Acuíferos milenarios en los Andes están siendo bombeados en el Triángulo del Litio para extraer mineral esencial para las baterías de coches eléctricos, consumiendo agua ancestral en piscinas de evaporación en el desierto.
Debajo del suelo más árido del planeta, a una altitud de 2.300 metros en los Andes, existen acuíferos que llevaron decenas de miles de años para formarse. El agua que ellos guardan se infiltró lentamente por las rocas durante eras, acumulándose en equilibrio frágil con las lagunas y zonas húmedas que sustentan comunidades indígenas desde hace más de 11 mil años. Hoy, ese mismo recurso está siendo bombeado a la superficie a un ritmo industrial para abastecer la revolución de los coches eléctricos. El proceso ocurre en el Triángulo del Litio, región que comprende partes de Chile, Argentina y Bolivia y concentra más del 50% de las reservas conocidas de litio en el mundo. Para extraerlo, las mineras perforan el suelo de los salares — las llanuras de sal que cubren el fondo de los valles andinos — y bombean a la superficie una salmuera rica en litio.
Esta agua es entonces vertida en gigantescas piscinas de evaporación abiertas, donde el sol y el viento del desierto hacen el trabajo de concentrar el mineral durante 12 a 18 meses. Al final, el litio precipita y puede ser recolectado. El agua, prácticamente toda ella, desaparece en la atmósfera de forma irreversible.
Triángulo del Litio: lo que sale del subsuelo nunca vuelve
Solo en el Salar de Atacama, en Chile, el mayor centro de extracción de litio del mundo, se estima que el proceso consume alrededor de 21 millones de litros de agua al día en las piscinas de evaporación. Para producir una sola tonelada de carbonato de litio, se necesitan en promedio 500 mil litros de salmuera. Como casi toda esa agua se evapora, los acuíferos no pueden recuperarse al ritmo en que son vaciados.
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El resultado es visible en los números. El nivel del acuífero en la región ha caído más de 10 metros en los últimos 15 años. El propio Salar de Atacama está hundiéndose entre 1 y 2 centímetros por año, consecuencia directa del vaciamiento de las capas subterráneas.
Las mineras ya han consumido, según investigadores, hasta el 65% de toda el agua disponible en la región — en uno de los lugares más secos de la Tierra, donde la precipitación media anual no llega a 15 milímetros.
Para tener una idea de la escala de esta pérdida, investigadores de la Asociación Interamericana para la Defensa Ambiental calcularon que el agua evaporada por las operaciones de minería equivale al consumo total de Antofagasta — ciudad chilena de 166 mil habitantes — durante dos años completos.
La paradoja de la energía limpia en el Triángulo del Litio
El litio es el corazón de las baterías de iones de litio, la tecnología que alimenta desde smartphones hasta los vehículos eléctricos que prometen reducir las emisiones de carbono del transporte global. En 2024, las baterías ya representaban el 87% de todo el consumo mundial de litio.
Más de 17 millones de coches eléctricos fueron vendidos en el mundo ese año, y las proyecciones de Albemarle, una de las mayores mineras del sector, apuntan a una demanda global de 3,7 millones de toneladas de carbonato de litio equivalente hasta 2030, más del doble del consumo actual.

El Foro Económico Mundial proyecta que la demanda total del mineral puede triplicarse en relación a los niveles de 2022 hasta el final de esta década. Es en este contexto que el Triángulo del Litio se vuelve cada vez más estratégico — y cada vez más presionado.
Bolivia sola alberga 23 millones de toneladas de recursos de litio, según el US Geological Survey, la mayor reserva individual del planeta. Argentina tiene 22 millones de toneladas, y Chile, 11 millones. Juntos, los tres países concentran lo que el mundo entero necesitará para electrificar su flota de vehículos y almacenar energía renovable en las próximas décadas. El problema es que buena parte de ese litio está enterrado en regiones donde el agua subterránea no es solo un recurso industrial — es la condición básica de supervivencia de ecosistemas y comunidades que existen desde hace milenios.
Lagunas que no existen más – la extracción de litio no afecta solo a acuíferos invisibles
En los salares de los Andes, la extracción de litio no afecta solo a acuíferos invisibles. Está secando lagunas que eran visibles a simple vista.
Estos cuerpos de agua, alimentados por el equilibrio entre el agua dulce de las montañas y la salmuera de los valles, sustentan flamencos andinos, vicuñas y una biodiversidad adaptada a las condiciones extremas de altitud y aridez. Cuando las mineras bajan el nivel del acuífero, ese equilibrio se rompe — y las lagunas simplemente desaparecen.
El agua que desaparece llevaba consigo siglos de prácticas agrícolas
Para las comunidades indígenas atacameñas, que habitan la región desde tiempos precolombinos, la pérdida no es solo ecológica. El agua que desaparece llevaba consigo siglos de prácticas agrícolas, rituales y modos de vida que dependen directamente de esos recursos hídricos. Comunidades como la de Toconao, en Chile, documentaron conflictos directos con mineras por la contaminación y el desvío de las pocas fuentes de agua dulce disponibles.
En Argentina, las provincias de Catamarca, Salta y Jujuy concentran decenas de proyectos de minería en etapa avanzada. En muchos de ellos, el acceso a información sobre el impacto hídrico y la participación de las comunidades locales en los procesos de aprobación aún son precarios.
La tecnología que puede cambiar el juego, pero aún no ha llegado
La extracción directa de litio, conocida por la sigla DLE (Extracción Directa de Litio), es una alternativa tecnológica al método tradicional de evaporación. En lugar de bombear la salmuera a piscinas abiertas, el proceso utiliza membranas o resinas químicas para extraer el litio directamente del líquido, devolviendo el agua tratada al acuífero.
El consumo hídrico cae drásticamente y el tiempo de procesamiento, que en el método convencional lleva entre 12 y 18 meses, se reduce a horas o días.

Investigadores y gobiernos ven la DLE como una solución potencial para el dilema hídrico de la minería de litio. En 2024, el gobierno chileno anunció planes para incentivar la adopción de la tecnología en las operaciones licenciadas en el Salar de Atacama. Argentina también avanza en proyectos piloto en diferentes salares.
El problema es que la DLE aún representa solo el 11% de la producción global de litio. Cada salar tiene una composición química diferente, lo que exige que la tecnología sea adaptada caso por caso, un proceso caro y lento. Con la demanda prevista para triplicarse hasta 2030, el tiempo para escalar esta transición es cada vez más corto.
El costo invisible en la batería de cada coche eléctrico
Cuando un consumidor en São Paulo, Berlín o Shanghái compra un vehículo eléctrico, la huella hídrica de la batería que mueve el coche rara vez entra en el cálculo. Pero existe y está embebida en los acuíferos milenarios del desierto de Atacama, en las lagunas que se secaron en el altiplano boliviano, en las quejas de los agricultores argentinos que perdieron acceso a la irrigación.
La transición energética global es necesaria y urgente. Pero los números que vienen del Triángulo del Litio muestran que no es gratuita desde el punto de vista ambiental.
Cambiar petróleo por litio significa intercambiar un tipo de presión sobre el planeta por otro e ignorar este costo sería repetir el mismo error que se cometió con los combustibles fósiles: crecer sin contabilizar lo que se destruye en el proceso.
La cuestión que el sector tendrá que responder en las próximas décadas es si puede escalar la producción del mineral que el mundo necesita sin vaciar, de forma irreversible, los acuíferos de los que dependen comunidades enteras para existir.


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