En 1999, cuatro italianos adaptaron dos coches para flotar y partieron de las Canarias rumbo al Caribe, en una travesía sin autorización oficial, marcada por improvisación técnica, pérdidas familiares y casi cuatro meses de supervivencia en el océano.
En la madrugada del 4 de mayo de 1999, en la isla española de La Palma, en el archipiélago de las Canarias, cuatro italianos lanzaron al mar dos coches adaptados para flotar y dieron inicio a una travesía rumbo al otro lado del Atlántico. A bordo de un Volkswagen Passat y de un Ford Taunus, los hermanos Marco, Fabio y Mauro Amoretti, acompañados del amigo de la familia Marcolino De Candia, partieron con un objetivo definido: concluir el proyecto ideado por Giorgio Amoretti, padre de los tres hermanos, que ya no tenía condiciones de realizarlo.
Casi cuatro meses después, el 31 de agosto de 1999, los dos vehículos alcanzaron la costa de la Martinica, en el Caribe, tras cerca de 4.700 kilómetros en mar abierto. El plan inicial preveía seguir hasta Cuba y, posteriormente, a los Estados Unidos, pero la expedición se cerró allí debido a las limitaciones físicas y materiales acumuladas a lo largo del recorrido.
El origen de un proyecto interrumpido en los años 1970
La travesía tenía raíces en una idea concebida más de dos décadas antes. Desde los años 1970, Giorgio Amoretti, fotoperiodista y explorador, alimentaba el plan de cruzar el Atlántico dentro de un automóvil adaptado para navegar. En 1978, intentó ponerlo en práctica con un Volkswagen Beetle modificado, conocido como “Automare”.
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En aquella ocasión, la iniciativa fue interrumpida al llegar a las Canarias, después de que autoridades españolas impidieron la continuidad por cuestiones de seguridad. El proyecto quedó suspendido y permaneció incompleto por años, sin nuevos intentos.
En 1999, con Giorgio en etapa terminal de un cáncer, la familia evaluó que no habría otra oportunidad para que él mismo retomara la travesía. En este contexto, los hijos decidieron seguir con la jornada, asumiendo la ejecución del plan que había quedado interrumpido.
Cómo los coches fueron adaptados para flotar en el océano
Para hacer que los vehículos pudieran flotar, el grupo realizó una serie de adaptaciones técnicas. Los coches recibieron grandes bloques de poliestireno, responsables de garantizar la sustentación en el agua, además de sellado en partes de la estructura para reducir filtraciones.
También se instalaron motores de barco, utilizados principalmente en los primeros días de navegación. El interior pasó por ajustes para funcionar como refugio improvisado, con espacio restringido para garrafas de agua, alimentos deshidratados y equipos básicos.
En el techo, los viajeros transportaban un bote inflable, que permitía entrar y salir del coche en alta mar, además de estructuras improvisadas para aprovechar los vientos alisios cuando el combustible se agotara. Desde la salida, los dos automóviles siguieron atados por cuerdas, como forma de evitar que se separaran durante la travesía.
La partida sin autorización y los primeros días en el mar
La decisión de partir sin solicitar autorizaciones formales aparece en los relatos posteriores como una estrategia para evitar el bloqueo de la expedición aún en tierra. En los primeros días, el desplazamiento fue garantizado por los motores instalados en los vehículos.
Con el fin del combustible, el avance pasó a depender exclusivamente de las corrientes marinas y los vientos, lo que aumentó la imprevisibilidad de la navegación y redujo el control sobre la trayectoria.
Problemas de salud y el rescate de dos tripulantes
Poco tiempo después de la partida, los efectos físicos de la travesía comenzaron a manifestarse. Fabio y Mauro Amoretti empezaron a presentar mareos y fatiga intensa, cuadro que dificultaba la ejecución de tareas básicas en el día a día.
Cerca de diez días después del inicio del viaje, los dos solicitaron rescate y fueron retirados en una operación de evacuación aérea, cerrando su participación en la expedición. A partir de ese momento, Marco Amoretti y Marcolino De Candia siguieron solos en el Atlántico.
Con la reducción de la tripulación, los coches permanecieron unidos por una única amarra. El cambio exigió ajustes inmediatos en la rutina y aumentó la responsabilidad de mantener los vehículos operativos y unidos en mar abierto.
La muerte de Giorgio y la interrupción del contacto con tierra
A medida que la travesía proseguía, Giorgio Amoretti murió el 28 de mayo de 1999, en Italia. Según reconstrucciones posteriores hechas por la familia, la decisión fue no informar a Marco en ese momento, por temor a que la noticia comprometiera su capacidad de seguir navegando, ya que no había condiciones seguras de retorno.
Poco después, el teléfono vía satélite dejó de funcionar, interrumpiendo el contacto con tierra por semanas. Sin comunicación, no había información precisa sobre la ubicación de los dos viajeros, lo que aumentó la ansiedad entre familiares y personas que seguían el proyecto a distancia.
La rutina mínima dentro de los coches en alta mar
En el mar, la rutina pasó a restringirse a lo esencial. Marco y Marcolino necesitaron racionar agua y alimentos, además de intentar pescar siempre que fuera posible para complementar la alimentación.
La entrada constante de humedad exigía cuidados frecuentes con el interior de los coches.
Paralelamente, el mantenimiento de las amarras se convirtió en una tarea crítica, ya que, en diversas ocasiones, las cuerdas se rompieron y obligaron a los dos a entrar en el agua para restablecer la conexión entre los vehículos.
Durante la travesía, parte de la experiencia fue registrada en anotaciones de diario, utilizadas posteriormente para reconstruir el recorrido. A lo largo del tiempo, el grupo pasó a identificarse como “Autonautas”, denominación adoptada en materiales y presentaciones que recontaron la historia en los años siguientes.
La llegada al Caribe y el cierre de la expedición
Tras 119 días en el Atlántico, el 31 de agosto de 1999, los dos coches alcanzaron la costa de Martinica todavía flotando. Relatos de la época indican que la llegada llamó la atención de los habitantes y curiosos, sorprendidos por la presencia de vehículos que habían cruzado el océano partiendo de las Canarias.
A partir de este punto, la continuación del plan hasta Cuba y los Estados Unidos fue descartada. El desgaste físico acumulado y la limitación de recursos llevaron a la decisión de cerrar la expedición en el Caribe, finalizando así la travesía.
Solo tras el desembarque Marco fue informado sobre la muerte del padre, ocurrida mientras él aún estaba en alta mar. En los años siguientes, la experiencia pasó a ser documentada en libros, charlas y registros audiovisuales organizados por los propios participantes.

Más recientemente, los involucrados mencionaron intentos de adaptar la historia para producciones audiovisuales, como documentales, con base en los materiales reunidos a lo largo del tiempo.
Pasadas más de dos décadas, el episodio sigue siendo citado como un caso inusual de travesía oceánica con medios no convencionales, articulando improvisación técnica, planificación limitada y una motivación familiar definida desde la partida.


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