Sin conseguir formular una reacción única, el Brics entra en nueva crisis política mientras el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel se expande por el Golfo, alcanza a socios del propio bloque, pone a prueba la presidencia de India, expone los límites de la expansión reciente y debilita su imagen de articulación común internacional.
El Brics ha vuelto al centro de una crisis que va más allá del ámbito diplomático y alcanza su propia capacidad de actuar como bloque. La guerra en Irán no solo ha elevado la tensión en Oriente Medio, sino que también ha puesto de manifiesto la dificultad de los diez miembros para mantener una posición común cuando sus intereses estratégicos, económicos y políticos apuntan en direcciones diferentes.
Este impasse ha tomado contornos aún más visibles porque la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán fue seguida por una retaliación iraní que afectó a países del Golfo, incluidos los Emiratos Árabes Unidos, además de otros objetivos en la región. Con esto, el conflicto dejó de ser un tema externo y pasó a afectar directamente a miembros y socios del propio agrupamiento, haciendo mucho más difícil cualquier discurso unificado.
Una guerra regional que se convirtió en prueba de supervivencia política para el bloque
El punto central de la crisis es simple de entender: el Brics reúne países con intereses muy distintos, y la guerra actual hizo que esas diferencias aparecieran de forma casi inmediata. Por un lado, Brasil, Rusia y China condenaron la ofensiva llevada a cabo por Estados Unidos e Israel contra Irán. Por otro, India y Emiratos Árabes Unidos concentraron sus manifestaciones en la crítica a las acciones retaliatorias iraníes, mientras que Sudáfrica adoptó un tono más cauteloso y amplio.
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Esta falta de convergencia ha impedido, hasta aquí, la emisión de una declaración conjunta. Para un bloque que intenta presentarse como voz articulada del Sur Global, el silencio colectivo pesa casi tanto como una división formal.
Cuando los miembros no pueden siquiera alinear el lenguaje sobre una crisis que afecta a países del propio grupo, el discurso de coordinación pierde fuerza y la imagen externa se debilita.
El problema se vuelve mayor porque la guerra actual posee características más sensibles que el episodio anterior. En la crisis de 2025, el bloque logró divulgar una nota conjunta condenando los ataques israelíes y defendiendo el diálogo.
Ahora, el escenario ha cambiado porque la respuesta de Irán alcanzó objetivos en países del Golfo, creando un ambiente en el que algunos integrantes se sienten más amenazados por la reacción iraní que por la ofensiva inicial llevada a cabo por Israel y Estados Unidos.
En la práctica, esto ha desplazado la discusión. La pregunta dejó de ser solo quién inició la escalada y pasó a incluir quién está pagando el precio inmediato de la misma en la región. Cuando aeropuertos civiles, refinerías y estructuras urbanas sufren daños, el margen para una postura diplomática homogénea se reduce aún más.
Lo que cambió entre la reacción de 2025 y el impasse actual
La comparación con el año pasado ayuda a entender por qué el Brics parecía más cohesionado antes y hoy aparece bloqueado. Según el portal del G1, en junio de 2025, durante la guerra de 12 días iniciada por Israel contra Irán, los diez países del grupo lograron divulgar una nota conjunta clasificando los ataques israelíes como violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, además de defender canales de diálogo para desescalar la situación.
En ese momento, había divergencias internas, pero no impidieron la construcción de un mínimo denominador común. El bloque logró hablar en un lenguaje institucional porque los intereses inmediatos de los miembros aún no estaban presionados con la misma intensidad. La crisis actual, sin embargo, se ha vuelto más compleja al involucrar ataques iraníes contra países del Golfo y al ampliar el riesgo sobre rutas, infraestructura y gobiernos cercanos a miembros del propio grupo.
Ese detalle cambia mucho. Cuando Irán afirma que apunta a la presencia de Estados Unidos en esos países, pero los daños registrados también afectan a instalaciones civiles y estructuras no directamente relacionadas con los militares estadounidenses, el conflicto adquiere una dimensión más sensible. Para los gobiernos del Golfo, la lectura deja de ser puramente geopolítica y se convierte también en una cuestión de seguridad doméstica y estabilidad nacional.
Es precisamente allí donde el Brics se bloquea. El bloque expandido fue diseñado para aumentar su peso político y económico, pero las crisis reales exigen cohesión, no solo tamaño. Y la guerra en Irán está demostrando que crecer en número de miembros no significa automáticamente ganar unidad estratégica.
La expansión acelerada aumentó la influencia, pero también amplió las fisuras
La fractura actual no surgió de la nada. También es consecuencia del proceso de expansión vivido por el Brics entre 2023 y 2025, cuando el grupo incorporó nuevos integrantes y comenzó a reunir países con agendas regionales, alianzas y vulnerabilidades muy diferentes. La ganancia de representatividad fue evidente, pero el costo político de esta ampliación comenzó a aparecer con más claridad.
Desde su origen, el Brics ya cargaba diferencias relevantes. Brasil, Rusia, India y China fueron reunidos inicialmente por la percepción de que tenían un peso económico creciente y potencial para influir en el orden global. Con la entrada de Sudáfrica y, después, de nuevos miembros como Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos, Irán e Indonesia, el bloque se volvió más amplio, pero también más heterogéneo. La pluralidad que parecía una fuerza en tiempos de negociación se convirtió en un obstáculo en tiempos de crisis.
El propio temor de pérdida de cohesión ya había sido mencionado internamente. Brasil intentó resistir a la ampliación por miedo a perder protagonismo, y Celso Amorim afirmó que el grupo no podría expandirse indefinidamente sin correr el riesgo de debilitar su unidad. La guerra actual refuerza esta advertencia con un ejemplo concreto y de alto impacto.
El punto más delicado es que algunos de los nuevos miembros cargan rivalidades, alianzas y presiones regionales muy particulares. Cuando un bloque incluye al mismo tiempo a Irán y a países árabes del Golfo expuestos a su poder militar, la probabilidad de choque de intereses deja de ser teórica. Y, en una crisis abierta, esto salta a la primera línea de la escena diplomática.
La India en la presidencia y la negativa a confrontar a Israel y Estados Unidos
La presidencia rotativa del Brics está a cargo de la India, y esto ayuda a explicar parte del estancamiento. Nueva Delhi mantiene relaciones estrechas con Estados Unidos e Israel, lo que reduce el espacio político para liderar una condena directa a la ofensiva contra Irán. Entre los diplomáticos brasileños, las expectativas ya eran bajas respecto a la convocatoria de una reunión para articular una posición común del bloque.
Narendra Modi adoptó una postura que ilustra bien este cálculo. En lugar de condenar enfáticamente el ataque israelí que mató a Ali Khamenei, el primer ministro indio concentró su discurso en las consecuencias de la retaliación iraní sobre Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Kuwait, Catar y Omán. También relató una conversación con Benjamin Netanyahu y abogó por un rápido fin de las hostilidades, sin indicar contacto equivalente con autoridades iraníes.
Esta elección tiene peso político porque India no es solo un miembro más. Como presidente del Brics, el país tenía la oportunidad de intentar organizar una reacción colectiva, pero prefirió una línea que evita confrontar frontalmente a Israel y Estados Unidos. Esto no solo limita el tono del bloque, sino que también señala a los demás miembros que no habrá, al menos por ahora, un impulso decisivo para una posición conjunta más dura.
La oposición india criticó este comportamiento, pero el cálculo externo parece claro. India intenta preservar sus puentes con Washington y Tel Aviv, evitar desgastes innecesarios con socios estratégicos y, al mismo tiempo, no romper completamente con la lógica multilateral del Brics. El resultado es una diplomacia de contención, pero insuficiente para producir unidad.
Brasil, Rusia y China condenan, pero cada uno con su propia lógica
Si India optó por la cautela en relación a Israel y Estados Unidos, Brasil, Rusia y China siguieron por otro camino. Los tres condenaron la ofensiva contra Irán, pero no exactamente por los mismos motivos. En el caso brasileño, la posición se presentó en un lenguaje diplomático tradicional, con una condena explícita a los ataques y defensa de la negociación como único camino viable hacia la paz.
El Itamaraty fue directo al mencionar a Estados Unidos e Israel nominalmente. Después, en una segunda nota, también condenó la retaliación iraní contra países del Golfo y reforzó la defensa de la soberanía de terceros Estados, además de solidarizarse con los países afectados. Esta doble manifestación mostró un intento de preservar la coherencia jurídica: condenar la ofensiva inicial y, a continuación, rechazar la ampliación del conflicto mediante ataques de represalia.
Rusia y China también fueron explícitas contra la acción israelo-americana. Moscú clasificó el ataque como agresión armada no provocada contra un Estado soberano y lo describió como irresponsable y premeditado. Pekín utilizó un lenguaje similar, afirmando que los ataques no fueron autorizados por el Consejo de Seguridad de la ONU y violan el derecho internacional.
Pero hay un detalle importante. Ni Rusia ni China mostraron signos de disposición para ir más allá de la condena verbal. Ambas mantienen intereses propios con Irán, ya sea por la asociación militar en el caso ruso, ya sea por la compra de petróleo en el caso chino, pero el comportamiento indica que ninguna pretende asumir un costo mayor para socorrer a Teherán de forma directa. Esto limita el peso práctico de sus declaraciones y muestra que incluso los países más duros en la retórica calibran sus movimientos con cautela.
Emiratos, Arabia Saudita y el Golfo transforman la crisis en dilema interno
El ataque iraní a países del Golfo ha vuelto la crisis aún más sensible porque ha afectado la immediación de gobiernos que tienen relaciones estrechas con Washington, intereses energéticos centrales y un papel creciente en las dinámicas regionales. Los Emiratos Árabes Unidos, miembro del Brics, sufrieron daños provocados por Irán, mientras que Arabia Saudita, invitada al bloque, reaccionó advirtiendo que se reserva el derecho a responder.
Al mismo tiempo, Abu Dabi afirmó que descarta una acción militar contra Irán y pidió una solución por las Naciones Unidas. Este contraste muestra cómo la región intenta combinar cautela estratégica con defensa de su propia seguridad. Los países del Golfo no quieren convertirse en un campo abierto de una guerra prolongada entre Irán, Israel y Estados Unidos, pero tampoco pueden ignorar ataques en su territorio o en sus estructuras sensibles.
Los expertos evalúan que la estrategia iraní de llevar la guerra a las monarquías del Golfo busca presionar a esos gobiernos para que exijan a Estados Unidos un alto el fuego. La lógica sería simple: aumentar el costo regional de la presencia estadounidense y obligar a los aliados de Washington a actuar políticamente por la contención. Sin embargo, esta táctica profundiza el problema del Brics, porque transforma a países cercanos o integrantes del bloque en víctimas directas de la escalada.
Además de Emiratos y Arabia Saudita, misiles y drones iraníes alcanzaron objetivos en Bahrein, Catar, Omán, Jordania, Siria, Irak y Kuwait. Cuanto más amplia se vuelve el área impactada, más difícil se torna vender la idea de que el conflicto permanece localizado o políticamente administrable. Para el Brics, esto significa lidiar no solo con divergencia de discurso, sino también con percepciones muy diferentes sobre la amenaza inmediata.
Brasil intenta preservar el equilibrio sin romper la claridad diplomática
Entre los miembros originales, Brasil llamó la atención por ser la única democracia que condenó explícitamente la ofensiva de Estados Unidos e Israel mencionando a ambos países. Esta posición mantuvo la tradición diplomática brasileña de defender una solución negociada y respeto al derecho internacional, pero también mostró un esfuerzo por no aceptar pasivamente acciones militares en medio de un proceso de negociación.
Al mismo tiempo, el gobierno brasileño intentó evitar que esta condena fuera leída como un aval irrestricto a Irán. La segunda nota del Itamaraty, al criticar la retaliación iraní contra países del Golfo y áreas civiles, reveló una línea de principio: rechazar la escalada, independientemente de quién la ejecute. Esta postura intenta preservar la credibilidad de Brasil como actor diplomático que condena violaciones sin adherirse a la lógica de los bloques automáticos.
Este movimiento también tiene impacto en el Brics. Brasil ha venido demostrando preocupación por la expansión acelerada del grupo y por la posibilidad de pérdida de cohesión. Ahora, ante el impasse, su posición parece ocupar un espacio intermedio entre la crítica directa a la ofensiva inicial y la negativa a normalizar el avance del conflicto sobre otros Estados de la región.
En la práctica, la diplomacia brasileña intenta sostener dos mensajes al mismo tiempo: el primero es que los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán agravan el escenario; el segundo es que la respuesta iraní contra países del Golfo también amplía el conflicto y viola soberanías. Es un intento de equilibrio difícil, pero coherente con la lógica de desescalada defendida por Brasilia.
Los demás miembros muestran que el grupo ya no opera al mismo ritmo
Indonesia adoptó un lenguaje genérico, lamentando el fracaso de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán y ofreciéndose como mediadora. Etiopía se mantuvo discreta y expresó solidaridad a Kuwait. Egipto, aliado de Estados Unidos, evitó comentar la ofensiva inicial y prefirió pedir contención, además de instar a Irán a interrumpir ataques contra objetivos en el Golfo.
Estas respuestas muestran que el Brics hoy no funciona como un organismo de reflejo diplomático uniforme. Cada capital reacciona según su posición regional, sus alianzas, su exposición al conflicto y sus objetivos estratégicos.
El bloque sigue existiendo como espacio de coordinación, pero la guerra en Irán dejó claro que esa coordinación tiene límites concretos cuando la crisis toca nervios sensibles de seguridad y política exterior.
En otras palabras, la ampliación del Brics produjo un agrupamiento más representativo, pero menos predecible. Esto no significa necesariamente el colapso del bloque, pero indica que consensos rápidos tienden a ser más raros, especialmente en temas que cruzan rivalidades regionales y relaciones asimétricas con grandes potencias.
También por eso el contraste con 2025 pesa tanto. Antes, la divergencia interna podía ser administrada y convertida en una nota conjunta. Ahora, la multiplicación de intereses contradictorios impide este tipo de síntesis. El problema no es solo la ausencia de una declaración; es lo que esa ausencia dice sobre la capacidad real del Brics para actuar como frente político en crisis graves.
Lo que la crisis revela sobre el futuro del Brics expandido
La guerra en Irán ha revelado una verdad incómoda para el Brics: tamaño e influencia no bastan cuando falta cohesión mínima para responder a eventos que ponen a miembros y socios en la línea de fuego. El bloque sigue siendo relevante como espacio de articulación económica y política, pero la crisis actual mostró que su ambición geopolítica choca con contradicciones difíciles de ocultar.
Cuando India evita confrontar a Israel y Estados Unidos, Brasil condena los ataques, Rusia y China critican la ofensiva sin avanzar más allá de las palabras, Emiratos intentan contener los daños y otros integrantes siguen líneas propias, el cuadro es claro. El Brics no desaparece, pero pasa a operar como una coalición cada vez más compleja, en la que convergencia y divergencia coexisten todo el tiempo.
A corto plazo, esto debilita la imagen de unidad del grupo. A mediano plazo, puede obligar a los miembros a discutir hasta dónde llega la expansión posible sin sacrificar la capacidad de reacción común. Y, a largo plazo, la lección puede ser aún más dura: un bloque que reúne potencias, democracias, regímenes autoritarios, rivales regionales y socios con vínculos distintos con Washington tal vez necesite aceptar que no toda crisis producirá una voz única.
La guerra en Irán, por lo tanto, no solo aumentó la inestabilidad en Oriente Medio. También sirvió como un espejo para el Brics. Y lo que apareció en ese reflejo fue un bloque más grande, más ambicioso, más diverso y, al mismo tiempo, mucho más expuesto a sus propias fracturas internas.
En su entendimiento, ¿el Brics aún puede actuar como una fuerza política cohesionada o la reciente expansión ya dejó al grupo demasiado grande para hablar el mismo idioma en crisis de tal magnitud?

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