La misión submarina histórica reunió aislamiento extremo, ciencia oceánica y pruebas humanas que llamaron la atención de la NASA como modelo para futuras estaciones espaciales, al seguir la Corriente del Golfo durante más de 30 días sin emerger y bajo condiciones controladas.
En julio de 1969, mientras la carrera espacial concentraba la atención en la llegada del hombre a la Luna, otro experimento extremo comenzó lejos de los focos, en el Atlántico.
El sumergible Ben Franklin se sumergió frente a Palm Beach, en Florida, para atravesar la Corriente del Golfo en deriva controlada y solo volvió a la superficie 30 días y 11 horas después, ya al sur de Nueva Escocia, tras recorrer 1.444 millas náuticas.
La embarcación fue diseñada para investigar el océano por dentro, sin la rutina de emerger diariamente.
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Al mismo tiempo, transformó a la propia tripulación en objeto de observación, porque reunía aislamiento biológico, espacio restringido, convivencia continua y dependencia total de los sistemas a bordo, condiciones que llevaron a la NASA a estudiar el vehículo como un análogo plausible de una estación espacial.
El sumergible siguió la Corriente del Golfo por dentro

En lugar de operar como un submarino convencional en desplazamiento permanente, el Ben Franklin fue concebido para seguir el flujo del agua en neutralidad de flotación.
La propuesta era permanecer en profundidades entre 600 y 2.000 pies, observar el comportamiento de la Corriente del Golfo y producir datos oceanográficos en una escala rara para la época.
Esta elección dio a la misión un perfil singular.
El vehículo no solo seguía la corriente: funcionaba como un puesto de investigación cerrado, comprimido dentro de un casco de 130 toneladas, con el equipo viviendo y trabajando en un ambiente presurizado durante semanas, bajo reglas rígidas de operación, mantenimiento y uso de recursos.
Las dimensiones ayudan a explicar por qué el proyecto llamó tanta atención.
El sumergible medía alrededor de 14,85 metros de longitud, tenía 21 pies y 6 pulgadas de boca, 20 pies de altura, profundidad operativa de 2.000 pies y profundidad de colapso calculada en 4.000 pies.
Su sistema de soporte vital fue dimensionado para mantener seis personas a bordo por hasta seis semanas.
Interés de la NASA en misiones de confinamiento prolongado
El interés de la agencia espacial apareció aún en la fase de planificación.

Documentos técnicos preparados para la NASA y para el Marshall Space Flight Center registran que las similitudes entre una misión submarina prolongada y una misión espacial de larga duración se hicieron evidentes durante el desarrollo del proyecto, sobre todo en temas como habitabilidad, interfaz hombre-máquina, aislamiento completo y respuesta de la tripulación al confinamiento.
No era una comparación retórica. El informe “Uso del sumergible Ben Franklin como análogo de estación espacial” describe formalmente el vehículo como base de estudio para problemas que también aparecerían en hábitats orbitales.
Entre los puntos observados estaban carga de trabajo, privacidad, comunicación, provisiones, microbiología interna y mantenimiento de los sistemas.
En la práctica, el sumergible ofrecía a la NASA algo difícil de reproducir en tierra.
Había una tripulación diversificada, separación física completa del mundo exterior, necesidad de autosuficiencia y rutina operativa ininterrumpida, sin posibilidad de simplemente abrir la escotilla y salir.
Experimentos científicos y rutina bajo presión
El objetivo central de la deriva era explorar la Corriente del Golfo de Florida hasta la región de Nueva Escocia mediante observaciones visuales, fotografía de fondo, levantamientos biológicos y estudios acústicos.

Además, el viaje sirvió para probar conceptos de operación prolongada en sumergibles y evaluar la resistencia de tripulantes confinados en un espacio reducido durante varias semanas.
Los resultados fueron amplios. El informe técnico de la misión indica que el Ben Franklin operó con una profundidad media de 650 pies y realizó excursiones a rangos entre 1.200 y 1.800 pies.
También hubo cientos de horas de observación directa de la vida marina, además de mediciones complementarias realizadas por embarcaciones de apoyo y otros instrumentos activados a lo largo del recorrido.
La rutina a bordo exigía disciplina continua. La documentación del estudio cita temas como gestión de agua, residuos, ropa, contaminación ambiental y mantenimiento diario, mostrando que el desafío no era solo permanecer sumergido, sino preservar el rendimiento técnico y la convivencia funcional en un ambiente cerrado.
Estructura con 29 ventanales marcó el proyecto
Uno de los rasgos más destacados del Ben Franklin era la presencia de 29 ventanales distribuidos por el casco.
En estructuras sometidas a presión elevada, las aberturas suelen imponer restricciones severas de diseño, pero la embarcación fue diseñada precisamente para ampliar la observación visual directa del océano.
Este diseño ayudó a transformar el vehículo en una rareza entre los sumergibles de investigación del período.
Los registros históricos lo describen como un mesoscaphe ideado por Jacques Piccard y desarrollado con la participación de Grumman.
El origen del proyecto refuerza este carácter internacional. El PX-15 fue construido en Monthey, Suiza, entre 1966 y 1968, y luego enviado a Florida para la fase final de montaje.

El nombre Ben Franklin fue elegido en referencia a Benjamin Franklin, asociado a la identificación de la Corriente del Golfo.
Viaje de 30 días marcó récord submarino
El viaje comenzó la noche del 14 de julio de 1969, cuando el sumergible se hundió en la costa de Palm Beach.
El ciclo operativo de la misión presenta pequeña variación entre la inmersión inicial y el inicio formal de la deriva, explicada por la cronología técnica utilizada en los informes.
Al final de más de un mes, el Ben Franklin emergió el 14 de agosto de 1969, cientos de millas al sur de Halifax.
Fuentes históricas clasificaron la operación como el experimento submarino privado más largo de su tipo hasta entonces.
Aunque la hazaña quedó opacada por el calendario simbólico de ese año, el episodio preservó un valor raro.
El Ben Franklin demostró que un laboratorio humano compacto podía generar ciencia del mar y, al mismo tiempo, servir como ensayo operativo para problemas que luego ganarían escala en programas espaciales de larga permanencia.

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