Coche con motor a chorro bate 1.014 km/h en el desierto en 1970. Blue Flame unió cohete, combustible criogénico y aerodinámica de misil para redefinir la velocidad terrestre.
La historia de la velocidad terrestre no nació en circuitos, no involucró curvas, neumáticos de calle o motores convencionales. Fue sellada en medio de un desierto, con un vehículo tan extremo que parecía más un caza supersónico que había perdido las alas. El escenario fue el Great Salt Lake Desert, en los Estados Unidos, y el año fue 1970. En ese día, un coche experimental alcanzó 1.014,657 km/h y cambió para siempre la escala de lo que era posible sobre ruedas. Su nombre: Blue Flame, el coche-cohete que unió aerodinámica de misil, motor híbrido de cohete líquido y consumo de combustible comparable a aeronaves militares.
Motor a chorro y cohete: cuando un coche se convierte en un misil terrestre
Mientras los coches de carrera tradicionales dependían de pistones y cilindros, el vehículo en cuestión utilizaba una solución que rozaba el campo de la astronáutica.
El motor principal era un híbrido de cohete con chorro, alimentado por un par de sustancias que jamás serían encontradas en un motor automotriz común: GNL (gas natural licuado) y peróxido de hidrógeno de alta concentración.
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Cuando se mezclaban, comprimían y quemaban, esos elementos generaban una liberación de energía colosal e instantánea, produciendo empuje de la misma clase de motores de cohete que impulsaban aeronaves experimentales de la década de 1960.
Y, al igual que un caza, el coche no poseía transmisión, cambio, embrague o diferencial. Solo un cuerpo aerodinámico, un motor capaz de generar más de 22.000 N de empuje y una cabina minúscula donde el piloto literalmente “vestía” el vehículo.
Consumo de aeronave, riesgo extremo y ingeniería de precisión
La brutalidad no estaba solo en la potencia, sino en el consumo energético. Al utilizar combustibles criogénicos y oxidantes líquidos, el coche lideraba un cálculo similar al de jets supersónicos: cada segundo de aceleración exigía litros de combustible evaporándose, siendo presurizados, quemados y exauridos a través de un boquilla con temperatura superior a 1.200 °C.
Para controlar esta explosión continua, se desarrollaron válvulas neumáticas, sistemas redundantes y paneles de control típicos de cohetes.
La presión interna era tal que una falla en el sistema podría resultar en implosión, ruptura del tanque o eyección de piezas metálicas como esquirlas, un riesgo real enfrentado por el equipo.
En palabras de ingenieros de la época, “no se trataba de conducir — era pilotar”.
Aerodinámica de misil: rasgando el desierto con arrastre mínimo
Para cruzar la barrera de los 1.000 km/h en el suelo, no bastaba potencia — era necesario reducir el arrastre al mínimo posible.
El coche fue moldeado como un cohete, con nariz cónica, deriva trasera, tres ruedas cubiertas y área frontal mínima, reduciendo turbulencias.
Un detalle técnico que impresiona a los investigadores hasta hoy es el coeficiente aerodinámico cercano a 0,10, valor que supera incluso a supercoches modernos como Bugatti Chiron o Tesla Roadster, ambos con alrededor de 0,3. Esto significa que, en términos de aerodinámica, el Blue Flame era tres veces más eficiente que hipercarros del siglo XXI.
El día en que el suelo se convirtió en pista y el récord fue roto
El récord absoluto ocurrió el día 23 de octubre de 1970, durante la Bonneville Speed Week, en los Estados Unidos, con el piloto Gary Gabelich, entonces con 30 años. La metodología de la FIA exige dos pasadas en la misma pista — ida y vuelta — para neutralizar el efecto del viento. El resultado oficial fue:
1.014,657 km/h (630,388 mph) media bidireccional
Este valor mantuvo al Blue Flame como campeón absoluto de la velocidad terrestre durante más de una década y media, solo superado cuando vehículos impulsados por turbinas y cohetes más sofisticados surgieron en la década de 1980 y 1990.
Por qué el Blue Flame es considerado un hito tecnológico
El Blue Flame ocupa un espacio especial en la historia por unir elementos que raramente coexisten en el mismo objeto:
Motor de cohete + Combustible criogénico + Control aerodinámico + Registro homologado FIA + Piloto humano
Los cohetes con piloto eran extremadamente arriesgados, y muchos proyectos contemporáneos utilizaban turbinas sin necesidad de combustión criogénica. Pero el Blue Flame insistió en el camino más radical — y funcionó.
Su contribución atraviesa incluso la industria aeroespacial, ya que muchos ingenieros y científicos que trabajaron en el programa migraron años después a proyectos de vehículos hipersónicos y motores aerospike.
El fin de la era y el legado en el siglo XXI
El Blue Flame hoy está preservado en el Auto & Technik Museum Sinsheim, en Alemania, donde los visitantes pueden ver de cerca el cuerpo metálico que un día cruzó el desierto como un misil.
Su legado cobró nuevo impulso con el surgimiento de vehículos como Thrust SSC, Bloodhound LSR y programas militares hipersónicos. La idea de “volar en el suelo” nunca más desapareció, solo ganó nuevos materiales, nuevos combustibles y nuevos límites.
Como les gusta afirmar a los historiadores de la velocidad: “los jets salieron de las alas y fueron a las ruedas”.




Very good read. This country GB has the know how to retain the world land speed record in the Bloodhound program. As always it comes down to a lack of funding. This is a worthwhile project which would encourage our engineers and inspire the younger generation to look at careers within all all aspects of engineering.. It would also showcase the UK, and show the world what we can do. It is time for the government to look at this sort of thing, encourage and fund wholly or in part. Great Britain has the money, but unfortunately it is usually channeled elsewhere, where we the general public often do not see the benefits.