de fricción por el tarifazo sobre productos brasileños, Estados Unidos y Brasil vuelven a probar el discurso de era de oro en un ambiente en el que confianza, previsibilidad y acceso al mercado valen tanto como cualquier tasa de interés. El mensaje oficial es de optimismo, pero la agenda real es de presión mutua.
De un lado, Washington intenta reposicionar a Brasil como socio prioritario en un tablero global más tenso. Del otro, Brasilia busca aliviar tarifas, preservar el agronegocio y empujar bienes industriales hacia el mercado estadounidense. En medio de esta lucha, el mensaje del cónsul Kevin Murakami es claro: quien entienda rápidamente las brechas multimillonarias de esta nueva era de oro puede salir adelante en la próxima década.
Del punto crítico al alivio inicial del tarifazo
Murakami recordó que, hace unos dos meses, cuando asumió el puesto en São Paulo, la relación bilateral estaba en un “punto crítico”.
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El tarifazo impuesto por Washington contra productos brasileños había elevado el tono político y encendido alertas en Brasilia sobre empleo, competitividad y flujo de inversiones.
El panorama comenzó a cambiar tras el encuentro entre Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump, en Malasia, que abrió negociaciones para el fin gradual de las sobretasas.
El primer gesto concreto fue la orden ejecutiva que eliminó la sobretasa del 40% sobre determinados productos agrícolas brasileños, como carne, café, frutas y petróleo, a partir del 13 de noviembre.
El mensaje es doble: hay espacio para aliviar tensiones, pero la pluma sigue en Washington.
Aun así, el propio cónsul reconoce que “aún tenemos muchas diferencias bilaterales que resolver”.
Una parte relevante del tarifazo sigue activa, especialmente sobre otros segmentos exportadores brasileños, y el gobierno en Brasilia intenta transformar el precedente del agro en modelo para bienes industriales.
La era de oro como discurso y como presión
En público, Murakami dejó claro el tono político de la visita.
“Estoy en São Paulo con una tarea primordial: apoyar el objetivo de la administración Trump de inaugurar una era de oro entre Estados Unidos y Brasil”, afirmó ante autoridades y empresarios.
La expresión era de oro aparece como promesa, pero también como instrumento de presión.
Al vincular la idea de era de oro a una llamada directa para que las empresas brasileñas aumenten inversiones en Estados Unidos, el cónsul prácticamente redesigna el mapa de expectativas.
No se trata solo de vender más al mercado estadounidense, sino de llevar capital, tecnología y empleos brasileños dentro de la economía de EE.UU.
En la práctica, este movimiento desplaza parte de la decisión estratégica de las sedes en Brasil hacia el suelo estadounidense.
Llamado para invertir en EE.UU.: la agenda detrás de la invitación
Murakami hizo una convocatoria explícita.
En nombre del gobierno estadounidense, pidió que las empresas brasileñas amplíen sus inversiones en Estados Unidos, indicando que gobernadores, alcaldes, consejos municipales y agencias de desarrollo están en una ofensiva activa por esos recursos.
Según él, el paquete incluye infraestructura disponible, energía considerada confiable, fuerza laboral calificada e incentivos locales.
La oferta es clara: menos inseguridad regulatoria, más previsibilidad contractual y un ambiente competitivo pensado para atraer producción, centros de distribución y tecnología.
Al posicionarse como un canal para conectar a compañías brasileñas con estas oportunidades, el cónsul intenta acortar el camino entre decisiones de inversión y territorios estadounidenses específicos.
Son ciudades y estados que disputan directamente plantas industriales, bases logísticas y oficinas corporativas que hoy podrían estar en cualquier parte del mundo.
Brechas multimillonarias y el espejo de los números
En los bastidores, el discurso de la era de oro gana densidad cuando Murakami proyecta datos del flujo bilateral. En 2024, el comercio de bienes y servicios entre los dos países superó los 127 mil millones de dólares.
Más de 3 mil empresas estadounidenses ya han invertido aproximadamente 226 mil millones de dólares en Brasil, un volumen superior al destinado a cualquier otro país.
Estos números funcionan como un espejo.
De un lado, muestran el peso estructural de Estados Unidos dentro de la economía brasileña; del otro, dejan al descubierto la brecha multimillonaria aún existente cuando se trata de capital brasileño arraigado en suelo estadounidense.
El mensaje implícito es que Brasil tiene espacio para convertirse también en un gran inversor, y no solo un gran receptor, en esta era de oro.
Al hablar de nuevas oportunidades en medio de transformaciones profundas de la economía global, Murakami también destacó que no todos los actores fuera del hemisferio juegan “de acuerdo con reglas justas”.
Es un mensaje directo sobre la disputa por mercados, cadenas productivas e influencia regulatoria, en la que Brasil aparece como un socio a ser conquistado antes por Washington que por rivales estratégicos.
Pós-tarifaço: alivio parcial y disputa silenciosa
Aún con el alivio parcial del tarifazo sobre el agro, la negociación está lejos de terminar.
Para Brasilia, cada punto porcentual de sobretasa retirada abre espacio para proteger márgenes, garantizar contratos y sostener empleos.
Para Washington, cada concesión tarifaria debe ser compensada con alguna entrega política o económica, como inversiones productivas, alianzas regulatorias o alineamientos en foros internacionales.
El resultado es una disputa silenciosa.
La retórica oficial insiste en valores compartidos, en más de 200 años de relación bilateral y en una base sólida construida a lo largo de la última década, cuando el comercio y la inversión se expandieron.
Por debajo del discurso, sin embargo, está en juego quién captura la mayor parte de los próximos ciclos de inversión y crecimiento en sectores sensibles para ambos países.
Delegación de enero y la prueba de la nueva fase
El próximo hito visible de este proceso será el 27 de enero, cuando Murakami reciba en São Paulo a una delegación con representantes de diez ciudades y estados estadounidenses para presentar oportunidades directamente a empresas brasileñas.
En la práctica, se trata de un roadshow concentrado, en el que autoridades locales intentarán vender sus territorios como destino preferencial para fábricas, centros de servicios y hubs logísticos brasileños.
Si la retórica de era de oro tiene adherencia entre los empresarios, este encuentro puede inaugurar un nuevo ciclo de ingreso de capital brasileño hacia Estados Unidos, con impacto directo sobre empleos, tecnología y cadena productiva dentro del propio Brasil.
Para el cónsul, la diferencia con respecto a su primera visita al país, hace 15 años, es la oportunidad de evitar repetir la frustración de la portada de la revista que mostraba al Cristo Redentor despegando como un cohete.
La lectura es que, en aquel momento, Brasil y Estados Unidos no lograron maximizar el potencial de la relación.
El desafío esta vez es transformar promesas en contratos y eslóganes de era de oro en proyectos concretos.
Al final, la gran cuestión para Brasilia, empresas y trabajadores es simple y incómoda al mismo tiempo: ¿qué precio está dispuesto a pagar Brasil en términos de concesiones, localización de inversiones y alineamientos estratégicos, para realmente vivir esta era de oro con los Estados Unidos?
Y usted, si hoy dirigiera una empresa brasileña con potencial para exportar o invertir fuera, ¿colocaría parte de su operación en EE.UU. apostando por esta era de oro o preferiría diversificar hacia otros mercados antes de dar este paso?

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