En Ciríaco, ciudad brasileña a 277 km de Porto Alegre, la pequeña central hidroeléctrica de 1944 sostuvo cerca de 200 casas. La inundación de 1968 arrastró la represa y los caños de madera, dejó industrias sin luz y casi vació la ciudad, hasta que los Bonamigo compraron la usina y reconstruyeron la captación.
En el interior de Río Grande del Sur, la ciudad brasileña de Ciríaco vivió un punto de ruptura en 1968, cuando la inundación de 1968 arrancó la represa y los conductos de madera de la estructura e interrumpió la energía eléctrica. El impacto afectó servicios, producción y rutina, y el riesgo de desalojo comenzó a ser tratado como una amenaza real a la supervivencia local.
El cambio ocurrió cuando la familia Bonamigo, recién instalada en el municipio y dueña de una cerrajería, carpintería y fábrica de muebles, decidió comprar la usina y asumir la responsabilidad de reconstruir la captación. Al retomar la generación, la familia Bonamigo contuvo el colapso y devolvió previsibilidad a una ciudad brasileña que dependía de ese sistema.
La energía que tardó en llegar y la usina de 1944 que sostuvo la ciudad brasileña

La historia de Ciríaco se encuadra en un patrón del interior gaúcho: la energía eléctrica comenzó a expandirse en Brasil a finales del siglo XIX, pero tardó décadas en llegar al interior.
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En Río Grande del Sur, muchas ciudades solo comenzaron a tener luz gracias a pequeñas usinas construidas cerca de ríos y cascadas, utilizando la fuerza del agua para mover turbinas y transformar movimiento en energía.
En Ciríaco, a 277 km de Porto Alegre, una pequeña central hidroeléctrica fue descrita como una estructura que movilizó sueños, trabajo y garantizó la supervivencia de toda una ciudad.
En la cima de la cascada, nació en 1944 una usina que cambiaría el destino de mucha gente, y la usina de 1944 se convirtió en un referente para quienes vivieron la etapa en que la ciudad brasileña dependía del propio río para tener luz.
El relato también preserva la dimensión física de la obra: caños enrollados, levantados y posicionados por trabajadores, en un esfuerzo que, para los estándares actuales, parece improbable.
La infraestructura que sustentó la ciudad brasileña comenzó con el esfuerzo humano, la técnica y la insistencia.
Inundación de 1968: el apagón que se convirtió en una amenaza concreta de abandono en Ciríaco

El punto de inflexión llegó con la inundación de 1968. En 1968, después de una gran inundación que arrastró la antigua represa y los caños de madera, los propietarios decidieron cerrar las actividades.
Sin energía eléctrica, industrias, comercios y familias enteras consideraron irse, y el futuro comenzó a ser descrito como incierto.
La memoria local describe, con ejemplos directos, lo que se pierde cuando la luz se apaga: molinos de maíz, trigo y arroz, soldadura eléctrica, heladerías, hospitales y la sensación de que incluso las estructuras colectivas dejarían de “valer” sin funcionamiento básico.
El mensaje era simple: sin energía eléctrica, no había forma de mantener la vida económica de una ciudad brasileña.
Este fragmento es importante porque demuestra cómo la inundación de 1968 no fue solo un evento climático. Se convirtió en un evento económico y social, con riesgo inmediato de éxodo, desvalorización y ruptura de cadenas productivas.
En una ciudad brasileña pequeña, la interrupción prolongada de energía eléctrica altera decisiones familiares y empresariales a corto plazo, sin espacio para “esperar a que mejore”.
La decisión de la familia Bonamigo: comprar la usina y reconstruir la captación
En la época del colapso, la familia Bonamigo acababa de instalarse en el municipio y mantenía una cerrajería, carpintería y fábrica de muebles.
Ante la incertidumbre, la familia Bonamigo tomó el camino opuesto al abandono: decidió comprar la usina y asumir la responsabilidad.
El testimonio indica que la inestabilidad ya venía de antes del desastre, con períodos alternados de luz y sin luz, hasta que la inundación de 1968 derribó lo que quedaba.
El aviso llegó como sentencia, y la duda surgió al instante: ¿irse, con la industria recién comprada y sin energía eléctrica?
Era una elección entre desistir de la ciudad brasileña o rehacer la infraestructura con lo que existía.
El texto también registra la transacción y la magnitud de la apuesta.
El vendedor mencionado es Joaquim Ribeira Neto, y la compra incluyó no solo la usina, sino también tierras, cascada, represa y maquinaria completa.
Se menciona “12 de tierra”, sin detallar la unidad, pero con la idea de un paquete integrado para hacer posible reconstruir la captación y mantener la ciudad funcionando.
De la madera al hierro: lo que cambió en la ingeniería después de la inundación de 1968
Reconstruir la captación significó desmantelar, reformar y rehacer piezas críticas.
Las máquinas fueron llevadas a Estrela, pasaron por reforma, y las piezas pesadas ganaron nueva vida.
Un punto central fue técnico y material: los caños de madera fueron reemplazados por hierro.
El cambio de madera por hierro se convirtió en una línea divisoria entre el colapso y la recuperación en una ciudad brasileña.
La logística aparece con números y ubicación: idas a Porto Alegre, en la Beira Rio, para buscar caños de 300 kg, además de referencias de medidas citadas en el relato.
Aun en lenguaje oral, el conjunto muestra el esfuerzo de transporte y montaje compatible con la obra de infraestructura local, hecha para volver a alimentar Ciríaco sin depender exclusivamente de la red estatal en ese momento.
El circuito hídrico se describe con parámetros que ayudan a entender la ganancia de energía: el agua venía desde arriba y entraba en el tubo con una caída de 37 m, pasando por tramos de caños que sumaban 100 m más 100 m hasta llegar a la represa, donde el cierre del agua permitía el trabajo de la turbina.
Cómo la usina de 1944 generaba energía eléctrica para la ciudad brasileña
En la parte mecánica, la fuerza del agua giraba una turbina de bronce que accionaba un generador de 100 caballos de fuerza.
La energía salía a alta presión y se regulaba automáticamente para abastecer casas, industrias y servicios esenciales, sin necesidad de un operador permanente.
El fragmento eléctrico detalla tensiones y regulaciones: el generador se describe como saliendo en 6000 V, con referencia a 6600 V, y la energía se regulaba a 220.
Transformadores, reguladores y fusibles de protección aparecen como piezas vitales del sistema.
Es un diseño que combina potencia, conversión y seguridad para sostener una ciudad brasileña con demanda variable.
Además, hay un detalle operativo que acerca la ingeniería a la vida cotidiana: cuando la ciudad necesitaba más energía, bastaba cambiar las “marchas” del sistema, como un coche en primera o segunda.
La metáfora muestra cómo Ciríaco dependía de ajustes mecánicos para seguir el consumo.
La protección era parte del funcionamiento.
El relato menciona fusibles asociados a pararrayos y la lógica de que, al “quemar” un elemento, el circuito se apagaba sin derribar todo, evitando daños mayores e intentando preservar la red.
Cerca de 200 casas, medidores propios y el sábado a las 3 de la tarde
La escala del abastecimiento aparece explícitamente: fueron años abasteciendo cerca de 200 casas, todas con medidor propio.
El apagón tenía un ritual fijo: los sábados, a las 3 de la tarde, la energía se interrumpía por solo una hora para mantenimiento y cambio de aceite.
Para una ciudad brasileña pequeña, este dato es más que curiosidad histórica.
Indica disciplina operativa, previsibilidad y la comprensión de que el mantenimiento programado cuesta menos que una falla total.
Después de la inundación de 1968, la lógica de cuidado y rutina ayudó a reducir el riesgo de un nuevo colapso.
1975: llega la energía del estado, pero Ciríaco no desconecta de inmediato
La usina funcionó oficialmente hasta 1975, cuando llegó la energía del estado.
Aun así, en el interior, el sistema siguió abasteciendo casas, aserraderos y carpinterías por otros 20 años.
El relato menciona continuidad en áreas de colonia y menciona cerca de 100 casas “hacia abajo en el interior”, con referencia a San Juan Bautista.
Esta sobrevida indica una transición gradual.
En una ciudad brasileña con dispersión rural, mantener energía eléctrica en aserraderos y carpinterías significaba sustentar cadenas productivas relacionadas con la madera, el procesamiento y talleres, sin depender de una única línea de suministro.
Es también en este período que la usina de 1944 deja de ser “el centro” de la ciudad, pero sigue funcionando como un soporte concreto para el interior.
Del riesgo de abandono al museo: lo que quedó cuando la luz se convirtió en memoria
Hoy, lo que antes generaba luz se ha convertido en museo, y el acervo preserva no solo la usina, sino máquinas y vehículos utilizados por la familia en la cerrajería y carpintería.
Se mencionan camiones usados para transportar troncos y entregar muebles “a toda la región”, con referencias a los años 73 y 77, además de un vehículo de origen alemán descrito como sin radiador y sin agua, funcionando solo con aceite y refrigeración por aire.
La narrativa de preservación insiste en la durabilidad: motor trabado por décadas en el monte, sin romperse, y la idea de que, si se conectara, aún funcionaría.
En la misma línea aparece una cepilladora asociada a la Invicta, con más de 100 años, fabricada cuando casi no había energía eléctrica en muchos lugares, adaptada para su uso con motor a gasolina o diésel.
Es la materialidad de una ciudad brasileña que aprendió a funcionar con solución local y mantenimiento constante.
El museo incluye objetos de la vida cotidiana y también riesgos técnicos antiguos.
Un ejemplo es el calentamiento de agua para el baño, descrito como una olla externa calentada al fuego, donde entra agua fría, se calienta y sale hacia la ducha.
El detalle es el respiro, necesario para evitar el riesgo de explosión cuando el agua hierve.
Incluso la comunicación operativa se ha convertido en una pieza de memoria: un teléfono utilizado para avisar sobre problemas en la turbina y falta de aceite, activando la logística para que, el sábado, el mantenimiento se realizara con los insumos disponibles.
En Ciríaco, la inundación de 1968 expuso la dependencia de una ciudad brasileña en relación a un único activo de infraestructura: la usina de 1944.
El riesgo no fue abstracto.
Se manifestó en el temor de que la industria y el comercio se detuvieran y en la idea de que, sin energía eléctrica, la ciudad brasileña perdería valor y habitantes.
El colapso se contuvo cuando la familia Bonamigo compró la usina, rehizo la captación, reemplazó la madera por hierro, reformó máquinas y garantizó la reanudación.
Con la llegada de la red estatal en 1975, la usina de 1944 perdió su papel central, pero no desapareció: continuó abasteciendo el interior por otros 20 años y, hoy, funciona como museo y archivo físico de una ciudad brasileña que casi se quedó a oscuras. L54-L61
Si estás en la región, la acción más directa es visitar la estructura preservada, registrar testimonios de quienes vivieron la inundación de 1968 y apoyar la preservación del acervo, porque la memoria técnica de una ciudad brasileña suele desaparecer cuando no se documenta.
¿Alguna vez has escuchado a alguien contar cómo fue vivir en Ciríaco durante la inundación de 1968 y la falta de energía eléctrica?


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