Mientras la remera americana, Taryn Smith, de 25 años completa 4.800 kilómetros a remo entre las Canarias y Antigua, la llegada a English Harbor expone el lado físico, emocional y personal de la travesía oceánica más difícil del mundo, mezcla soledad, naturaleza extrema, activismo femenino y un mensaje de empoderamiento para niñas jóvenes
La remera americana Taryn Smith que salió de San Sebastián de La Gomera, en las Islas Canarias, y llegó a English Harbor, en Antigua y Barbuda, no cruzó solo el Atlántico. En 46 días, 3 horas y 37 minutos, ella atravesó también fronteras de resistencia humana, de visibilidad femenina en el deporte y de percepción pública sobre lo que significa estar sola en medio del océano. Sentada en un barco diminuto ante 3.000 millas de mar abierto, sin motor, sin vela y sin barco de apoyo, la atleta transformó una prueba de nicho en un evento seguido por cientos de miles de personas en tiempo real.
Al tocar el muelle histórico de Nelson, ya bajo aplausos, lágrimas y luces rojas, la remera americana se convertía en la primera mujer de los Estados Unidos en completar sola la edición Atlantic 2025 de la prueba conocida como “la travesía a remo más difícil del mundo”. Lo que para el público pareció una llegada festiva fue solo el capítulo final de una rutina que combinó 4.800 kilómetros de remadas, noches mal dormidas, lluvia constante, riesgo real y una disciplina que comenzó mucho antes de la salida oficial.
Quién es la remera americana que salió de Omaha y fue a parar en medio del Atlántico

Taryn Smith nació y creció en Omaha, Nebraska, una ciudad sin litoral y alejada de cualquier imagen tradicional vinculada al mar.
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En vez de formar su identidad deportiva en clubes náuticos, la remera americana vino de un historial en modalidades de resistencia en tierra: carrera de maratón, senderismo, patinaje artístico competitivo y actuación profesional como profesora de movimiento y yoga.
El contacto con el océano surgió de manera improbable, hojeando una revista de moda. Fue en un reportaje en Vogue que vio por primera vez a un equipo cruzando el Pacífico a remo. La imagen no quedó restringida a la curiosidad.
A partir de ahí, la remera americana decidió que ella misma enfrentaría un océano. Esa decisión, tomada mucho antes de cualquier entrenamiento específico, es el punto de partida de una preparación que incluiría meses de práctica en el Reino Unido y adaptación a un barco pensado para ser casa, oficina y refugio en medio del Atlántico.
Cuánto ella remó, cuánto tiempo estuvo en el mar y cuánto eso cuesta al cuerpo

Entre la salida en las Canarias, el 14 de diciembre, y la llegada a Antigua, el 29 de enero de 2026, la remera americana pasó 46 días seguidos viviendo en poco más de algunos metros de fibra. Durante este período, no bajó del barco ni una sola vez.
Las 3.000 millas de la ruta oficial significan, en términos prácticos, algo en la franja de 1,5 millones de remadas, distribuidas en ciclos casi ininterrumpidos de “comer, dormir, remar, repetir”.
El impacto en el cuerpo es acumulativo. Al final de la travesía, la remera americana tuvo que ser pesada en la propia línea de llegada, un protocolo que sirve tanto para registro deportivo como para monitoreo de salud.
La pérdida de peso, la fatiga muscular crónica y el desgaste articular son consecuencias esperadas en una prueba en la que el esfuerzo se prolonga por semanas, con poca variación de movimiento y casi ninguna posibilidad de recuperación completa.
Dónde acontece esta travesía y cómo funciona la carrera Atlántico 2025
La prueba en la que la remera americana se inscribió sigue un formato consolidado en el circuito de remadas oceánicas. La salida ocurre en San Sebastián de La Gomera, en las Islas Canarias, un punto estratégico debido a las corrientes y vientos predominantes que empujan las embarcaciones en dirección al Caribe.
El destino final es English Harbor, en Antigua y Barbuda, puerto histórico y hoy transformado en escenario de llegadas emocionadas bajo lluvia, calma o viento fuerte.
En 2025, las condiciones climáticas retrasaron la salida oficial debido a una tormenta, lo que obligó a equipos y atletas en solitario a prolongar la tensión previa a la prueba por algunos días.
La remera americana, que había proyectado completar la travesía en unos 60 días, cruzó el Atlántico en 46, convirtiéndose en el 33º equipo en llegar y la quinta competidora en solitario de la edición, además de la primera mujer en solitario de Estados Unidos en concluir la ruta ese año.
La competición, sin embargo, difícilmente puede ser reducida a posiciones en el ranking: la propia organización define el desafío como “la aventura definitiva de una vida”.
Cómo un iglú de fibra se convierte en casa, oficina y cápsula de supervivencia
El barco que llevó a la remera americana de un lado a otro del Atlántico es una cápsula de supervivencia diseñada para ser autosuficiente. Sin motor, sin vela y sin apoyo externo, la embarcación es impulsada exclusivamente por los remos y la fuerza de la atleta.
A bordo, todas las funciones vitales dependen de elecciones precisas: almacenamiento de alimentos liofilizados, producción de energía a través de paneles solares, comunicación por sistemas de satélite y chequeos constantes de estructura, timón y equipos de seguridad.
Cada día, además de remar, la remera americana necesitaba inspeccionar tornillos, cuerdas, compartimentos y electrónicos. Cualquier fallo en un timón, en una escotilla o en un panel podría comprometer la navegación, el posicionamiento y la seguridad.
El espacio interno reducido, que por fuera parece un capullo, es al mismo tiempo un cuarto, cocina improvisada, estación de comunicación y refugio contra olas y tormentas.
La organización de la carrera exige protocolos rígidos de seguridad, pero la ejecución depende, al final, de la disciplina y de la lucidez de quien está sola a cientos de kilómetros de cualquier costa.
Por qué la soledad, la lluvia y hasta los arcos iris se convierten en parte de la ecuación mental
Durante las 46 noches en que el barco avanzó en la oscuridad, la remera americana tuvo que aprender a convivir con ciclos de emoción que iban del encantamiento al agotamiento.
En algunos días, la experiencia estaba marcada por cielos completamente estrellados, amaneceres y atardeceres de horizonte abierto y encuentros con aves marinas que pasaban a acompañar el barco durante largos tramos, como el ave apodada por ella como Joe March.
En otros momentos, el paisaje estaba dominado por lluvia incesante, frío y ropa permanentemente empapada.
Aún elementos asociados a la belleza, como arcos iris en medio del Atlántico, se convirtieron en señal de frustración. Para la remera americana, los arcos iris eran el recordatorio visual de que la lluvia continuaba o estaba volviendo, prolongando la sensación de humedad y malestar.
En las últimas semanas, la frecuencia de frentes fríos y aguaceros fue tal que describió la sexta semana como la más dura de toda la travesía.
El equilibrio mental, en este contexto, no depende de romantizar el mar, sino de la capacidad de aceptar que el tiempo cambia, pasa y vuelve a cambiar sin ningún control humano.
Herramientas digitales, diario en video y un público que nunca la dejó sola
Aunque estaba físicamente aislada en medio del Atlántico, la remera americana no estaba completamente sola. Gracias a la conexión por satélite, pudo enviar videos diarios, informar sobre avances, miedos, pequeños incidentes y reflexiones sobre naturaleza, cansancio y motivación.
La madre asumió la gestión de las redes sociales en tierra, filtrando comentarios y devolviendo a su hija, en mensajes, el apoyo de desconocidos y de figuras públicas que empezaron a seguir la travesía.
Para la propia remera americana, registrar en video lo que había sucedido cada día funcionó como un diario estructurado.
Al organizar mentalmente los hechos antes de hablar con la cámara, transformaba episodios de tensión en narrativas comprensibles. En los días más difíciles, los comentarios enviados por la familia y por seguidores servían como disparadores de perseverancia.
La experiencia muestra cómo la tecnología, cuando se utiliza con propósito, amplía la dimensión social de un desafío que, históricamente, estaba marcado por la invisibilidad de lo que sucede entre la salida y la llegada.
Cansancio, paciencia y el aprendizaje de esperar que pasen las tormentas
En la intervención pública que hizo ya en suelo firme, la remera americana admitió que comenzó la prueba con miedo. En las primeras horas, la sensación era de estar arrojada a un escenario comparable a una película de supervivencia, con el Atlántico extendiéndose en todas las direcciones.
Superada esta fase inicial, relató que activó una especie de modo automático y empezó a lidiar con el océano como un escenario a gestionar, no como un enemigo insuperable.
Uno de los principales aprendizajes relatados por ella fue el desarrollo de paciencia ambiental. En vez de reaccionar con desesperación a cada frente frío, la remera americana comenzó a observar tormentas acercándose, alcanzando el barco y yéndose.
La idea de que “el mal tiempo siempre pasa” dejó de ser una frase abstracta y se convirtió en experiencia concreta. Este cambio de perspectiva, según la propia atleta, es algo que ella pretende llevar más allá del deporte, como referencia para otras situaciones de presión e incertidumbre en la vida cotidiana.
Atlántico como escenario de activismo discreto y empoderamiento por el ejemplo
La travesía no fue solo un experimento físico individual. La remera americana remó asociada a una causa específica, destinada a financiar proyectos que utilizan el deporte para fortalecer la autoconfianza de niñas y adolescentes, incentivando liderazgo y toma de riesgos responsables.
A lo largo de las semanas, invitó a los apoyadores a donar para iniciativas enfocadas en ampliar el acceso de niñas al deporte estructurado.
Más que discursos, la propia presencia de una remera americana en solitario en medio del Atlántico ya funciona como un mensaje simbólico fuerte.
En lugar de solo hablar sobre empoderamiento femenino, se puso en la posición de ejemplo concreto de una mujer que asume un riesgo calculado, se prepara técnicamente y concluye una travesía que, históricamente, tuvo una participación mucho mayor de hombres.
El impacto de esto aparece no solo en métricas de audiencia, sino en los relatos de jóvenes que ven, allí, una confirmación de que proyectos considerados “demasiado grandes” pueden ser perseguidos.
Lo que esta travesía dice sobre límites humanos y sobre el futuro de las pruebas oceánicas
Al cruzar el Atlántico en 46 días, la remera americana también contribuye a reposicionar las pruebas de remo oceánico en el imaginario deportivo.
La combinación de transmisión digital, narrativa personal y hito deportivo hace que la travesía sea menos invisible y más tangible para el público en general, sin borrar el riesgo involucrado.
Al mismo tiempo, la propia organización destaca que, a pesar de récords y estadísticas, el objetivo central sigue siendo completar la ruta con seguridad.
A partir de ahora, la discusión se desplaza al post-prueba. La remera americana ya fue cuestionada sobre la posibilidad de participar, en el futuro, de la travesía del Pacífico, una ruta incluso más larga y con características distintas de viento, corriente y aislamiento.
La respuesta inmediata fue de cautela. Antes de considerar un nuevo desafío, quiere recuperar el cuerpo, procesar la experiencia y vivir, por un tiempo, al ritmo de tierra firme. La cuestión central, sin embargo, permanece abierta: cuántos otros atletas, especialmente mujeres, se verán animados a ocupar este espacio después de seguir su viaje.
Cuando una remera solitaria se convierte en espejo colectivo
La imagen de la remera americana pisando en el astillero histórico de Nelson, en Antigua, resume en pocos segundos un recorrido de semanas.
Abrazos con padres y amigos, llanto de alivio, piernas inestables después de 46 días sin tierra, una multitud aplaudiendo a alguien que, hasta hace poco, era anónima fuera de su círculo más cercano.
Entre el primer contacto con un artículo de revista y el certificado oficial de la World’s Toughest Row Atlantic 2025, hay un largo intervalo de entrenamiento, renuncia, planificación y riesgo calculado.
Al afirmar que “si yo puedo remar un océano, tú también puedes”, la remera americana no está simplificando el esfuerzo involucrado, sino invitando a otras personas a revisar sus propios límites percibidos.
En un escenario donde grandes hazañas suelen atribuirse a talentos excepcionales, el hecho de que una joven de Omaha, sin litoral, utilice disciplina y conocimiento para cruzar 4.800 kilómetros de mar abre espacio para una pregunta directa al lector: ante un desafío que parece demasiado grande, ¿estás más cerca de rendirte en la salida o de ajustar el ritmo, aceptar el mal tiempo y seguir remando hasta ver tu propia línea de llegada?


Feito de grande admiração. Confirma a “máxima” de que querer é poder.
Demais!! Sempre quis fazer algo parecido! Além de uma prova de superação é também uma put@ duma aventura!
Parabéns!!
Parabéns pela sua vitória,Taryn, eu acho fascinante, remar, e gostaria de te estado com você nesse feito.Me convida na próxima vez para ir com você.