En 1987, una cápsula de radioterapia abandonada dio inicio al mayor accidente radiológico del mundo fuera de una planta nuclear. Esta es la saga de un brillo azul mortal, de víctimas inocentes y de la operación de descontaminación sin precedentes en suelo brasileño.
El 13 de septiembre de 1987, en Goiânia, los recicladores de papel Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira entraron en las ruinas de un antiguo hospital, el Instituto Goiano de Radioterapia. En medio de los escombros, encontraron un objeto pesado de metal que parecía valioso. Llevaron la pieza, de aproximadamente 100 kg, a la casa de Roberto, donde comenzaron a desmontarla. Dentro de ella, un descubrimiento fascinante: una cápsula que contenía un polvo blanco que, en la oscuridad, emitía una intensa e hipnotizante luz azul.
Poco sabían que ese brillo no era mágico, sino la manifestación visible de un peligro invisible y mortal. Era el cloruro de cesio, o Cesio-137, una sustancia altamente radiactiva. Lo que siguió fue una tragedia en cadena, impulsada por la curiosidad y la completa falta de información. Esta es la historia de cómo un fallo en la eliminación industrial y el fascinante brillo misterioso llevaron al accidente con Cesio-137 en Goiânia, y de la monumental operación de ciencia e ingeniería para contener un enemigo que no se podía ver.
La fuente: la negligencia que dejó una ‘bomba’ atrás
Todo comenzó años antes, cuando el Instituto Goiano de Radioterapia se mudó y dejó atrás un aparato de teleterapia, que contenía la cápsula de Cesio-137, en un edificio abandonado. Disputas judiciales impidieron que se realizara la adecuada remoción del equipo, y se ignoraron las advertencias sobre el peligro del material. La cápsula, una fuente radiactiva de alta intensidad, quedó olvidada, vulnerable a quienes la encontraran.
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El fascinante brillo azul: cómo comenzó la contaminación

Después de extraer la cápsula de la pieza principal, Roberto y Wagner lograron perforarla. Dentro, encontraron 19 gramos de un polvo similar a la sal de mesa. Esa noche, ellos y sus familias quedaron maravillados con la luminiscencia azul que el material emitía. Científicamente, el brillo no provenía del cesio en sí, sino del aire a su alrededor siendo ionizado por la intensa radiación, un fenómeno llamado luminiscencia.
Encantados, distribuyeron fragmentos del polvo a amigos y familiares. La belleza del brillo era irresistible. Poco sabían que, junto con los fragmentos, estaban propagando contaminación radiactiva y una sentencia de enfermedad. Pocas horas después del contacto, comenzaron a aparecer los primeros síntomas del Síndrome Aguda por Radiación: náuseas, vómitos y diarrea.
La cadena del contagio: de persona a persona, de casa en casa
La contaminación se propagó de forma aterradoramente rápida. Devair Alves Ferreira, dueño de un chatarrería que compró la pieza, llevó la cápsula dentro de su casa. Su sobrina de seis años, Leide das Neves, jugó con el polvo brillante, llegó a ingerir una pequeña cantidad y se convirtió en una de las fuentes de contaminación más intensas.
El polvo se esparció por casas, patios, talleres e incluso en un autobús. Las personas llevaban la arena radiactiva en su ropa y zapatos, contaminando todo lo que tocaban y creando múltiples focos de radiación por la ciudad.
La alerta: la física, la medicina y el descubrimiento del horror

El 29 de septiembre, 16 días después del inicio, la tragedia comenzó a ser desvelada. María Gabriela, esposa de Devair, comenzó a ligar la enfermedad de su familia al «polvo mágico». Ella tomó la pieza remanente de la cápsula, la colocó en una bolsa plástica y la llevó en autobús hasta la sede de Vigilancia Sanitaria. Allí, el físico Walter Mendes Ferreira, utilizando un detector de radiación, confirmó el terror: el objeto era una fuente de radiación altísima. Se dio la alarma.
Operación Éxito: la monumental y dolorosa limpieza de Goiânia
La Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN) fue convocada, dando inicio a una de las mayores operaciones de descontaminación de la historia. Físicos, ingenieros y técnicos de todo Brasil fueron movilizados.
Mapeo: utilizando detectores de radiación, los equipos monitorizaron a las personas, casas y áreas públicas para identificar los focos de contaminación. Más de 112 mil personas fueron monitoreadas, y 249 presentaron contaminación significativa.
Aislamiento y demolición: se aislaron manzanas enteras. Siete casas, incluida la de Devair, tuvieron que ser demolidas. Maquinarias pesadas removían las estructuras, que eran tratadas como desechos radiactivos.
Descontaminación: vehículos, objetos y toneladas de suelo fueron retirados. Las superficies fueron tratadas con una solución de ácido y un pigmento llamado «Azul de Prusia», que ayuda a eliminar el cesio del organismo.
Repositorio final: en total, se generaron 6,000 toneladas de desechos radiactivos (ropas, muebles, tierra, escombros). Este material fue acondicionado en contenedores y llevado a un repositorio definitivo, construido en Abadía de Goiás, donde deberá permanecer aislado y monitoreado por al menos 180 años.
El mayor accidente radiológico de Brasil dejó un legado de cuatro muertes en los primeros meses, incluida la de la niña Leide das Neves, y cientos de personas con secuelas para el resto de sus vidas. La historia del polvo azul que brillaba en la oscuridad se convirtió en una trágica lección sobre la responsabilidad en el manejo de la tecnología y el precio de la negligencia.
¿Qué lección nos deja el accidente con el Cesio-137 en Goiânia sobre la responsabilidad en la eliminación de materiales tecnológicos e industriales? Comparte tu reflexión.

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