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Tesoro Escondido En Noruega Puede Cambiar El Juego Global Del Fosfato Y Enfrentar A Gigantes Como China, Marruecos, Rusia Y Hasta Brasil

Publicado el 14/11/2025 a las 22:35
Noruega encontra megadepósito de fosfato que pode salvar a Europa da crise de fertilizantes e ameaçar o domínio de China, Marrocos, Rússia e Brasil.
Noruega encontra megadepósito de fosfato que pode salvar a Europa da crise de fertilizantes e ameaçar o domínio de China, Marrocos, Rússia e Brasil.
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Una mega reserva de fosfato enterrada en las montañas del sur de Noruega puede reorganizar el mapa del poder mineral, reducir la dependencia europea de importaciones y presionar a gigantes consolidados en el mercado mundial.

En medio de una crisis global de fertilizantes, un gigantesco tesoro de fosfato descubierto bajo las montañas de Rogaland, en el suroeste de Noruega, surge como un posible cambio de juego para la agricultura, la industria verde y la geopolítica de las materias primas. Europa, altamente dependiente de las importaciones de este insumo, ve en el nuevo yacimiento la oportunidad de reducir su vulnerabilidad ante proveedores como China, Marruecos y Rusia.

Al mismo tiempo, el tamaño de la reserva y el valor estimado del depósito levantan otra discusión central. Si, por un lado, el fosfato puede garantizar fertilizantes, baterías y energía limpia durante décadas, por otro, los riesgos ambientales, los desafíos tecnológicos y la presión de las comunidades locales indican que transformar este hallazgo en riqueza real será un proceso largo, caro y políticamente complejo.

De experimento con orina al motor de la agricultura moderna

La historia del fosfato comienza mucho antes de la transición energética y de la discusión sobre baterías. En 1669, el alemán Hennig Brand, en busca de la mítica piedra filosofal, calentó orina y acabó encontrando un elemento que brillaba en la oscuridad.

Era el fósforo, el “portador de la luz”, que más tarde sería entendido como pieza clave para la fertilidad del suelo.

En el siglo 19, el químico Justus von Liebig demostró que fósforo, nitrógeno y potasio eran los verdaderos responsables de la productividad de las plantas, derribando la idea de que solo la materia orgánica descompuesta explicaba cosechas abundantes.

Pocas décadas después, residuos ricos en fosfato de la industria del acero y los primeros yacimientos naturales en rocas sedimentarias, las fosforitas, consolidaron el mineral como insumo industrial y agrícola.

Hoy, más de 200 millones de toneladas de fosfato son extraídas al año, y cerca del 90 por ciento de esa producción va directamente a fertilizantes.

Además del campo, el fosfato está presente en productos químicos, piensos, detergentes y, más recientemente, en baterías de fosfato de hierro y litio, utilizadas en paneles solares y coches eléctricos.

En otras palabras, el fosfato conecta el plato de comida, la toma de corriente y el tanque de combustible del futuro en una misma cadena de valor.

Un insumo concentrado en manos de pocos

Esta importancia estratégica explica por qué el fosfato se ha convertido en un activo geopolítico. China lidera con holgura la producción mundial, con algo en torno a 110 millones de toneladas por año y reservas estimadas en miles de millones de toneladas.

Justo detrás aparece Marruecos, con una producción menor, pero con un volumen de reservas considerado el mayor del planeta. Estados Unidos y Rusia completan el grupo de los grandes actores.

Cuando, en 2021, China decidió restringir las exportaciones de fosfato, el impacto fue inmediato. Hubo un aumento expresivo en el precio de los fertilizantes, apretando los costos para los agricultores y provocando una carrera por nuevas fuentes de suministro.

Al mismo tiempo, Rusia y su aliada Bielorrusia, que juntas respondían por una fracción relevante de las exportaciones de fertilizantes, comenzaron a enfrentar sanciones, lo que tensionó aún más la oferta global.

La Unión Europea, que depende casi totalmente de la importación de fosfato, se vio expuesta a un riesgo que no controla.

El resultado fue un choque de realidad. En un mundo que necesita alimentos baratos y energía limpia, pero cuya base mineral está concentrada en pocos países, cualquier ruptura en el flujo de fosfato se transforma en un problema económico, social y político.

Rogaland: el tesoro escondido que puede reequilibrar el mercado

En este contexto, el descubrimiento noruego ganó peso. En las montañas de Rogaland, en el suroeste de Noruega, la empresa Norge Mining identificó, en 2018, un gigantesco yacimiento de roca fosfática.

Se estima que el depósito contiene hasta 70 mil millones de toneladas, además de titanio y vanadio, dos metales estratégicos para la industria de alta tecnología y para la llamada economía verde.

Por los precios actuales, con el fosfato negociado en torno a 345 dólares por tonelada métrica, un depósito de este tamaño podría alcanzar un valor estimado en decenas de trillones de dólares.

Es literalmente transformar piedra en algo cercano al oro, en escala nacional. Si las estimaciones se confirman, Noruega podría pasar de ser un coprotagonista a la cima del mercado global, disputando protagonismo con China, Marruecos, Egipto y Rusia.

El movimiento no se limita al fosfato. El titanio presente en el yacimiento representa un desafío también para Brasil, que hoy es uno de los principales proveedores del mineral y tiene una de las mayores reservas del mundo.

En usos que van desde prótesis médicas hasta aviones y estructuras de alta resistencia, la competencia noruega puede alterar flujos comerciales y exigir un reposicionamiento de los países exportadores.

El precio ambiental y tecnológico del fosfato noruego

Transformar este tesoro en producción no es trivial. Noruega tiene amplia experiencia en exploración marítima y en petróleo de aguas profundas, pero la minería a gran escala de fosfato, titanio y vanadio en montañas y fiordos exige soluciones tecnológicas que todavía se encuentran en desarrollo.

Los fiordos, valles recortados donde el mar avanza hacia el continente, son paisajes emblemáticos y altamente sensibles.

Las autoridades noruegas hablan de minería subterránea, uso intensivo de energía renovable y electrificación total del proceso.

Universidades como la NTNU y la Universidad de Tromsø participan en asociaciones para mapear el subsuelo, probar nuevas técnicas y crear centros de innovación en minería sostenible.

La apuesta es que la misma capacidad de ingeniería que llevó al país a la cima del petróleo pueda aplicarse al fosfato, con menor impacto ambiental.

Aun así, los riesgos son significativos. La minería de fosfato tiene un historial problemático en relación con el manejo de residuos.

El fosfogesso, subproducto del proceso, puede concentrar elementos radiactivos como uranio, torio y radio.

El caso de Piney Point, en Florida, en 2021, en el que millones de galones de agua contaminada fueron vertidos en la Bahía de Tampa, se convirtió en una alerta global sobre el potencial de desastres cuando presas o depósitos no son gestionados con rigor.

Comunidades divididas entre empleos y preservación

Además de las cuestiones técnicas, hay la dimensión social. En aldeas cercanas a las áreas de explotación, como Ulefoss, los residentes conviven con la promesa de una “mina invisible”, subterránea y distante del centro urbano, al mismo tiempo que temen inestabilidad geológica, deformaciones del suelo e impactos en la calidad del agua y del aire.

La memoria de casos como el de Kiruna, en Suecia, donde la actividad minera exigió el desplazamiento de una ciudad entera, alimenta la preocupación.

Algunos habitantes ven en la minería de fosfato una oportunidad de empleo y desarrollo regional. Otros temen la destrucción de paisajes naturales considerados patrimonio, ya sea por la Unesco o por la propia sociedad noruega.

La oposición de ambientalistas, académicos y parte de la clase política crece a medida que los planes avanzan y los detalles del proyecto se vuelven más concretos.

La Unión Europea, que no incluye a Noruega como miembro, pero la tiene como socia en el Espacio Económico Europeo, ya ha expresado preocupación por las mineras que puedan afectar ecosistemas marinos y costeros.

La idea de sistemas cerrados, capaces de evitar que partículas y metales lleguen al mar, aparece como una solución posible, aunque aún mucho más teórica que comprobada a escala real.

Gobernanza, petróleo y las lecciones para los minerales críticos

Noruega ya ha vivido algo similar. A finales de los años 1960, con el descubrimiento del campo de Ekofisk, en el Mar del Norte, el país tuvo que decidir cómo transformar el petróleo en desarrollo a largo plazo.

Optó por crear Statoil, hoy Equinor, como empresa comercial con participación mayoritaria del Estado, pero sujeta a reglas de mercado y a consorcios con empresas privadas. Esto permitió una gobernanza más profesional, menos sujeta a interferencias políticas directas en el día a día de la compañía.

Con los beneficios del petróleo, el país estructuró un fondo soberano que se convirtió en el mayor del mundo, acumulando alrededor de 1,8 billones de dólares.

En la práctica, cada habitante noruego tiene, teóricamente, una parte significativa de este ahorro colectivo, pensado para beneficiar también a las próximas generaciones.

Al mismo tiempo, Noruega ha avanzado en políticas ambientales, se ha convertido en líder en la adopción de vehículos eléctricos, con más del 80 por ciento de las ventas en 2024, y ha inaugurado, en 2025, uno de los primeros proyectos de almacenamiento de CO₂ en gran escala en el subsuelo.

El fosfato ahora entra en este tablero como la nueva frontera. El mineral está en la lista europea de Materias Primas Críticas y ha sido clasificado como insumo de riesgo debido a la alta dependencia externa.

En 2024, la Unión Europea y Noruega firmaron una asociación estratégica para materias primas sostenibles y cadenas de valor de baterías, cubriendo desde la extracción hasta el reciclaje.

La pregunta central es si el país logrará aplicar al fosfato la misma combinación de visión a largo plazo, responsabilidad ambiental y disciplina fiscal que marcó la era del petróleo.

Lo que cambia para Europa y para países productores como Brasil

Si se confirma, la capacidad del yacimiento de Rogaland para abastecer la demanda europea y global de fosfato durante muchas décadas puede reducir de forma importante el poder de negociación de los proveedores actuales.

China, Marruecos y Rusia perderían parte de la capacidad de presionar a los mercados mediante cortes de exportación o reajustes abruptos de precios.

Europa, por su parte, ganaría margen para planificar su transición agrícola y energética con más estabilidad.

Para Brasil, el escenario es ambivalente. Por un lado, una oferta mayor de fosfato y titanio puede presionar precios y alterar rutas de exportación de minerales en los que el país tiene relevancia.

Por otro, la experiencia noruega refuerza la importancia de instituciones sólidas, fondos a largo plazo y estrategias industriales alineadas con la sostenibilidad.

La forma en que Noruega lidie con este nuevo tesoro será observada de cerca por países que también conviven con grandes reservas naturales y desafíos de gobernanza.

Al final, lo que está en juego va más allá de un único mineral. Se trata de saber si el mundo podrá transformar recursos como el fosfato en palancas de desarrollo estable, en lugar de detonantes de crisis, conflictos y degradación ambiental.

Si se descubriera una reserva de fosfato de este tamaño hoy en Brasil, ¿crees que el país podría transformar esta riqueza en desarrollo sostenible o repetiríamos viejos errores?

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Fuente
Maria Heloisa Barbosa Borges

Falo sobre construção, mineração, minas brasileiras, petróleo e grandes projetos ferroviários e de engenharia civil. Diariamente escrevo sobre curiosidades do mercado brasileiro.

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