Desaprobación récord, endeudamiento de las familias y medidas para aliviar el bolsillo vuelven a colocar el costo de vida en el centro de la disputa presidencial, mientras el Planalto intenta transformar programas sociales, energía, combustibles y crédito en una respuesta rápida al desgaste captado por las encuestas electorales.
A seis meses de las elecciones presidenciales de 2026, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva intenta reaccionar al desgaste mostrado por las encuestas con una agenda de medidas orientadas al alivio inmediato del costo de vida.
El movimiento ocurre después de que Ipsos-Ipec registrara, en marzo, 51% de desaprobación a la manera en que el presidente gobierna, contra 43% de aprobación, un cuadro que colocó al Planalto en una posición más incómoda que la observada en ciclos anteriores en los que el PT buscaba mantener el poder.
De acuerdo con el diario O Globo, la estrategia reúne acciones ya implementadas y otras en preparación o discusión dentro del gobierno.
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Cámara aprueba proyecto que transforma chacras de hasta 2 mil metros cuadrados en propiedades rurales oficiales, miles de pequeños productores que eran invisibles para el gobierno ahora podrán acceder a crédito, exenciones fiscales y asistencia técnica.
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La Fábrica 52, en EE. UU., costó más de 5 mil millones de dólares, tiene 270 mil m² y fabrica chips de última generación: fue elegida Proyecto del Año por la mayor revista de ingeniería del mundo, marcando la carrera global por semiconductores.
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Mientras BYD despide a 100 mil en China debido a la caída de las ganancias, la fábrica en Brasil sigue firme: la unidad de Camaçari en Bahía puede generar hasta 20 mil empleos y convertirse en un polo de exportación para toda América Latina.
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Las dos mayores potencias del BRICS están dejando de lado las rivalidades: China e India avanzan en un acercamiento histórico y planean utilizar sus presidencias consecutivas del bloque para profundizar lazos y rediseñar el equilibrio de poder mundial.
Entre ellas están la ampliación del Gas del Pueblo, un nuevo programa de renegociación de deudas con descuentos que pueden llegar a 80%, la defensa de mecanismos para contener el aumento del diésel importado y el intento de transformar en ganancia política iniciativas como la nueva franja de exención del Impuesto sobre la Renta y el debate sobre el fin de la escala 6×1.
El trasfondo es ambiguo.
Por un lado, el país exhibe un bajo desempleo, un aumento en la renta media y una inflación controlada en comparación con los últimos años.
Por otro, las familias siguen presionadas por altos intereses, un endeudamiento récord y una sensación persistente de apretón en el presupuesto, un desajuste que ayuda a explicar por qué la mejora de los indicadores macroeconómicos aún no se ha convertido, en la misma proporción, en aprobación del gobierno.
Renegociación de deudas se convierte en la apuesta central del Planalto
Entre las frentes en estudio, la renegociación de deudas aparece como una de las más sensibles para el electorado.
Datos recientes del Banco Central muestran que el compromiso de la renta de las familias con el pago de deudas alcanzó 29,33% en enero, el nivel más alto de la serie histórica iniciada en 2005.
En este ambiente, el Ministerio de Hacienda comenzó a diseñar una nueva versión del Desenrola, ahora con un formato más simple y previsión de descuentos de hasta 80% sobre parte de los débitos.
La apuesta del gobierno es que la renegociación dialogue con una dificultad concreta del día a día, aunque el mercado laboral esté activo.
En el trimestre que terminó en febrero, la tasa de desocupación se situó en 5,8%, el menor resultado para este período desde el inicio de la serie de la PNAD Continua, y el ingreso real habitual alcanzó R$ 3.679.
Aun así, el peso de las cuotas, los intereses y la morosidad sigue siendo alto, lo que limita la percepción de mejora material por parte de una parte significativa de la población.
Al hablar sobre este estrangulamiento financiero, Lula recurrió a un argumento ya utilizado por el gobierno para explicar el descontento popular.
Según el presidente, pequeños gastos mensuales acaban acumulándose y, al final del mes, producen la sensación de que el salario desaparece sin dejar sobrante.
La lectura del Planalto es que este malestar, aunque difuso, recae políticamente sobre quien está al mando del país.
Gas de cocina, cuenta de luz y diésel entran en el paquete
En el ámbito del consumo básico, el Gas del Pueblo ganó peso como una de las vitrinas sociales de la recta preelectoral.
Lanzado en 2025, el programa comenzó con un alcance inicial menor, pero fue expandido y pasó a atender casi 15 millones de familias en marzo de 2026, según el gobierno federal.
La política sustituyó el desembolso financiero por la retirada directa del cilindro de 13 kilos en revendedores acreditados, ampliando la visibilidad del beneficio en un ítem de fuerte impacto en el presupuesto doméstico.
En energía, el Planalto también busca explorar una agenda de efecto práctico.
El programa Luz del Pueblo, sancionado en octubre de 2025, garantizó la gratuidad total de la cuenta de luz para familias de bajos ingresos inscritas en el CadÚnico con un consumo de hasta 80 kWh por mes, además de ampliar descuentos para otros grupos.
La ley fue presentada por el gobierno como un instrumento de reducción de la llamada pobreza energética, pero los auxiliares aún discuten formas de amortiguar ajustes y preservar la ganancia política de la medida en un año de campaña.
En el caso del diésel, el gobierno acordó con la mayoría de los estados una propuesta temporal de subvención al combustible importado para contener la presión sobre los precios.
El diseño divulgado prevé un subsidio total de R$ 1,20 por litro durante dos meses, dividido equitativamente entre la Unión y los gobiernos estatales.
La preocupación es doble: evitar la irritación directa entre los conductores y reducir los reflejos sobre fletes y precios de productos, en un país que depende fuertemente del transporte por carretera.
Tasa de las blusitas, peaje free flow e IR entran en la estrategia
Al mismo tiempo que amplía beneficios, el gobierno reevalúa temas que generaron desgaste.
Uno de los más sensibles es la llamada “tasa de las blusitas”, impuesto sobre compras internacionales de hasta US$ 50.
El asunto volvió a la mesa del Planalto en 2026 porque la medida se convirtió en un objetivo frecuente de la oposición y comenzó a ser vista internamente como uno de los errores políticos de mayor repercusión entre consumidores de bajos y medianos ingresos conectados al comercio electrónico.
Otra discusión en curso involucra el sistema de peaje free flow.
Integrantes del gobierno comenzaron a defender la suspensión de multas aplicadas a conductores que no pagaron la cobranza automática sin barrera, tema que ganó contorno político en las últimas semanas.
La idea, según relatos sobre la discusión interna, es reducir la irritación causada por un modelo de cobranza que se expandió más rápido que la familiaridad del usuario medio con las reglas de pago.
En el ámbito tributario, el equipo de Lula intenta transformar en activo electoral la nueva franja de exención del Impuesto sobre la Renta.
La regla que anula el impuesto para quienes ganan hasta R$ 5 mil por mes entró en vigor en enero de 2026.
Según el gobierno, más de 10 millones de personas pasaron a estar totalmente exentas, mientras que el total de contribuyentes beneficiados llega a cerca de 15 millones, sumando también a quienes tuvieron reducción en el valor a pagar.
La agenda laboral también fue incorporada a la estrategia.
Lula y ministros comenzaron a defender públicamente el avance del debate sobre el fin de la escala 6×1, con reducción de la jornada semanal de 44 a 40 horas, propuesta que el gobierno quiere llevar al Congreso.
Aunque el tema involucra una negociación compleja con el sector productivo, ha sido tratado como una bandera de fuerte atractivo entre trabajadores urbanos y jóvenes empleados en el comercio y en servicios.
Alta desaprobación cambia la lógica de la carrera electoral
El cuadro actual dista de los ciclos en que el PT logró mantener el Palacio del Planalto.
En 2006, Lula fue reelegido.
En 2010 y 2014, el partido ganó con Dilma Rousseff.
Ahora, el presidente llega a la mitad final del recorrido con desaprobación superior al 50%, algo inusual para un mandatario que pretende disputar la reelección.
Para el científico político Carlos Melo, del Insper, el ambiente electoral de hoy es más inestable que el de hace dos décadas y ha hecho que la lógica de la reelección sea menos automática.
Melo afirma que “hoy existe una inestabilidad, una volatilidad que no existía a principios del siglo” y evalúa que la simple exhibición de buenos números dejó de ser suficiente para producir una adhesión política duradera.
En su lectura, el gobierno acierta al intentar hablar directamente con el bolsillo del elector, pero aún enfrenta dificultades para vender una imagen de futuro capaz de superar el desgaste acumulado del presente.
La comparación con Jair Bolsonaro sigue siendo otro eje de la comunicación del PT.
En la reunión ministerial a finales de marzo, el ministro de la Casa Civil, Rui Costa, exigió más claridad en este contraste al decir a Sidônio Palmeira: “Mi duda, Sidônio, es si la gente sabe esto. Creo que debemos enfocarnos en comparar y mostrar.”
La declaración expuso la evaluación, dentro del gobierno, de que parte de las entregas no se convirtió en una percepción social suficiente.
Bolsonaro, cuando intentó la reelección, enfrentaba índices aún peores a finales de 2021, con 27% de aprobación según el Ipec, pero logró acortar la distancia con el adversario en 2022 tras medidas de fuerte impacto fiscal y social.
El precedente alimenta en el Planalto la expectativa de que los beneficios concentrados en el día a día del elector puedan reducir la resistencia a Lula, aunque no eliminen el peso de la rechazo ya cristalizada en las encuestas.

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