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En la Patagonia hay un restaurante escondido en medio de las montañas con un laberinto gigante, un huerto de manzanos y sidra artesanal que se convierte en una experiencia gastronómica única en el paralelo 42.

Escrito por Jefferson Augusto
Publicado el 13/03/2026 a las 15:13
Actualizado el 13/03/2026 a las 21:02
labirinto turístico em pomar de macieiras na Patagônia
Labirinto turístico em meio a pomar de macieiras atrai visitantes para experiência gastronômica na Patagônia. Créditos: Imagem ilustrativa criada por IA – uso editorial.
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En medio de las montañas de la Patagonia, un restaurante nacido de un melar familiar combina gastronomía estacional, laberinto turístico, pastelería artesanal y sidras exclusivas producidas en la propia granja

En el corazón de la Patagonia argentina, un proyecto gastronómico singular ha conquistado a viajeros y amantes de la buena comida. Ubicado en la región de El Hoyo, en Chubut, el restaurante Sidra ofrece una experiencia que va mucho más allá de una comida tradicional. El espacio reúne gastronomía estacional, producción artesanal de sidra, un laberinto turístico, pastelería y un melar de manzanos que dio origen a toda la historia del emprendimiento.

La información fue divulgada por el sitio La Nación, que contó los bastidores de uno de los proyectos gastronómicos más curiosos de la región andina de la Patagonia. Según la reportaje publicado por el medio argentino, el restaurante nació de la trayectoria de una familia que produce sidra desde hace más de 40 años en el paralelo 42, transformando agricultura, turismo y culinaria en un único ecosistema gastronómico.

Aunque hoy el restaurante Sidra sea un destino turístico buscado, su origen remonta a una historia simple y familiar. Mucho antes de existir un restaurante, un menú o un espacio gastronómico estructurado, había solo un melar y una tradición familiar ligada a la producción de sidra artesanal.

La historia familiar que transformó un melar en experiencia gastronómica

El origen del proyecto remonta a 1984, cuando Claudio Levi, cuñado de Lucía Romera, comenzó a producir sidra de manzana de forma tradicional en el valle de la región. En aquel momento, la producción seguía un método simple: fermentación natural utilizando las propias frutas cultivadas en la granja.

Junto con Doris, hermana de Lucía y creadora del famoso laberinto turístico de la propiedad, Claudio plantó los primeros manzanos del melar. En aquel período, Lucía aún era una niña, pero ya participaba del trabajo cotidiano de la granja.

Ella misma recuerda con cariño ese período de la infancia.

Según Lucía, crecer entre manzanos moldeó su relación con el territorio y con la producción agrícola.

“Crecí entre manzanos. Las cosechas marcaban el calendario de la familia. El frío de las primeras horas de la mañana, el aroma de las frutas recién cortadas y los galpones llenos de cajas eran mi escuela”, recuerda.

Con el paso de los años, el melar se convirtió en parte fundamental de la identidad de la familia. Sin embargo, la creación del restaurante no surgió de un plan estratégico tradicional.

En realidad, no hubo un momento específico de fundación o una ceremonia de inauguración formal. El proyecto fue desarrollándose naturalmente, acompañando el crecimiento de la propiedad y de las actividades ligadas a la producción de la sidra.

Lucía nació y creció en El Hoyo, mientras Fran Firpo, que se convertiría en su pareja de vida y de negocios, llegó a la Patagonia aún niño, con apenas dos años de edad.

Curiosamente, el inicio de la relación entre los dos también tiene conexión directa con la bebida que hoy define el restaurante.

“Cuando conocí a Fran, lo primero que hice fue invitarlo a hacer chicha. Y ahora tenemos nuestro restaurante, Sidra”, cuenta ella, aún sorprendida por la forma en que los acontecimientos se conectaron a lo largo del tiempo.

De pastelería artesanal a destino gastronómico en la Patagonia

Créditos: Imagen ilustrativa creada por IA – uso editorial.

Durante 13 años, Lucía y Fran administraron la pastelería ubicada dentro del parque turístico de la propiedad. En ese período, producían tortas y postres utilizando ingredientes del propio melar.

Las recetas llevaban frutas cultivadas en la granja, huevos orgánicos y crema casera, manteniendo la tradición de trabajar con productos naturales y locales.

Mientras tanto, el laberinto del parque se volvía cada vez más popular entre los visitantes de la región. Turistas caminaban por los corredores del laberinto y, inevitablemente, comenzaban a interesarse por la historia de la sidra producida allí.

Muchos visitantes hacían preguntas: querían saber dónde se producía la sidra, cómo eran los manzanos y qué sucedía en el melar ubicado detrás del parque.

Fue precisamente de esa curiosidad de los visitantes que surgió la idea del restaurante.

“Siempre quisimos que la sidra fuera más que un producto. Queríamos que fuera una experiencia completa”, explica Lucía.

Así, el proyecto comenzó a tomar forma de manera casi inevitable. Si la sidra nacía allí, si las manzanas crecían en aquel melar y si el paisaje formaba parte de la identidad de la bebida, entonces la gastronomía también debía contar esa historia.

El resultado fue la creación del restaurante Sidra, inaugurado oficialmente en 2023, en el mismo espacio donde la familia ya cultivaba los manzanos y producía la bebida.

Desde entonces, el proyecto no ha dejado de crecer.

Un restaurante que funciona en armonía con las estaciones de la Patagonia

El funcionamiento del restaurante acompaña directamente el ritmo de la naturaleza. A diferencia de muchos establecimientos urbanos, la rutina del Sidra comienza muy temprano.

Durante el período de cosecha, las mañanas comienzan en la plantación. El equipo verifica el estado de las frutas, mide los niveles de azúcar y planea la cosecha de las manzanas.

Lucía explica que el trabajo en la granja es extremadamente físico y conectado al ambiente.

Según ella, hay algo muy concreto en este proceso: el frío en las manos, el silencio de la granja y el contacto directo con la tierra.

Después del trabajo en el campo, el movimiento se transfiere a la cocina, donde el ritmo cambia completamente. Equipos entran en funcionamiento, platos son probados y las sidras comienzan a ser servidas.

Este modelo hace que el restaurante opere en armonía con el clima y con las estaciones.

Cuando hay helada, el ritmo cambia. Cuando los manzanos florecen, una nueva estación comienza.

En el verano, el restaurante vive su momento más intenso, con gran flujo de turistas, mesas llenas y servicio constante.

Ya en invierno, el ambiente se vuelve más intimista y tranquilo.

Lucía explica que el restaurante no se limita solo a la gastronomía.

“Nos gusta pensar que trabajamos en un ecosistema. Agricultura, melar, productos biológicos y gastronomía forman parte de la misma historia”, afirma.

Menú estacional combina productos locales y sidra artesanal

El menú del restaurante Sidra es intencionadamente corto y cambia de acuerdo con la disponibilidad de los ingredientes.

En vez de seguir tendencias gastronómicas globales, el equipo prefiere cocinar con lo que la tierra ofrece en cada estación.

Durante el verano, por ejemplo, el menú incluye platos más ligeros, como trucha acompañada de verduras orgánicas y hinojo, además de calabacín a la parrilla y otras recetas frescas.

Estos platos están pensados para armonizar con sidras más ligeras y vinos espumantes.

Ya en invierno, el menú gana preparaciones más robustas. Entre ellas están curry de cordero, costillas ahumadas con puré de manzana y platos preparados con hongos locales.

Estas recetas combinan mejor con sidras elaboradas por el método tradicional o con lotes especiales de la bebida.

La cocina del restaurante es liderada por los chefs Noelia Kielbasa y José Maisonnave, que forman parte del proyecto desde el inicio.

A pesar del crecimiento del equipo, la filosofía permanece la misma: productos locales, técnica cuidadosa y consistencia en la producción.

Sidra artesanal sigue siendo el corazón del proyecto

Aunque el restaurante se ha convertido en un destino gastronómico importante en la Patagonia, la sidra sigue siendo el verdadero hilo conductor de toda la experiencia.

La producción de la bebida ocurre en asociación con el enólogo Darío González, pero el trabajo cotidiano permanece en manos de Lucía y Fran.

Según ellos, el objetivo siempre ha sido producir sidras lo más naturales posible.

“Hacemos toda la alquimia de la producción. Intentamos producir sidras orgánicas, sin adición de azúcar”, explica Lucía.

Entre los diferentes métodos utilizados, uno de los más curiosos es el de la sidra de hielo.

En este proceso, las manzanas permanecen en el árbol hasta congelarse naturalmente.

Con las bajas temperaturas, el agua de la fruta se congela, mientras que la fructosa permanece líquida.

El resultado es una sidra naturalmente dulce, pero equilibrada por la acidez natural de la manzana.

A pesar del éxito de la bebida, la producción continuará limitada.

Lucía afirma que la escala del proyecto siempre será pequeña para preservar la calidad.

Actualmente, además del restaurante, la sidra también puede encontrarse en solo dos establecimientos en Buenos Aires: Don Julio y El Preferido de Palermo.

Una experiencia completa que va más allá de la gastronomía

La experiencia en el restaurante Sidra no comienza ni termina en la mesa.

La mayoría de las veces, los visitantes comienzan el paseo explorando el laberinto del parque, luego pasan por la pastelería artesanal, visitan la galería de arte digital y finalmente llegan al restaurante.

Desde lo alto de la propiedad, el espacio ofrece vista panorámica del valle de la Patagonia.

Además, el restaurante trabaja con huertos orgánicos, pesca artesanal y carnes de animales criados a pasto, reforzando la propuesta de gastronomía conectada al territorio.

Lucía cree que toda esta combinación crea algo más profundo que una simple comida.

“Si comes algo delicioso en un lugar bonito, acompañado de sidras especiales, creas una experiencia. Creas un estado de ánimo”, dice.

Recientemente, la familia también inauguró el Estilo Sidra, un espacio gastronómico dedicado a la venta de las botellas producidas en la granja y de otros productos seleccionados.

Sin embargo, a pesar de las novedades, la esencia del proyecto sigue siendo la misma.

En un mundo dominado por estrategias de marketing y branding, Lucía prefiere una explicación mucho más simple.

“Para nosotros, no es un emprendimiento aislado. Es continuidad. Es parte de nuestro entorno y de nuestra pasión”, concluye.

Al final, la imagen que resume toda la historia sigue siendo la misma: una niña regando manzanos en una granja en el paralelo 42 de la Patagonia.

¿Viajarías hasta la Patagonia para vivir una experiencia gastronómica como esta, en un restaurante que nace literalmente dentro de un melar de manzanos?

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Jefferson Augusto

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