En carreteras con límite promedio de 70 mph, coches comunes exhiben velocímetros de 140 mph y alcanzan mucho más, mientras que el SSC Tuatara llega a 282,9 mph. Entre tecnología de seguridad y ausencia de un limitador obligatorio, la industria vende potencia, y el tránsito paga el precio en EE. UU., 25 diarios.
Los coches capaces de ir mucho más allá de lo permitido no son un accidente de ingeniería. Son el resultado de decisiones mecánicas, de marketing y de política pública que conviven con números duros: en 2019, en EE. UU., 25 personas murieron por día en accidentes relacionados con la velocidad, mientras que millones de multas siguen siendo emitidas.
El paradoja es que coches y carreteras se han vuelto más seguros con recursos como control electrónico de estabilidad, detección de punto ciego y asistencia al conductor, pero la medida más obvia para contener excesos, los limitadores electrónicos de velocidad, casi nunca se convierte en una obligación generalizada. La pregunta que queda es simple: ¿por qué vender potencia que la ley no permite usar?
Velocímetros de 140 mph en un mundo de 70 mph

El límite promedio citado para autopistas es de 70 mph, pero el tablero de muchos coches muestra velocímetros de 140 mph, y algunos velocímetros indican velocidades que el propio coche no puede alcanzar.
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El nuevo Renault Koleos tiene una pantalla solo para el pasajero que es invisible para el conductor, asientos traseros calefaccionados y 29 sistemas de asistencia, pero sus competidores chinos cuestan R$ 40 mil menos y ofrecen más potencia.
El detalle es más que estético: comunica al conductor una promesa de rendimiento que la ley, en la práctica, no autoriza en la mayoría de las vías.
El ejemplo extremo en el recorte es el SSC Tuatara, descrito como el coche legal para la calle más rápido, con 282,9 mph.
Aún cuando este tipo de números aparece asociado a pista cerrada, funciona como un faro cultural: refuerza la noción de que los coches deben ser rápidos, y que la velocidad máxima es parte de la identidad del producto.
Al mismo tiempo, esta vitrina técnica dialoga con el cotidiano.
La tentación de “solo un poco más” nace precisamente de la convivencia entre un límite legal y un equipamiento que sugiere que el coche tiene margen, como si el margen fuera un derecho, y no una responsabilidad.
Potencia, cambio y la “franja verde” de 1.500 a 2.000 rpm
Existe una razón mecánica para que los coches sean más rápidos de lo que la ley permite, y esta pasa por potencia y transmisión.
El conjunto de marchas convierte la fuerza del motor y permite que el coche circule más rápido con revoluciones menores, ahorrando combustible en condiciones de crucero.
La idea presentada es que, para economía, la velocidad estándar de autopista debería caer en la ‘franja verde’ entre 1.500 y 2.000 rpm.
Esta franja se trata como un punto de eficiencia en que el motor trabaja sin “gritar”, y la transmisión ayuda a mantener el coche fluyendo.
Es aquí donde la potencia gana la justificación funcional: un motor más fuerte ayuda a ingresar a la vía rápida con más facilidad, adelantar camiones y reaccionar en emergencias.
El problema surge cuando este margen se convierte en rutina, y la potencia se comienza a vender como argumento emocional, no como reserva técnica.
El “governor” existe, pero casi nunca es regla
El limitador electrónico de velocidad, también llamado “governor”, aparece como la medida de seguridad más directa y menos discutida.
La lógica es simple: establece un techo electrónico para impedir que los coches alcancen velocidades extremas, independientemente de lo que el velocímetro sugiera.
Para muchos vehículos de consumo en Europa, el recorte indica que aún no es un requisito legal, aunque muchos fabricantes ofrecen el recurso como opción.
Este detalle es central: cuando el limitador se convierte en opcional, deja de ser una barrera pública y pasa a ser una elección individual, sujeta a gusto, precio y estatus.
El caso citado como excepción explícita es Volvo, que limitó oficialmente la velocidad de sus coches a 112 mph, en un intento declarado de salvar vidas.
Sin embargo, 112 mph aún está por encima de límites legales altos.
En EE. UU., el tramo de carretera más rápido citado es una sección de 40 millas en Texas a 85 mph, abriendo un abismo entre la capacidad entregada y la velocidad legal de referencia.
Cuando la ley no regula la velocidad máxima, el mercado decide
El recorte indica que, en EE. UU., el gobierno históricamente duda en interferir en el acceso del público a coches rápidos, a pesar de las campañas contra el exceso de velocidad.
En paralelo, el sistema de sanciones es gigantesco: 41 millones de multas por velocidad se emiten cada año, lo que coloca la fiscalización como respuesta principal, y no la prevención por diseño.
También hay un dato de comportamiento que ayuda a explicar por qué el tema persiste. Una encuesta de 2020 de la AAA Foundation registró que 45% de los conductores informaron manejar 15 mph por encima del límite.
Esto significa que una porción relevante de los conductores asume, por cuenta propia, un patrón de desviación que normaliza la velocidad por encima de la ley.
Este escenario crea un círculo vicioso.
La cultura tolera el exceso, las multas se vuelven rutina, y los coches continúan saliendo con suficiente potencia para transformar un error en tragedia, porque la capacidad está siempre disponible en el pedal.
La seguridad evoluciona, pero el límite máximo permanece como tabu
El material recuerda que el sector no está completamente desregulado.
En EE. UU., la NHTSA y la EPA supervisan el diseño y la seguridad, con requisitos como cinturones, airbags y zonas de deformación, además de estándares de eficiencia de combustible y leyes de emisiones.
El punto sensible es la brecha destacada: la velocidad máxima disponible, que se asocia directamente al riesgo, no recibe el mismo tipo de intervención.
El resultado práctico es una industria capaz de implementar capas de protección pasiva y activa, pero que mantiene intacta la posibilidad de usar potencia en niveles ilegales.
La narrativa también sugiere un desplazamiento de prioridades: clima aparece como un gran tema de política pública, y el argumento de que el sector “está trabajando en lo eléctrico” puede servir de escudo para evitar discusiones sobre limitadores electrónicos.
Así, los coches acumulan asistencias, pero siguen con un techo alto, porque limitar el techo afecta el símbolo del producto.
Autobahn, Texas y el argumento del “quizás algún día”
La pregunta “¿cuándo sucederá esto?” vuelve siempre que el tema es velocidad máxima.
En algunos lugares, hay un escenario real: en Alemania, la Autobahn se describe como una red de miles de millas sin límite de velocidad en ciertos tramos, lo que proporciona una justificación concreta para coches de alto rendimiento.
En casi todo lo demás, esta justificación se convierte en una excepción importada. En EE. UU., incluso la carretera más rápida citada se encuentra a 85 mph.
En otras palabras, el coche sale con potencia, pero la infraestructura legal rara vez ofrece un espacio compatible.
Este contraste da forma a la paradoja: la industria vende “posibilidad”, mientras que la ley vende “restricción”. Y es precisamente en esta fricción donde surgen comportamientos de riesgo, porque la potencia existe, el velocímetro sugiere, y el límite se convierte en un obstáculo a desafiar.
Dopamina, libertad y publicidad desde 1898
Más allá de la mecánica, hay una razón cultural. Desde 1898, anuncios vendieron la idea de abandonar el caballo.
Después, la industria popularizó un ethos de libertad de movimiento como sinónimo de progreso, y la publicidad automotriz comenzó a asociar coches a autonomía y poder.
Este imaginario encuentra un escenario perfecto en ambientes de carrera.
El recorte menciona Talladega Superspeedway como vitrina de cultura automotriz y recuerda que la NASCAR nació de la idea de tomar un coche común y ponerlo a competir.
La lógica se conecta al mercado: fabricantes atienden a un público que valora la libertad por encima de todo y también a aquellos que persiguen un golpe de dopamina.
Cuando el mensaje publicitario dice “tú puedes”, rara vez añade “pero la ley no lo permite”.
Y, en ese intervalo, la potencia se convierte en promesa, la velocidad en estilo, y los limitadores comienzan a ser interpretados como censura, no como protección.
Testosterona, comportamiento y la ciencia usada como espejo
Un estudio de 2009 citado comparó niveles de testosterona entre hombres conduciendo coches deportivos de alta velocidad y hombres conduciendo sedanes comunes.
El resultado reportado fue que los conductores de los deportivos presentaron niveles más altos de testosterona.
Este recorte no resuelve la discusión por sí solo, pero funciona como espejo del imaginario. Si los coches de alta velocidad se perciben como símbolos de poder, es de esperar que provoquen reacciones emocionales y fisiológicas, y que estas reacciones sean parte del paquete de compra.
En este contexto, limitar coches por software no es solo una medida técnica.
Es un choque con una cultura que vende potencia como libertad, y que trata la velocidad como prueba de dominio. La resistencia a los limitadores nace, por tanto, tanto del bolsillo como de la identidad.
Muertes, estadísticas y el costo humano de la velocidad
El dato más directo es el de 2019, en EE. UU.: 25 personas perdieron la vida por día en accidentes relacionados con la velocidad.
El recorte también sitúa los accidentes de tránsito como la 8ª causa de muerte en el mundo y como principal causa de muerte en EE. UU. para personas menores de 54 años.
Estos números cambian la conversación sobre coches. Sacan el debate del gusto personal y lo colocan en el ámbito de la salud pública.
La pregunta deja de ser “¿por qué los coches son rápidos?” y se convierte en “¿por qué los coches siguen permitiendo lo extremo, si lo extremo cuesta vidas?”.
Cuando la respuesta estándar es fiscalización y multas, el sistema trabaja después del riesgo. La discusión sobre limitadores electrónicos cambia la lógica para antes del riesgo, pero se enfrenta a cultura, política y mercado.
Europa intentó con ISA, pero aún permite eludir
En 2019, la Unión Europea decidió que todos los coches vendidos después de mayo de 2022 tendrían limitadores de velocidad en formato de Intelligent Speed Assistance (ISA).
El ISA no aparece como un bloqueo mecánico total: primero avisa cuando el conductor supera el límite y luego desacelera el coche.
Sin embargo, el sistema puede ser sobrepasado al “pisar fuerte” en el acelerador, preservando el control final del conductor.
La lógica cultural presentada es inducir e insistir en el cumplimiento de la ley, y no quitar la autonomía por la fuerza. Es, por tanto, un intento de insertar un límite en los coches sin matar la promesa de potencia.
El punto crítico es que, si se puede eludir, la protección depende de la adhesión.
Y la adhesión, como muestran las encuestas, es precisamente el campo en disputa cuando la velocidad se convierte en identidad.
Lo que opinan los conductores: apoyo, rechazo y fuga al usado
Una encuesta en el Reino Unido citada indica que el apoyo a los limitadores supera la oposición por dos a uno: 49% a favor y 24% en contra.
Este marcador sugiere que hay una base social para medidas del tipo, pero también que existe un bloque resistente lo suficientemente fuerte como para influir en el mercado y la política.
Entre los contrarios, la mitad dice que postergaría la próxima compra para seguir conduciendo sin restricciones, y otro 30% afirma que compraría un coche usado en lugar de uno nuevo.
Entre los favorables, un cuarto dice que estaría más propenso a comprar un coche nuevo, pero otro cuarto buscaría evitar la tecnología.
El mensaje del consumidor, por tanto, es contradictorio. Hay quienes desean límites por seguridad, quienes rechazan por libertad, y quienes buscan rutas de escape en el mercado de usados.
En este escenario, los limitadores dejan de ser solo un item técnico y se convierten en un criterio de compra.
Industria, influencia y por qué el incentivo para cambiar es bajo
El recorte llama la atención sobre el peso económico del sector. El tamaño del mercado automotriz global se menciona como 2,7 billones de dólares en 2021.
En paralelo, en EE. UU., la industria automotriz aparece como uno de los mayores sectores de manufactura, contribuyendo con 3,5% del PIB.
Este tamaño ayuda a explicar por qué los cambios controvertidos tienden a ser lentos. El relato destaca la influencia del sector sobre consumidores y gobiernos y sugiere que, sin una presión clara, el incentivo para cambiar es bajo.
Si la venta de potencia es parte del producto, limitar la potencia parece, para algunos, limitar el propio mercado.
El historial de resistencia a estándares de seguridad también aparece como contexto: la industria ya ha rechazado exigencias como cinturones, airbags y hasta eléctricos cuando consideró innecesarios o caros.
Con limitadores, el argumento se suma al temor de perder ventas para coches usados o competidores.
Si no se puede cortar la potencia, se puede cortar la oportunidad
Mientras el gobierno evita “entrar en los garajes”, defensores de la seguridad se enfocan en diseñar calles para desincentivar el exceso de velocidad.
El recorte dice que correr es más probable en vías más anchas, así que una idea es reducir anchos de carril a 10 pies en ciudades, estrechando el “túnel de visión” e induciendo a la desaceleración.
Otras intervenciones citadas incluyen pasos de peatones de alta visibilidad, árboles en las calles y extensiones de bordillos desplazadas llamadas chicanes.
Son medidas de infraestructura que intentan reducir el impulso de acelerar, incluso cuando el coche tiene potencia de sobra.
La limitación es evidente: el diseño urbano trabaja en el ambiente, mientras que los limitadores actúan en el producto. Y cuando la velocidad es parte de la cultura, la solución tiende a exigir más de un frente.
La paradoja final: coches “éticos” y un sector que aún vende exceso
El recorte reconoce que los coches pueden hacer cosas buenas, pero también cargan externalidades negativas, que empeoran cuando las empresas comunican un producto como capaz de ir 300% por encima del límite más alto de EE. UU., o cuando el vehículo se describe como pesando 9.000 libras.
Al mismo tiempo, el relato sostiene que es posible tener coches éticos, seguros, buenos para el clima y el bolsillo, y aún así rentables.
La discusión no es sobre “acabar con los coches”, sino sobre decidir cuáles límites deben existir cuando el riesgo colectivo es alto.
La comparación con el tabaco surge como una hipótesis de camino político.
En los años 1960, las empresas de tabaco eran grandes anunciantes en la televisión, y dos años después vino la prohibición de transmisión.
La analogía sugiere que la publicidad y la cultura pueden ser reguladas cuando el daño se convierte en consenso, y que la potencia excesiva puede, en el futuro, enfrentar presión similar.
La explicación para coches tan rápidos no está en un único punto.
Nace de la mecánica, pasa por la cultura, y se sustenta en decisiones políticas que regulan airbags y emisiones, pero dejan la velocidad máxima como zona sensible.
En medio de esto, los limitadores electrónicos aparecen como solución obvia y controvertida, porque afectan el riesgo y el símbolo.
Como CTA práctico, la discusión pública tiende a avanzar cuando se convierte en una agenda concreta: limitadores, publicidad y diseño de calles.
En términos de política, el recorte muestra que hay alternativas, pero también resistencia del mercado y del consumidor, y un sistema que aún prefiere reaccionar con fiscalización y multas.
¿Aceptarías limitadores obligatorios en los coches?


Qdo é fixado um limite de velocidade o projeto de uma rodovia,no brasil ,é feito com dados técnicos sobre o raio de curvas, superelevação da pista,etc.A partir desses dados a a rodovia terá segurança com a velocidade fixada em projeto.Muitas pessoas acham que e só mudar a sinalização aumentando a velocidade.
O cara copiou uma matéria gringa e nao mudou nem as unidades de medida pra realidade brasileira. Va so foder
Caraca, nem pra adaptar a matéria para o português…🫣