Mientras los municipios compran pasajes de autobús para enviar a personas en situación de calle a otras ciudades, cierran refugios centrales y crean unidades alejadas, promotores y defensores hablan de higienización urbana, violaciones de derechos y empujones institucionalizados entre gestores públicos, con decisiones cuestionadas en el Supremo y familias migrantes dando vueltas en círculos.
En diferentes regiones del país, los municipios han transformado el pasaje de autobús en herramienta de gestión de la pobreza extrema, utilizando boletos para “reencaminar” a personas al supuesto lugar de origen, incluso cuando no se demuestran vínculos familiares, según un reportaje de G1. En pocos meses, solo la suma de Divinópolis y Florianópolis ya supera 1.100 embarques financiados por el poder público, mientras crece la percepción de que el problema solo ha sido desplazado en el mapa.
Al mismo tiempo que los alcaldes graban videos prometiendo “no aceptar” personas en situación de calle en determinados municipios, se cierran refugios centrales, se abren unidades rurales a kilómetros del centro y las acciones de recolección adquieren contornos de operación de seguridad, con participación de guardias armados e internaciones involuntarias bajo la justificación genérica de dependencia química.
Juego de empujones entre municipios y la política de los pasajes de autobús
El uso de pasajes de autobús pagados por el poder público siempre ha existido como un instrumento de emergencia, concebido para reaproximar a familias en situaciones de vulnerabilidad temporal.
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Lo que ha cambiado es la escala y el contexto.
En Divinópolis, en Minas Gerais, los agentes de asistencia social informan que abordan diariamente a personas en situación de calle y, tras una verificación de vínculos, emiten boletos de regreso.
En los últimos seis meses, el propio municipio de Divinópolis registra 564 pasajes financiados para personas en situación de calle, como el caso de Cida, que salió de Nova Serrana, fue atendida en la terminal de autobuses y, el mismo día, recibió un pasaje para Oliveira, a más de 70 kilómetros de distancia, sin saber exactamente dónde se quedaría a su llegada.
La alcaldía afirma que ella no quiso permanecer en la ciudad, pero el episodio expone la fragilidad del modelo.
Para especialistas consultados en el reportaje original, es improbable que un gestor público comprenda en pocas horas las razones que llevaron a alguien a la calle y ya decida la “reconducción” a otro municipio, aún más sin garantizar acogida estructurada en el destino.
La frontera entre la política de asistencia y la política de alejamiento se vuelve tenue cuando el criterio principal es “no permanecer aquí”.
El propio alcalde de Divinópolis denunció que otros municipios estarían “despejando” a personas en situación de calle en su territorio, utilizando vehículos oficiales de salud para dejarlos en la ciudad.
Esto expone un movimiento en el que los municipios se acusan mutuamente de empujar a ciudadanos invisibles por las carreteras, generando un flujo permanente de autobuses llenos de vulnerables, sin solución definitiva en ningún extremo.
Santa Catalina, Balneário Camboriú y el endurecimiento en las calles
En Santa Catalina, la tensión entre la intervención social y la represión ha adquirido rostro y voz en los videos de autoridades locales.
En Balneário Camboriú, la alcaldesa aparece en grabaciones confrontando directamente a personas en situación de calle, dejando claro que el municipio no pretende aceptar que la calle sea un espacio de permanencia, especialmente para aquellos que llegan de otras ciudades.
La justificación oficial es siempre la misma: alcohol, drogas, desorden urbano.
La alcaldía afirma que ofrece tres caminos principales: tratamiento, reinserción social o regreso al municipio de origen.
Cuando identifica que alguien ha sido enviado por otro ente federativo, promete contactar al municipio de envío para “garantizar” que el proceso no se repita.
En la práctica, sin embargo, quienes viven en las aceras reportan remociones, desplazamientos forzados e incluso abandonos en tramos de carretera, como el uruguayo que lleva en su mochila la ropa de camarero que espera volver a usar y describe haber sido sacado de la calle y dejado lejos del centro urbano, sintiéndose tratado como “basura desechable”.
La contradicción se hace aún más evidente al observar otro frente de políticas públicas en el mismo estado.
En Santa Catalina, existe una norma que prohíbe limitar el suministro de agua y comida para animales como perros y gatos, pero no hay protección similar para la distribución de alimentos a personas en situación de calle.
Cuando los decretos municipales intentan restringir la entrega de comidas en áreas centrales, el Ministerio Público reacciona, pidiendo la derogación de las medidas.
Florianópolis, Curitiba y la familia venezolana en medio del conflicto
Florianópolis se ha convertido en otro punto sensible en este tablero entre municipios. Una familia venezolana, compuesta por una mujer, tres niños y dos hombres, fue abordada en las calles de la capital catarinense.
Tras un encaminamiento inicial a espacios de acogida separados por género, la familia recibió pasajes para dejar la ciudad, bajo el argumento de que había sido enviada previamente por la alcaldía de Curitiba.
El alcalde de Florianópolis afirmó haber llamado al alcalde de Curitiba para aclarar el caso, escuchando que había habido un error de la asistencia social de Paraná al enviar a los venezolanos a Santa Catalina.
La capital de Paraná, por su parte, dice no tener registro de atención a la familia tras el supuesto regreso.
El resultado concreto es que la familia migrante se convirtió en objeto de negociación entre municipios, con idas y venidas definidas más por entendimientos administrativos que por la voluntad de los propios involucrados.
La legislación brasileña garantiza la libertad de locomoción en el territorio nacional, y el derecho se extiende a refugiados y migrantes, lo que vuelve aún más delicado cualquier desplazamiento decidido sin la participación efectiva de las personas afectadas.
En el mismo período, el alcalde de Florianópolis divulgó un video en las redes cuestionando por qué los municipios habrían transferido a la capital responsabilidades sobre personas que no construyeron allí su trayectoria de vida, al mismo tiempo que reconoció haber emitido aproximadamente 550 pasajes para personas en situación de calle que recompusieran vínculos familiares o dejaran la ciudad.
Cierre de refugios, unidades rurales y la crítica de la higienización
Otro movimiento que llama la atención es el reposicionamiento de la red de refugios.
En Chapecó, en el Oeste catarinense, la casa de paso central fue cerrada y reemplazada por una unidad de acogida ubicada en la zona rural, a aproximadamente 10 kilómetros del centro, lo que dificulta el acceso para quienes dependen de servicios, oportunidades de trabajo y redes de solidaridad urbanas.
Una visita sorpresa del Ministerio Público identificó falta de profesionales de la asistencia psicosocial y relatos de internos preocupados por el posible uso político-electoral de la unidad, especialmente ante el escenario de fuerte presencia de la Guardia Municipal armada dentro del espacio.
La alcaldía respondió que reforzó el equipo tras la inspección y que el objetivo es ofrecer acogida y tratamiento, no castigo.
Al mismo tiempo, iglesias y organizaciones de la sociedad civil informan que los decretos municipales intentan restringir la entrega de comida en áreas donde se concentra la población en situación de calle, desplazando la solidaridad a lugares más alejados, como pasarelas de samba, lejos de la mirada cotidiana de la ciudad.
Para grupos que trabajan en la primera línea, esto significa alejar el problema del centro visible, sin resolverlo.
Es en este contexto que promotores y defensores públicos han comenzado a utilizar el término “higienización”, describiendo un patrón en el que los municipios reorganizan el espacio urbano alejando a quienes incomodan visualmente, ya sea a través de pasajes, cierre de refugios centrales o desplazamiento compulsorio a unidades remotas, en lugar de atacar las causas estructurales que llevaron a estas personas a la calle.
STF, derechos constitucionales y prácticas en el límite de la legalidad
Desde el punto de vista jurídico, hay un marco claro: en 2023, el Supremo Tribunal Federal prohibió la remoción forzada de personas en situación de calle, la recolección de sus pertenencias y el transporte compulsorio a refugios sin consentimiento.
Esto significa que cualquier política pública debe partir, al menos en teoría, de la adhesión voluntaria de los involucrados.
En la práctica, sin embargo, la distancia entre la letra de la decisión del STF y la cotidianidad de los municipios sigue siendo grande.
Cuando las autoridades locales envían mensajes en video diciendo que alguien “no va a quedarse aquí”, o cuando las personas informan haber sido llevadas de madrugada a lugares lejanos y abandonadas, el límite entre invitación y coerción se vuelve difuso.
El Ministerio Público afirma que, en muchos casos, hay avances reales: programas de calificación, recolocación en el mercado laboral, acogida con acompañamiento técnico y intentos legítimos de reconstrucción de vínculos familiares.
Al mismo tiempo, reconoce que en el afán de mostrar resultados rápidos, algunos municipios adoptan reglas y prácticas que chocan con la Constitución, ya sea restringiendo la circulación o controlando la distribución de comida y la permanencia en áreas públicas.
Mientras Cida, el uruguayo devoto con ropa de camarero en la mochila, la familia venezolana y tantos otros siguen cruzando terminales de autobuses con boletos de ida y vuelta, el país asiste a un juego de empujones que transforma derechos básicos en objeto de disputa entre gestores locales, con impacto directo en la vida de quienes ya han perdido hogar, trabajo y red de apoyo.
Y tú, ante este escenario en el que los municipios intercambian a personas en situación de calle por pasajes de autobús y cierran refugios centrales, ¿consideras que estas medidas son una solución responsable o solo una forma de esconder el problema lejos de los ojos de la ciudad?


Essa não é um primeira família que a prefeitura de Curitiba da passagens, isso é inadmissível