La Generación Z llegó a la vida adulta en un Brasil de crisis sucesivas, salarios que no acompañan el costo de vida, presión por un rendimiento constante, adicción a las pantallas, creciente soledad, alta ansiedad y depresión en niveles alarmantes, incluso con un desempleo bajo y una educación superior más accesible para los jóvenes.
La Generación Z, formada por jóvenes nacidos entre 1997 y 2010, entró al mercado laboral bajo el impacto de la recesión de 2008, las protestas de 2013 y la pandemia de COVID-19, en un ambiente de inflación persistente y competencia feroz por vacantes, lo que ayuda a explicar el clima de malestar generalizado.
Aunque a menudo se la retrata en memes que ironizan su comportamiento, la Generación Z suma hoy 48,8 millones de personas en Brasil, lo equivalente al 23,2% de la población, intentando construir una vida en medio de inestabilidades políticas, económicas y sociales casi continuas. Entre el aumento del costo de vida y salarios que no acompañan, los jóvenes se ven presionados a trabajar más, ganar menos y todavía corresponder a estándares inalcanzables de éxito, belleza y rendimiento emocional.
Crisis en serie, bolsillo apretado y vida más cara
Para la investigadora de FGV Social, Janaína Feijó, “esta generación tiene una dificultad adicional a la hora de adquirir bienes y servicios, que son una medida de la calidad de vida del individuo”.
-
Nestlé dijo que siempre incentiva a las personas a tomarse un descanso con KitKat, pero que los ladrones llevaron el mensaje demasiado lejos al robar 12 toneladas de chocolate en un camión que desapareció entre Italia y Polonia.
-
Ni en la nevera, ni en la bolsa de plástico: esta es la forma correcta de guardar ajo.
-
Al romper el suelo de la cocina durante una reforma, los residentes en Inglaterra encuentran 260 monedas de oro escondidas durante más de 300 años, con piezas datadas entre 1610 y 1727 y un valor estimado en cientos de miles de libras.
-
¡Más peaje! El sistema Anchieta-Inmigrantes comenzará a implementar el cobro en ambos sentidos con free flow el 1 de julio, tarifa de R$ 19,35 por tramo, fin de las plazas y proyecto de nueva pista de 21,5 km.
En las últimas décadas, los ajustes salariales simplemente no han acompañado el aumento del costo de vida, lo que deja a la Generación Z en desventaja a la hora de acceder a vivienda, ocio y consumo básico.
Mientras tanto, este grupo crece comparando su propia realidad con la juventud de las generaciones X (1965 a 1980) y Y (1981 a 1996).
Hace tiempo, estos jóvenes también enfrentaron hiperinflación, confiscación de ahorros, transición de la dictadura militar a la democracia, guerras y conflictos.
Pero la Generación Z tiende a idealizar este pasado, como si la vida hubiera sido automáticamente más fácil para sus padres, ignorando parte de las dificultades enfrentadas antes.
Al mismo tiempo, hay avances que los jóvenes de hoy realmente aprovechan. El nivel de desempleo es el más bajo de la serie histórica, en 5,6%, según el IBGE, y la cualificación se ha vuelto más accesible: alrededor de un tercio de los alumnos que concluyen la educación media continúan con estudios superiores, con aumento de la presencia de mujeres y personas negras en las universidades y en las carreras.
El problema es que esta puerta de entrada más amplia también ha traído mucha más competencia.
Competencia brutal, presión por rendimiento y mercado laboral hostil
Feijó destaca que, con tanta gente llegando a la universidad y buscando mejores vacantes, la competición por oportunidades ha aumentado de forma intensa, y esto recae directamente sobre la Generación Z.
Los jóvenes, según ella, necesitan presentar desde temprano un paquete completo de “habilidades socioemocionales” exigidas por los empleadores, al mismo tiempo que demuestran experiencia práctica que, precisamente por ser jóvenes, aún no han podido acumular.
En la práctica, esto crea un círculo vicioso: sin experiencia no pueden entrar de forma efectiva al mercado, y sin ingresar al mercado no pueden adquirir la experiencia que el propio mercado exige.
En el día a día, esta ecuación se traduce en pasantías mal remuneradas, contratos temporales, trabajo informal, largos períodos de búsqueda de empleo y una sensación constante de inadecuación profesional.
La encuesta anual de Deloitte muestra las principales preocupaciones de la Generación Z en Brasil y ayuda a medir la magnitud de esta presión: 34% señalan el costo de vida como el mayor problema, 25% mencionan el desempleo, 24% el cambio climático, 22% la salud mental y 18% la seguridad y criminalidad.
Es decir, los miedos van desde el bolsillo hasta el planeta, pasando por la sensación de amenaza constante a la integridad física y emocional.
Autenticidad, fluidez y consumo en modo defensa
En el plano del comportamiento, la consultora McKinsey destaca que la Generación Z asocia el acto de comprar a la expresión de autenticidad y de valores personales, mucho más que las generaciones anteriores.
No se trata solo de adquirir un producto, sino de señalar quién se es, qué se cree y con qué causas se quiere ser identificado.
Este grupo también valora fuertemente la fluidez, incluso de género y de creencia, desafiando etiquetas rígidas y patrones tradicionales.
Compromisos a largo plazo, como comprar una vivienda o formar una familia, a menudo se posponen, tanto por preferencia como por necesidad económica.
En lugar de construir patrimonio como prioridad absoluta, muchos prefieren acumular experiencias, viajar, explorar diferentes carreras y preservar cierta libertad frente a un escenario incierto.
Como observa el socio de Deloitte, Marcos Olliver, “la Generación Z busca más experiencias, no necesariamente mantener activos y eventualmente patrimonio, a diferencia de una generación de 30, 40 años atrás, que anhelaba una casa propia y un trabajo con estabilidad”.
En un mundo en el que la estabilidad parece cada vez más frágil, invertir en vivencias y flexibilidad parece más racional que atarse a deudas por décadas.
Cuerpo cansado, mente sobrecargada: el estilo de vida que enferma
Los indicadores de salud ayudan a traducir en números el sentimiento de agotamiento. En los últimos 10 años, el consumo de ultraprocesados aumentó un 5,5% entre los brasileños, según la Universidad de São Paulo (USP).
Al mismo tiempo, el 84% de los jóvenes son sedentarios, de acuerdo con el IBGE, y el 66% de los brasileños tienen dificultades para dormir, según una investigación publicada en la revista científica Sleep Epidemiology.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala además que hasta el 21% de los jóvenes de 13 a 29 años se sienten solos con frecuencia. Menos convivencia en espacios reales, rutina de pantalla, alimentación deficiente, sueño afectado y poca actividad física forman un terreno fértil para que la salud mental se deteriora.
Es exactamente en esta combinación que la Generación Z vive su rutina diaria.
La psicóloga y profesora de la USP, Ana Barros, recuerda que “se ha perdido la convivencia en espacios reales y las prácticas colectivas; teníamos vecindarios más activos que ofrecían, de diferentes maneras, una red de apoyo más sólida y con contornos más delimitados”.
Sin esta red, los jóvenes enfrentan frustraciones, miedos y conflictos de manera más aislada, lo que agrava cuadros de ansiedad y depresión.
Redes sociales, adicción a las pantallas y la búsqueda de validación inmediata
Nativa digital por definición, la Generación Z creció siguiendo el ritmo de las redes sociales, de internet móvil y de aplicaciones que prometen interacción constante.
En teoría, nunca ha sido tan fácil hablar con los demás; en la práctica, nunca ha parecido tan difícil crear vínculos profundos y duraderos.
Para Ana Barros, “la tecnología ha cambiado completamente las relaciones sociales, la forma en que experimentamos y construimos nuestra subjetividad y el contacto con el otro”.
Ella explica que hoy la subjetivación ocurre bajo la lógica de la visibilidad y el espejeo inmediatos, en la que todo necesita ser visto, gustado y aprobado rápidamente.
Esto genera una necesidad intensa de validación externa, con presión permanente para corresponder a estándares y expectativas irreales, alimentadas por algoritmos que entregan, todo el tiempo, comparaciones con vidas aparentemente perfectas.
Cuando el joven no alcanza este estándar, surgen sentimientos de angustia, vergüenza e inadecuación, que se suman a las dificultades materiales del día a día.
Depresión en niveles alarmantes entre jóvenes brasileños
Los datos de salud mental muestran que el problema no es solo de percepción: es una crisis real. Cerca del 40% de las mujeres y el 29% de los hombres de la Generación Z en Brasil afirmaron sufrir de depresión en 2024, según la investigación del Día Mundial de la Salud Mental, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Este cuadro es grave incluso cuando se compara con otros grupos de edad. Entre miembros de la Generación X, la proporción es de 32% de mujeres y 25% de hombres, mientras que en la Generación Y los números llegan a 38% y 31%, respectivamente.
Es decir, todas las generaciones presentan índices elevados de sufrimiento emocional, pero la Generación Z concentra los indicadores más dramáticos, justamente en el momento de transición a la vida adulta.
La combinación de futuro incierto, exigencia de alto rendimiento, inestabilidad económica, redes sociales tóxicas y poco apoyo comunitario crea un ambiente en el que el diagnóstico de depresión casi parece la norma, no la excepción.
Cuando la salud mental se convierte en prioridad, no en lujo
En medio de tantos signos de alerta, un movimiento importante emerge: la salud mental dejó de ser un tabú y entró en la lista de prioridades.
El consultor Marcos Olliver ve esto como un punto positivo y diferencial de la Generación Z. Si en el pasado hablar de terapia sonaba como debilidad, hoy se entiende cada vez más como cuidado básico.
Según una investigación de LinkedIn Vida, alrededor del 13% de los brasileños hacen terapia y el 15% toman medicamentos para tratar problemas psiquiátricos, mientras que el 41,6% considera la salud mental una prioridad.
La Generación Z, en particular, tiende a asumir este discurso con más fuerza, nombrando el sufrimiento, buscando ayuda profesional y exigiendo más responsabilidad de las empresas con respecto al tema.
En la práctica, esto repercute directamente en el comportamiento profesional: el 56,2% de los jóvenes anhelan vacantes con posibilidad de trabajo remoto y horarios flexibles, y el 71,6% afirman que dejarían sus cargos si el ambiente fuera tóxico o el trabajo estuviera en desacuerdo con sus valores.
En nombre del bienestar, están menos dispuestos a aceptar jornadas extenuantes, jefaturas abusivas y culturas organizacionales que desrespetan límites.
Priorizar la vida privada, revisar el trabajo y rediseñar sueños
Frente a este escenario, la Generación Z tiende a priorizar la vida privada sobre el trabajo, cuestionando modelos que colocan la carrera como centro absoluto de la existencia.
La búsqueda de equilibrio entre tiempo personal, relaciones afectivas, ocio y salud mental pesa tanto como el salario y el plan de salud al evaluar oportunidades.
Esto no significa falta de ambición, sino cambio en la forma en que se mide el éxito.
En lugar de solo acumular bienes, muchos jóvenes prefieren invertir en aprendizaje continuo, proyectos con propósito, negocios propios y caminos profesionales que permitan cierto control sobre el tiempo y la rutina.
Es una respuesta a las presiones inéditas que enfrentan y también un intento de proteger su propia salud mental.
Barros ve este movimiento como un punto de inflexión relevante: “esto indica que, a pesar de las presiones inéditas que los jóvenes enfrentan, también desarrollan estrategias propias de su época, como el uso de las redes sociales para formar comunidades virtuales y compartir lo que sienten”.
Es decir, las mismas plataformas que enferman también pueden servir como un espacio de apoyo y reinvención de vínculos.
No toda Generación Z es igual: clase, raza y oportunidades
A pesar de la etiqueta aparentemente homogénea, la categoría “Generación Z” no es un consenso científico y conlleva importantes limitaciones.
Al enfatizar diferencias entre grupos de edad, este recorte tiende a ocultar las convergencias y, muchas veces, refleja sobre todo la mirada de una clase media alta, distanciándose de la realidad de la mayoría de los jóvenes.
Feijó recuerda que las personas con diferentes niveles de ingreso y educación tienen comportamientos muy distintos, incluso dentro de la misma generación.
Entre la población negra y parda y de ingresos más bajos, por ejemplo, el sueño de la casa propia sigue siendo mucho más fuerte, porque la conquista de bienes materiales básicos sigue siendo un paso urgente de ascenso social.
Ya entre los más ricos, mayoritariamente blancos o amarillos, hay más espacio para soñar con emprender, invertir y diversificar fuentes de ingresos, en lugar de enfocarse solo en la supervivencia inmediata.
Los sueños cambian, pero los desafíos estructurales (desigualdad, racismo, violencia, inseguridad económica) siguen marcando la trayectoria de toda la Generación Z, aunque de formas diferentes.
¿La Generación Z vive peor que sus padres?
En resumen, la respuesta no es sencilla. La Generación Z vive en un país con más acceso a la educación, menor desempleo y mayor diversidad en las universidades, pero paga el precio de un alto costo de vida, lazos comunitarios debilitados, intensa competencia y un bombardeo constante de estímulos digitales.
Si la sensación es que “gana menos, gasta más y se descontrola”, es porque los datos de salud, trabajo y bienestar confirman que el malestar no es un drama, es un diagnóstico.
La duda que queda es cuánto tiempo la sociedad, las empresas y los gobiernos tardarán en ajustar reglas, políticas públicas y expectativas a una realidad en la que el sufrimiento psíquico se ha convertido en parte central de la experiencia juvenil.
¿Y tú, mirando tu rutina o la de los jóvenes a tu alrededor, crees que la Generación Z está realmente viviendo peor que sus padres o simplemente está reinventando lo que significa tener una buena vida en el Brasil de hoy?

-
Uma pessoa reagiu a isso.