Comprar un coche en Brasil es un desafío para millones de brasileños, incluso cuando el modelo es simple. Mientras tanto, en los Estados Unidos, los vehículos populares son mucho más accesibles, incluso para quienes ganan poco. La diferencia va mucho más allá del precio en la vitrina: involucra impuestos, modelo económico y hasta cuestiones culturales.
En los Estados Unidos, un trabajador de McDonald’s puede financiar un Corolla con más facilidad que un profesional de clase media en Brasil. Para un trabajador común, tener un coche en Brasil es muy difícil.
Parece exagerado, pero es una realidad basada en la diferencia entre los dos sistemas económicos. La forma en que cada país grava el consumo y distribuye su riqueza ayuda a explicar esta disparidad.
En Brasil, un coche es mucho más que un medio de transporte. Se convierte en un vector de recaudación para el Estado.
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Mientras en EE. UU. el impuesto sobre la renta puede llegar al 40% para los más ricos, en Brasil la carga es más ligera sobre los ingresos y pesada sobre el consumo.
Esta elección hace que los productos básicos, como un coche popular, se mantengan fuera del alcance de buena parte de la población. El resultado es una cadena desigual, donde quienes ganan menos pagan, proporcionalmente, mucho más.
Carga Tributaria Pesada
En Brasil, los coches llevan diversos impuestos desde la línea de montaje hasta el momento de la compra y circulación.
Entre los tributos que gravan los vehículos están el IPI (Impuesto sobre Productos Industrializados), el ICMS (Impuesto sobre Circulación de Mercancías y Servicios), el PIS y la Cofins.
Además de estos, el propietario aún debe pagar el IPVA (Impuesto sobre la Propiedad de Vehículos Automotores) cada año, además de tasas de licencia.
Estos tributos no se aplican de forma simple. Muchos de ellos aparecen en cascada, es decir, se cobran en diferentes etapas del proceso.
Esto significa que el impuesto no aparece solo en la venta final, sino también en partes de la producción y transporte. Así, el valor del coche se incrementa varias veces a lo largo de la cadena hasta llegar al consumidor final.
Sólo para ilustrar, en algunos modelos de coches vendidos en Brasil, los impuestos representan hasta el 30% del valor total del vehículo.
Esto sin contar los costos de transporte, las ganancias del concesionario y el mantenimiento. En países como Estados Unidos, este porcentaje es mucho menor, lo que reduce considerablemente el precio final.
Mercado Más Grande y Más Competitivo
Otro punto que explica la diferencia de precios entre Brasil y EE. UU. es el tamaño de los mercados.
Los Estados Unidos tienen una flota de casi 290 millones de vehículos, mientras que Brasil tiene aproximadamente 58 millones. Esta diferencia muestra cuánto más maduro y competitivo es el mercado estadounidense.
Cuanto mayor es el mercado, mayor es la escala de producción y, en consecuencia, menores son los costos. En EE. UU., el mercado automotriz es aproximadamente siete veces más grande que el brasileño.
Esto permite a los fabricantes vender más coches, reducir los precios unitarios y ofrecer mejores condiciones para el consumidor final.
Además, en Estados Unidos, el hábito de cambiar de coche con frecuencia es común. Esto ayuda a mantener el sector activo y abastecido, moviendo toda la cadena automotriz.
El brasileño, por otro lado, suele tardar años en saldar su vehículo y rara vez cambia de coche con menos de cinco años de uso.
Cambio Frecuente de Coches
La diferencia de precios también influye en el comportamiento del consumidor. Con vehículos más accesibles, los estadounidenses tienden a cambiar de coche con mayor frecuencia.
En algunos casos, saldan el financiamiento en solo un año. En Brasil, no es raro ver a consumidores pagando su vehículo durante cinco o incluso seis años.
Este cambio más rápido hace que el mercado se mueva con más velocidad. La rotación constante contribuye a bajar los precios y mantener los inventarios en movimiento.
Es un ciclo que beneficia tanto al consumidor como a la industria. En Brasil, la baja rotación y el alto costo terminan creando un mercado más lento y concentrado.
Piezas Importadas y Variación del Dólar
Buena parte de las piezas de los coches fabricados en Brasil vienen del exterior. Muchas de ellas, inclusive, son producidas en Estados Unidos.
Como se pagan en dólares, el valor de los componentes varía según la cotización de la moneda americana. En tiempos de dólar alto, el precio de las piezas se dispara.
En septiembre de 2022, por ejemplo, el dólar estaba cotizado por encima de R$ 5,00. Así, una pieza que cuesta US$ 10 salía por R$ 50.
Y como un coche puede tener de 70 mil a 90 mil piezas, el impacto final es enorme. Además, las importaciones de piezas están sujetas a tasas adicionales, lo que encarece aún más el vehículo.
Estos costos, inevitablemente, se trasladan al consumidor brasileño.
Aunque el coche se monte aquí, buena parte de los componentes provienen del exterior y están sujetos a la oscilación del tipo de cambio y a las tasas de importación.
La Cultura del Leasing
En los Estados Unidos, el leasing es una práctica bastante común. Se trata de un tipo de contrato en el que el consumidor alquila el coche por un periodo determinado, pagando una mensualidad.
Al final del contrato, puede devolver el coche, renovar el contrato con otro modelo o incluso comprar el vehículo.
Este modelo facilita el acceso al automóvil y permite una renovación constante de la flota. En Brasil, este tipo de contrato aún se utiliza poco y se concentra en flotas corporativas.
La mayoría de los consumidores brasileños aún optan por la compra directa y a plazos.
Con el leasing, el estadounidense puede mantener un coche nuevo pagando menos al mes. Como los vehículos son más baratos y las condiciones más atractivas, esa práctica se ha popularizado y se ha convertido en parte de la cultura de movilidad en EE. UU.
Costos de Transporte y “Costo Brasil”
El transporte también es un obstáculo en Brasil.
Como el país tiene dimensiones continentales y la mayor parte de las cargas se desplazan por carretera, el costo del transporte encarece aún más los automóviles. Desde los centros de producción hasta los concesionarios, el desplazamiento es largo y caro.
Esto contribuye al llamado “costo Brasil”. Este término se usa para describir una serie de dificultades estructurales, burocráticas y logísticas que hacen que todo sea más caro en el país.
Además del transporte, el costo Brasil incluye ineficiencias en la cadena de suministros, burocracia fiscal, falta de incentivos y baja productividad.
Todo esto afecta directamente el precio final de los coches y de muchos otros productos.
La industria automotriz siente este impacto de forma intensa, ya que depende de una cadena larga y compleja para entregar un producto terminado al consumidor.
La Cuestión Cultural y las Ganancias de los Fabricantes
A pesar de todos estos factores, existe un componente cultural que ayuda a mantener los precios altos en Brasil.
El coche sigue siendo visto como un símbolo de estatus y logro. Esto permite que los fabricantes apliquen precios elevados, sabiendo que el consumidor, aunque insatisfecho, continúa comprando.
Un ejemplo es el Volkswagen Polo. En Brasil, el modelo tiene un precio inicial de R$ 83 mil. En Europa, el mismo coche cuesta alrededor de 16 mil euros (aproximadamente R$ 89 mil en la conversión directa), pero con una versión más completa. Aquí, el mismo nivel de equipamiento supera los R$ 100 mil.
Esta diferencia muestra que, además de los impuestos, hay un margen de ganancia mayor aplicado por los fabricantes en Brasil.
En mercados más maduros y competitivos, como EE. UU. y países europeos, la competencia presiona los precios a la baja. En Brasil, con menos opciones y menos escala, los precios terminan subiendo.
Reforma Tributaria Como Solución
Ante este escenario, la única salida posible parece ser una reforma tributaria.
Lo ideal sería reducir la carga sobre el consumo y aumentar la tributación sobre la renta. Esto traería más justicia fiscal y podría hacer que productos como automóviles fueran más accesibles.
No obstante, aprobar una reforma de este tipo en el Congreso es un desafío enorme. Existen intereses diversos y resistencia de sectores que se benefician del modelo actual. Mientras tanto, el coche sigue siendo un sueño caro para millones de brasileños.
El brasileño sigue pagando caro por algo que, en muchos países, ya es un bien de consumo común. Sea por los impuestos, por la estructura económica o por la cultura de consumo, el coche en Brasil aún está lejos de ser accesible.
El cambio depende de reformas estructurales, pero también de una nueva forma de ver el papel del automóvil en la vida del ciudadano.

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