En 1930, el Graf Zeppelin sobrevoló Río y marcó el inicio de la aviación comercial internacional en Brasil
El domingo aún ni había clareado bien, pero Río de Janeiro ya estaba de fiesta. Una multitud ansiosa tomó las calles de la ciudad para asistir a un espectáculo único: el vuelo del Graf Zeppelin sobre la Bahía de Guanabara.
Era 25 de mayo de 1930. El reloj marcaba 6h30 cuando el gigante de aluminio apareció en el cielo carioca y siguió hasta aterrizar en el Campo de los Afonsos, en Santa Cruz. Con esto, Brasil entraba oficialmente en la era de la aviación comercial internacional.
Inicio de una nueva era en los cielos brasileños
La llegada del Graf Zeppelin fue más que un evento. Fue un hito. El dirigible alemán, con sus impresionantes 236 metros de longitud, inauguró la primera ruta de pasajeros entre Brasil y Europa.
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El impacto fue inmediato. La prensa celebró la novedad como símbolo de progreso. Para muchos, la modernidad había finalmente aterrizado por aquí.
Según Charles Narloch, profesor de la Unirio e investigador del Museo de Astronomía y Ciencias Afines, no existían vuelos comerciales regulares para pasajeros internacionales. El Zeppelin vino a llenar ese vacío.
Ya famoso por haber dado la vuelta al mundo en 1929, el comandante Hugo Eckener era una celebridad. El diario italiano “Corriere della Sera” llegó a llamarlo el hombre más famoso del planeta.
El surgimiento de los dirigibles y su auge
Los dirigibles no eran una novedad en el mundo. Desde el siglo XIX, ya existían aeronaves más ligeras que el aire. El propio Santos Dumont desarrolló dirigibles antes de inventar el avión.
Durante la Primera Guerra Mundial, fueron utilizados como bombarderos. Los alemanes, por ejemplo, contaban con los Zeppelins, creados por Ferdinand von Zeppelin.
Pasado el conflicto, los dirigibles ganaron los cielos como medio de transporte de lujo. El Graf Zeppelin se estrenó en 1928 y, un año después, ya daba la vuelta al mundo.
El viaje duraba 21 días, la velocidad no pasaba de 110 km/h, y solo embarcaban quienes tenían mucho dinero. Eran 20 pasajeros y 36 tripulantes. ¿El precio? Algo como US$ 8 mil en valores actuales, solo de ida.
Lujo en las alturas y estructura impresionante
La estructura era impresionante. La carcasa de duraluminio albergaba 60 globos de hidrógeno. Cinco motores con 12 cilindros garantizaban la propulsión. Por dentro, el confort: suites, comedores y salas de estar. Un verdadero hotel volador.
El viaje hasta Brasil comenzó el 18 de mayo, en Alemania. En tres días, el Zeppelin cruzó el Atlántico y aterrizó en Recife, donde se había erguido una torre para recibirlo. La llegada fue celebrada con gradas y invitados ilustres. La fiesta apenas comenzaba.
La expectativa en Río de Janeiro
Mientras tanto, en Río, la ansiedad crecía. Nadie sabía la hora exacta de llegada. Muchos pasaron la noche en la calle, con los ojos en el cielo. Los periódicos intentaban descubrir la hora exacta.
Había tanta expectativa que incluso los trenes entre São Paulo y Río agotaron los pasajes. La carretera precaria vio el mayor flujo de coches hasta entonces, según Narloch.
Historias curiosas también surgieron. El periódico O GLOBO relató que un portugués llamado José Pinheiro se durmió en el Cais do Mercado Novo mientras esperaba al Zeppelin y cayó en la Bahía de Guanabara. Por suerte, fue rescatado con vida.
Antes de aterrizar, el dirigible sobrevoló un barco que llevaba a Júlio Prestes a Estados Unidos. Él había sido elegido presidente de Brasil, pero no asumiría. La Revolución de 1930 cambiaría el rumbo del país, colocando a Getúlio Vargas en el poder.
Multitud acompaña el espectáculo aéreo
miles de personas aguardaban al Graf Zeppelin en puntos altos como Santa Teresa y los cerros de San Januario y de la Viuda. Cuando el dirigible apareció, la ciudad vibró. Gritos, aplausos, niños corriendo. El “churro volador” era real.
El Zeppelin recorrió la orilla hasta Santa Cruz, donde el Campo de los Afonsos estaba preparado para el aterrizaje. Era un verdadero espectáculo.
Cuerdas fueron lanzadas y alrededor de 150 hombres tiraban del dirigible hasta el suelo. Algunos subían por las cuerdas, los llamados “arañas”. Solo cuando el gigante de 67 toneladas estaba totalmente atracado, los pasajeros descendían.
Organización y recepción en el Campo de los Afonsos
El evento fue organizado con todo el aparato. El público se dividía entre sillas de primera, segunda y las “generales”. Autoridades como el alcalde Prado Júnior y el embajador estadounidense Edwin Morgan estaban presentes. La seguridad involucró a cerca de 2 mil hombres de varias corporaciones.
Para el profesor Narloch, la presencia de los dirigibles ayudó a cambiar la imagen de Brasil en el exterior. De país visto como exótico y atrasado, pasó a llamar la atención de la prensa internacional. El impacto era tan grande que lo compara con la movilización de una Copa del Mundo.
El fin de la era de los dirigibles
Durante siete años, el Graf Zeppelin realizó 64 viajes a Brasil. En 1933, con el ascenso de Hitler, los dirigibles empezaron a volar con la esvástica nazi. En 1936, se inauguró el hangar de los Zeppelins en Santa Cruz. La estructura aún está allí, bien conservada, pero tuvo una vida corta.
El fin de la era de los dirigibles llegó en 1937, con la tragedia del Hindenburg, que explotó al intentar aterrizar en Estados Unidos, matando a 36 personas. A partir de ahí, los dirigibles perdieron espacio en la aviación mundial.
Memoria e inspiración hasta hoy
El recuerdo, sin embargo, permaneció vivo. Desde Recife hasta Río, el sueño de un futuro moderno fue llevado por el aire por el Zeppelin.
Hoy, las empresas estudian nuevos dirigibles con gas helio, menos inflamable. Pero todo aún está en fase de pruebas. Lo que queda realmente es la memoria de aquel domingo, cuando el cielo de Río recibió una de las mayores aeronaves jamás construidas.
Con información de O Globo.

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