En Oosterwold, en los Países Bajos, un barrio holandés cambia la dependencia de supermercados por producción de alimentos en el propio jardín, exige que el 50% del terreno se convierta en área productiva y prueba, en la práctica, un nuevo modelo de ciudad sostenible.
Cultivar verduras en el jardín suele parecer cosa de campo, lejos de la rutina de las grandes ciudades y de los pasillos de supermercados. En Oosterwold, al este de Ámsterdam, esta idea se llevó al extremo: vivir allí solo es permitido si al menos la mitad del terreno se dedica a la producción de alimentos, transformando huertos, frutales y jardines productivos en parte de la infraestructura oficial del barrio.
Este experimento urbano reúne vivienda, autonomía de proyecto y agricultura como condición formal de uso del suelo. Hoy, alrededor de 5 mil personas viven en aproximadamente 4.300 hectáreas bajo este modelo, y la lista de espera para entrar en el barrio solo crece, justamente porque la propuesta va más allá de tener un jardín bonito y reduce la dependencia de supermercados al acercar producción y consumo de comida.
Un barrio holandés en que el huerto es regla, no detalle
En Oosterwold, la planificación urbana fue diseñada para invertir la lógica tradicional. En lugar de muros altos y céspedes ornamentales, lo que domina el paisaje son huertos, filas de verduras, árboles frutales, pequeñas invernaderos y áreas de cultivo diversificadas.
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Lo que diferencia este barrio holandés de iniciativas puntuales de agricultura urbana es la obligatoriedad. Cada residente debe destinar al menos el 50% del terreno a la producción de alimentos, ya sea para consumo propio o para abastecimiento local. No se trata de un pasatiempo opcional, sino de una regla escrita en las bases del proyecto.
Esta exigencia altera la forma en que el barrio se organiza. El jardín deja de ser un espacio «sobrante» detrás de la casa y pasa a ser visto como un activo productivo, parte de la infraestructura que sostiene la vida allí.
En lugar de depender solo de los supermercados para llenar la despensa, las familias pasan a tener una relación directa con lo que siembran y cosechan.
Cómo funciona la regla del 50% del terreno
El modelo no encierra al barrio en un patrón único. La regla es clara en el porcentaje, pero flexible en la forma. Cada residente decide qué plantar, cómo plantar y cómo distribuir el área productiva, lo que hace que el paisaje de Oosterwold sea heterogéneo.
Hay invernaderos, frutales, huertos al aire libre, pequeñas viñas y hasta áreas con crianza de animales. Algunos residentes producen exclusivamente para su propio consumo.
Otros tercerizan el manejo del terreno a quienes tienen más experiencia agrícola. También existen casos en que la producción se convierte en actividad económica, con alimentos siendo vendidos o utilizados como base para negocios locales, como restaurantes.
Esta libertad dentro de una obligación común crea un mosaico de soluciones. Lo que une todas las casas es el compromiso de transformar la mitad del lote en área productiva, reduciendo la dependencia exclusiva de largas cadenas de abastecimiento que comienzan en grandes productores y terminan en los supermercados de las ciudades.
Del supermercado al circuito alimentario local
El barrio también altera la manera en que las personas planifican y enfrentan las comidas. En un reportaje de The Guardian, el residente Marco de Kat describe una rutina en la que el menú se decide a partir de lo que está listo para cosechar ese día, y no por lo que está en oferta en los supermercados.
Un ejemplo citado en el mismo artículo es el restaurante Atelier Feddan, que base sus platos principalmente en los ingredientes cultivados en el propio barrio, creando un circuito alimentario corto y territorializado.
En lugar de depender solo de productos que viajan largas distancias hasta llegar a las estanterías, una parte importante del consumo se vincula directamente a la realidad agrícola local.
En la práctica, Oosterwold muestra que el abastecimiento de un barrio no necesita estar concentrado solo en camiones que llegan de los centros de distribución y en las góndolas de los supermercados.
Cuando jardines y terrenos privados comienzan a producir comida, el barrio en su conjunto gana más resiliencia y autonomía.
Sostenibilidad en la práctica: acortar la cadena y reducir emisiones
El modelo de Oosterwold dialoga directamente con la crisis climática. El sistema alimentario global está entre los grandes responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero, especialmente por causa del transporte de larga distancia, del almacenamiento refrigerado y del uso intensivo de insumos industriales.
Al estimular la producción cercana al consumidor, el barrio acorta la cadena de abastecimiento, reduce la necesidad de largos desplazamientos impulsados por combustibles fósiles y disminuye la dependencia de toda la logística que sostiene los supermercados tradicionales.
Además, Oosterwold adopta directrices constructivas que favorecen estructuras más duraderas, reaprovechamiento de materiales y planificación a largo plazo, lo que ayuda a reducir la huella de carbono asociada tanto a las casas como a la infraestructura del barrio.
Es por eso que el lugar es descrito como un “laboratorio vivo” de ciudad sostenible, en el cual es posible observar, a lo largo del tiempo, qué elecciones realmente reducen el impacto ambiental en el día a día.
Autonomía urbana: cuando los residentes asumen la planificación
El experimento en Oosterwold también alteran la forma de hacer ciudad en los Países Bajos. En lugar de un barrio diseñado de arriba hacia abajo por el poder público o por grandes desarrolladoras, parte significativa de las decisiones fue puesta en manos de los residentes.
Allí, participan en la creación de las calles, discuten sistemas de drenaje, organizan la gestión de residuos y colaboran en la implementación de equipamientos colectivos.
La autonomía es mayor, pero siempre viene acompañada de la exigencia central: la producción de alimentos ocupa al menos la mitad de cada terreno.
Esto hace que las decisiones de diseño urbano y de uso del suelo se piensen junto con la alimentación, no como un tema separado.
En lugar de planificar solo el flujo de coches, autobuses y personas hasta los supermercados, Oosterwold también planifica cómo nace, circula y se consume la comida dentro del propio barrio.
Desafíos, corresponsabilidad y cooperación entre vecinos
Transformar la mitad del terreno en área productiva no es trivial. Mantener un huerto, un frutal o una pequeña área de crianza requiere tiempo, conocimiento e inversión continua. No todos tienen la misma disponibilidad o familiaridad con técnicas agrícolas.
Por eso, la corresponsabilidad comunitaria acaba siendo parte estructural del modelo. Residentes que dominan más el cultivo apoyan a quienes están comenzando, surgen iniciativas de cooperación, asociaciones para manejo conjunto e incluso arreglos en los que una persona cuida de la producción a cambio de parte de la cosecha.
El resultado es que la sostenibilidad deja de ser solamente un discurso y se convierte en un compromiso compartido, que se expresa en decisiones concretas sobre el jardín, el terreno y la forma de alimentarse.
El barrio, así, se va consolidando como una experiencia real de ciudad sostenible, en la que la relación con los supermercados, la agricultura y el clima se repiensa todos los días.
Si pudieras vivir en un lugar como Oosterwold, ¿estarías dispuesto a renunciar a parte de la dependencia de los supermercados para transformar la mitad de tu terreno en un huerto productivo obligatorio?


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