A pesar del discurso hostil contra Maduro, EE. UU. volvió a comprar petróleo de Venezuela. En agosto, Caracas exportó más de 900 mil barriles/día, revelando la ironía entre guerra política y negocios
Es curioso cómo la política internacional adora ironías. Mientras el gobierno de los Estados Unidos continúa clasificando a Nicolás Maduro como dictador, amenazando a Caracas con sanciones y hasta ensayando discursos sobre “acciones militares” en América del Sur, la realidad económica muestra otro escenario: las refinerías norteamericanas están recibiendo cada vez más barriles de petróleo venezolano.
El enemigo oficial, al fin y al cabo, también es proveedor indispensable de energía.
La Retórica de la Guerra
En los últimos años, la Casa Blanca no ha escatimado críticas hacia Venezuela. Se ampliaron las sanciones económicas, se congelaron activos en el exterior de PDVSA y, en momentos de mayor tensión, autoridades norteamericanas llegaron a hablar de “todas las opciones sobre la mesa”, insinuando operaciones militares.
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Washington nunca dejó de señalar a Caracas como una amenaza regional, asociando al gobierno de Maduro con la represión política y las crisis humanitarias.
Pero el contraste es gritante: al mismo tiempo que el discurso se fortalece, los números muestran que la dependencia energética habla más alto. Y se mide en barriles por día.

El Salto en las Exportaciones
Según datos compilados por la agencia citada por CNN Brasil, en agosto Venezuela exportó más de 900 mil barriles por día, el mayor volumen en nueve meses.
Esta disparada tuvo como motor principal las ventas hacia los Estados Unidos, gracias a la autorización del Departamento del Tesoro para que Chevron volviera a operar en el país sudamericano.
Los envíos de Chevron, que estuvieron cuatro meses parados, volvieron a cruzar el Caribe y llegaron a las refinerías norteamericanas.
El resultado fue un aumento del 27% en las exportaciones venezolanas en comparación a julio. China continúa siendo el mayor destino — cerca del 85% del total —, pero EE. UU. ya figura nuevamente como compradores relevantes, recibiendo más de 60 mil barriles por día.
Hasta Cuba, con cerca de 29 mil barriles diarios, aparece en este tablero energético.
Cuando el Petróleo Habla Más Alto
Es verdad que Washington intenta enmascarar la situación bajo el argumento de que las operaciones con Chevron “no fortalecen el régimen de Maduro”, sino que garantizan la supervivencia de empresas norteamericanas.
Pero, en la práctica, las arcas venezolanas vuelven a beneficiarse del flujo de ventas.
Además, Caracas ha venido diversificando. En agosto, el país exportó 275 mil toneladas métricas de derivados y petroquímicos, el mayor volumen desde mayo.
El Orinoco, corazón de la producción venezolana, operó sin interrupciones relevantes, garantizando la estabilidad.
Para hacer frente al proceso, Venezuela importó casi 100 mil barriles por día de petróleo ligero y nafta — diluyentes usados para tornar exportable su petróleo crudo pesado.
O sea: el país compra insumos para seguir vendiendo al mismo tiempo en que amplía su influencia en los mercados internacionales.
La Ironía Estratégica
Y es ahí donde entra la contradicción que rinde titulares cargados de ironía: los Estados Unidos, que tanto hablan de “aislamiento progresivo” de Venezuela, son también responsables por financiar parte de la sobrevida del chavismo con sus compras de petróleo.
El barril venezolano abastece camionetas en Houston y mantiene en funcionamiento refinerías del Golfo, precisamente aquellas diseñadas para procesar petróleo más pesado.
En otras palabras: mientras los discursos diplomáticos pintan a Caracas como un enemigo, el sector energético norteamericano prefiere verla como socia comercial estratégica.
Es la vieja máxima de la geopolítica: no existe amistad eterna, solo intereses permanentes.
El Barril Vale Más que el Discurso
Para el gobierno de Maduro, el regreso de las exportaciones a EE. UU. es motivo de celebración silenciosa. Para la Casa Blanca, es una necesidad pragmática.
Al final de cuentas, quien abastece el carro en Miami o en Nueva York difícilmente se preocupará por la contradicción diplomática.
En el tablero global, el petróleo continúa siendo la pieza más valiosa. Ni siquiera los conflictos retóricos o las amenazas militares son capaces de interrumpir la lógica: si hay demanda, habrá negocio.
Y así, en pleno 2025, Washington sigue atacando a Caracas en los micrófonos de la ONU, pero llenando sus tanques con petróleo venezolano.
La ironía no podría ser mayor: el enemigo que se promete derrotar es el mismo que garantiza que los Estados Unidos mantengan sus luces encendidas y sus motores funcionando.
Al final, el discurso puede ser incluso inflamado, pero el barril — ese, sí — continúa reinando absoluto.

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