Caza soviético Yak-36M fue estudiado para despegar verticalmente de silos subterráneos tras ataques nucleares, pero el consumo extremo de combustible y la inestabilidad hicieron que el concepto fuera inviable.
En el apogeo de la Guerra Fría, cuando la supervivencia a un primer ataque nuclear comenzó a orientar toda la doctrina militar de las superpotencias, la Unión Soviética empezó a considerar soluciones que bordeaban el límite de lo plausible. Entre ellas estaba un concepto casi surrealista: cazas de combate capaces de permanecer escondidos en silos subterráneos y despegar verticalmente tras una explosión nuclear, sin depender de pistas, bases aéreas o infraestructura expuesta.
Este razonamiento llevó a ingenieros soviéticos a estudiar una adaptación extrema del Yak-36M, aeronave de despegue y aterrizaje vertical que daría origen más tarde al Yak-38 naval. En teoría, el avión podría sobrevivir al colapso de las bases aéreas tradicionales, emerger de pozos subterráneos reforzados y volver a operar incluso en un escenario post-ataque nuclear. En la práctica, el proyecto expuso límites técnicos que la tecnología de la época simplemente no podía superar.
El miedo al “primer golpe” y la búsqueda de aeronaves invisibles
Desde los años 1950, estrategas soviéticos sabían que las pistas de aterrizaje serían objetivos prioritarios en cualquier guerra nuclear. Bastaban algunas ojivas bien posicionadas para inutilizar la aviación enemiga en tierra. Esto llevó a la búsqueda de aeronaves capaces de operar sin pistas convencionales, dispersas y difíciles de localizar.
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La idea de esconder cazas en silos subterráneos, similares a los usados para misiles balísticos, surgió como una extensión lógica de esta paranoia estratégica. Un avión que no necesitara correr en pista podría, en teoría, permanecer invisible hasta el momento del lanzamiento, preservando parte de la fuerza aérea tras un ataque devastador.
Por qué el Yak-36M entró en esta ecuación extrema
El Yak-36M era una evolución del Yak-36 experimental, uno de los primeros esfuerzos soviéticos serios en VTOL (despegue y aterrizaje vertical). Utilizaba un motor principal para propulsión horizontal y motores auxiliares dedicados a la sustentación vertical, una arquitectura compleja, pesada y hambrienta de combustible.
Para los ingenieros, el Yak-36M parecía un candidato natural para el concepto de lanzamiento desde silos, ya que no dependía de pistas largas. En teoría, el avión podría subir verticalmente desde un pozo reforzado, ganar altitud rápidamente y dirigirse a la misión.
El problema es que la teoría ignoraba detalles brutales de la física y la ingeniería.
El concepto de silo-launch y sus desafíos inmediatos
La idea preveía silos suficientemente anchos para acomodar la aeronave, con sistemas de ventilación, protección térmica y mecanismos de apertura capaces de resistir el impacto y la onda de choque nuclear. En papel, todo parecía posible. En la práctica, surgían problemas en cascada.
El despegue vertical exigía potencia máxima durante varios segundos, lo que generaba calor extremo, turbulencias violentas y un consumo absurdo de combustible. En un espacio confinado como un silo, los gases calientes y la presión podrían dañar tanto la aeronave como la propia estructura subterránea.
Además, cualquier falla mínima durante la subida vertical —algo común en VTOLs de la época— resultaría en caída inmediata dentro del pozo, con pérdida total del avión y riesgo de explosión.
Consumo de combustible: el enemigo invisible del proyecto
El mayor golpe contra el concepto vino del alcance ridículamente limitado del Yak-36M en vuelo vertical. Solo el despegue ya consumía una fracción enorme del combustible total disponible. Tras emerger del silo, la aeronave tendría una autonomía extremadamente corta para combate real.
En un escenario post-ataque nuclear, donde el reabastecimiento aéreo sería incierto o imposible, lanzar un caza que apenas podía llegar al objetivo tenía poco sentido estratégico. El avión sobreviviría al primer ataque, pero no tendría aliento para cumplir misiones relevantes.
Inestabilidad y riesgo operacional extremo
Otro problema crítico era la inestabilidad inherente al vuelo vertical. Los sistemas de control de la época eran analógicos, con correcciones lentas y poco margen para el error. Incluso en pruebas convencionales, los VTOLs requerían pilotos altamente entrenados y condiciones casi ideales.
Transportar este riesgo a un lanzamiento vertical dentro de un silo, posiblemente en un ambiente contaminado por polvo, escombros y radiación, hacía que el escenario fuera prácticamente inviable. El concepto requería perfección técnica en un contexto donde todo estaría lejos de lo ideal.
El peso estratégico contra el peso físico
Además del combustible, el propio peso estructural del Yak-36M trabajaba en contra del proyecto. Refuerzos adicionales para soportar operaciones verticales, sistemas redundantes y una protección mínima elevarían aún más la masa de la aeronave, reduciendo rendimiento y carga útil.

Esto creaba un paradoja insoluble: cuanto más se adaptara el avión para sobrevivir al escenario nuclear, menos útil se volvería como caza de combate.
Por qué la Unión Soviética abandonó la idea
Al final, el concepto no pasó de estudios y propuestas internas. Ningún silo operacional fue construido para lanzamiento de cazas, y el Yak-36M siguió otro camino, dando origen al Yak-38 para operaciones embarcadas —ya limitado y criticado por su autonomía corta y rendimiento inferior a cazas convencionales.
La doctrina soviética acabó volviéndose hacia soluciones más realistas: dispersión de aeronaves, pistas alternativas, carreteras adaptadas y enfoque en misiles estratégicos, que cumplían mejor el papel de disuasión nuclear.
Un concepto que revela los límites de la ingeniería de la Guerra Fría
El proyecto del caza lanzado de silos subterráneos no fracasó por falta de ambición, sino por exceso de ella. Expuso el punto en que la tecnología disponible simplemente no seguía la lógica estratégica deseada.
Aun así, el Yak-36M y su concepto de silo-launch permanecen como ejemplos extremos de hasta dónde ingenieros y militares estaban dispuestos a ir para garantizar supervivencia en un mundo al borde de la aniquilación nuclear. Una idea brillante en papel, aterradora en la intención, pero inviable ante la realidad física.


Ora… bastava que o túnel tivesse uns 100 metros e fosse inclinado, como uma rampa a 45 graus. Cabos simples, ajudariam lançar o caça para fora, usando um processo mecânico, como em um elevador, mas com aceleração. O problema é que essa ideia de um caça pós ataque nuclear é ruim por princípio e não pela solução de engenharia.