Al analizar la crisis que involucra a Irán, Estados Unidos, China y Rusia en Flow, Oliver Stuenkel señaló que una eventual escalada militar en el Estrecho de Ormuz podría afectar el precio del petróleo, reposicionar alianzas globales, presionar a Europa y ampliar el espacio estratégico de Pekín en Asia.
La posibilidad de un involucramiento militar más profundo de los Estados Unidos en Irán, con el envío de tropas y el intento de controlar puntos estratégicos como el Estrecho de Ormuz, fue presentada por Oliver Stuenkel en Flow como un movimiento capaz de producir efectos mucho más allá de Oriente Medio, con impactos sobre China, Rusia, Europa y América del Sur.
China observa en silencio y amplía ventaja estratégica
En la evaluación de Stuenkel, China adopta una postura cautelosa ante la escalada que involucra a Irán y Estados Unidos.
El cálculo chino parte de un dato central: una parte relevante del petróleo que atraviesa el Estrecho de Ormuz va hacia Asia, especialmente hacia el mercado chino. Esto significa que cualquier crisis en la región puede presionar los precios y alimentar efectos inflacionarios a corto plazo, incluso dentro de China.
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Aun así, el país asiático aparece menos expuesto que en otros momentos, por haber diversificado su estructura energética, ampliado reservas y reforzado la apuesta en fuentes renovables. El contraste trazado en el debate es directo: mientras China busca reducir su dependencia de combustibles fósiles y reposicionarse como potencia asociada a la transición energética, Estados Unidos estaría avanzando en sentido opuesto, haciendo una apuesta cada vez más fuerte en el petróleo.
Dentro de esta lógica, una eventual operación americana prolongada en Irán no sería necesariamente una mala noticia para Pekín.
La razón es estratégica: con Washington absorbido durante años en un nuevo frente en Oriente Medio, China ganaría más espacio para consolidarse en Asia y ampliar su influencia sin necesidad de entrar en un enfrentamiento directo.
Postura impredecible de Trump aleja a aliados de Estados Unidos
Otro punto destacado en el debate es la percepción creciente de que Donald Trump proyecta la imagen de un socio impredecible. Este rasgo, según el análisis presentado, altera la forma en que aliados y socios tradicionales de Estados Unidos organizan su política exterior.
El problema no estaría solo en adversarios históricos de Washington, sino también en países que mantienen una relación cercana con los estadounidenses y han comenzado a ver un mayor riesgo de decisiones abruptas, ya sea en el área comercial o en el campo político.
La percepción es que nadie sabe con certeza cuál será el próximo movimiento de Trump, si habrá imposición de aranceles, apoyo a opositores internos o interferencia en disputas políticas nacionales.
Esta inestabilidad, según la discusión, ha abierto espacio para una mayor aproximación de diversos países con China.
No por afinidad ideológica o entusiasmo con Pekín, sino por necesidad de protección diplomática ante la incertidumbre generada por Washington. En este escenario, China aparece como un actor que prefiere actuar sin alarde, dejando a Trump ocupar el centro del escenario mientras trabaja para ampliar lazos y reducir el aislamiento internacional.
Influencia china avanza por comercio, tecnología e inversión
La lectura hecha en el programa sostiene que China opera en el tablero geopolítico de forma distinta a la tradición americana. En lugar de priorizar pactos militares, cooperación en seguridad y demostraciones explícitas de fuerza, Pekín expande su presencia a través de comercio, inversión directa y cooperación tecnológica.
En América del Sur, este movimiento se manifiesta en la compra de productos, en la oferta de infraestructura y en el avance sobre áreas estratégicas del ecosistema digital, con presencia en tecnologías como 5G y 6G. La intención señalada es integrar la región al ambiente tecnológico chino de forma gradual y menos visible para la población que la influencia ejercida históricamente por Estados Unidos.
Este método se considera más sutil, pero no menos relevante. Al mismo tiempo que evita la exposición militar abierta, China amplía su presencia económica y crea vínculos duraderos con gobiernos y mercados.
Aun así, la evaluación también reconoce que Pekín mantiene fuerzas armadas cada vez mayores y más capacitadas, dentro de la percepción de que, en algún momento, podría ser necesario estar preparado para un enfrentamiento directo con Estados Unidos.
Rusia se beneficia de la crisis y Venezuela sigue en el centro de la disputa
En el caso ruso, el razonamiento expuesto en Flow apunta a un beneficio inmediato con la guerra: el aumento del precio del petróleo. Como gran exportadora, Rusia se beneficia de un mercado más tensionado y de la posibilidad de que Europa vuelva a depender más de su energía, especialmente si hay una restricción más severa al acceso a gas natural y petróleo del Oriente Medio.
La discusión también pasó por Venezuela, tratada como parte de la disputa estratégica en las Américas. Se destacó que China vendió petróleo venezolano, concedió grandes créditos al país y terminó acumulando pérdidas ante la incapacidad de pago. Rusia, por su parte, también amplió su presencia con el suministro de equipo militar.
La lectura presentada es que hubo un esfuerzo americano por sacar a Venezuela de la órbita estratégica china y rusa, dentro de una visión más amplia de dominio de las Américas. Al mismo tiempo, se señaló que este tipo de política representa un desafío para América del Sur, región que, idealmente, busca mantener relaciones con ambos polos y evitar un alineamiento rígido.
En la hipótesis de una invasión americana en suelo iraní y de un intento de controlar el flujo de petróleo hacia Asia, la evaluación debatida fue que el escenario se volvería explosivo. Aun cuando China y Rusia actúan con prudencia, la simple posibilidad de que Estados Unidos controle una ruta esencial para el abastecimiento asiático sería capaz de redefinir el equilibrio global y profundizar la disputa entre las grandes potencias.

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