Megaciudad Forest City, en Malasia, consumió más de US$ 100 mil millones, quedó vacía tras la crisis inmobiliaria y ahora intenta reinventarse como zona financiera especial al lado de Singapur.
En Iskandar Puteri, en el estado de Johor, extremo sur de la Malasia, a pocos kilómetros de la frontera con Singapur, nació uno de los proyectos urbanos más ambiciosos del siglo XXI. La llamada Forest City comenzó a ser construida oficialmente en 2016, ideada por el grupo inmobiliario chino Country Garden, en asociación con la empresa estatal malaya Esplanade Danga 88. El plan preveía la creación de una ciudad entera sobre cuatro islas artificiales, rellenadas en el Estrecho de Johor, con capacidad para recibir hasta 700 mil habitantes, decenas de hoteles, centros financieros, marinas, universidades, hospitales y parques tecnológicos.
La inversión total anunciada a lo largo del proyecto superaba US$ 50 mil millones, pudiendo alcanzar US$ 100 mil millones a lo largo de décadas, según materiales institucionales divulgados en la época del lanzamiento. La Forest City fue presentada como una vitrina del urbanismo del futuro: edificios cubiertos por vegetación, sistemas inteligentes de energía, movilidad eléctrica, calles sin coches convencionales y una integración total entre vivienda, trabajo y ocio. El proyecto ganó apoyo político inicial y fue vendido principalmente a inversores extranjeros, en especial compradores chinos interesados en inmuebles fuera de China continental.
No obstante, menos de diez años después del inicio de las obras, la realidad en el terreno se mostró muy diferente a la maqueta.
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Dónde todo comenzó: islas artificiales en el sur de Malasia
La Forest City fue implantada en una área estratégica del Sudeste Asiático. Johor es el estado malayo más cercano a Singapur, uno de los mayores centros financieros del mundo.
La proximidad geográfica era uno de los principales argumentos del proyecto: vivir en una ciudad futurista, con precios inferiores a los de Singapur, pero con acceso rápido al mercado financiero y a las oportunidades de la ciudad-Estado.
Para ello, fue necesario un trabajo de ingeniería colosal. Millones de metros cúbicos de arena fueron dragados para formar islas artificiales, proceso similar al utilizado en proyectos como Palm Jumeirah, en Dubái. El relleno alteró la línea costera, exigió contenções marítimas extensas y demandó infraestructura portuaria, viaria y eléctrica completamente nueva.
Las islas fueron diseñadas para albergar distritos residenciales verticales, centros comerciales, hoteles de lujo y áreas verdes elevadas. En teoría, la Forest City funcionaría como una ciudad autónoma, conectada al continente por puentes y vías expresas.
El modelo de negocios detrás de la Forest City
El corazón financiero del proyecto estaba en la venta anticipada de apartamentos para inversores extranjeros. La estrategia seguía un patrón ya utilizado por grandes inmobiliarias chinas: levantar capital con ventas “sobre plano” para financiar la expansión continua de las obras.
Gran parte de las unidades fue comercializada para ciudadanos chinos de clase media y alta, atraídos por la promesa de valorización inmobiliaria, seguridad jurídica internacional y acceso indirecto a mercados globales. En algunos momentos, más de 80 % de los compradores eran extranjeros, según datos divulgados por la prensa malaya.
Este modelo, sin embargo, hizo que el proyecto fuera altamente dependiente de factores externos, como políticas de control de capital de China, cambios regulatorios en Malasia y el propio ciclo económico global.
Cambios políticos y el inicio de las dificultades
En 2018, la situación comenzó a cambiar de forma significativa. El nuevo gobierno malayo comenzó a revisar proyectos inmobiliarios de gran escala dirigidos a extranjeros, citando preocupaciones sobre la especulación, la accesibilidad a la vivienda y la soberanía territorial. Restricciones adicionales fueron impuestas a la compra de inmuebles por no residentes, afectando directamente la demanda por la Forest City.
Al mismo tiempo, el mercado inmobiliario chino comenzó a dar señales de agotamiento. Grandes inmobiliarias enfrentaron dificultades financieras, y el flujo de compradores chinos para proyectos en el exterior disminuyó drásticamente.
La pandemia de COVID-19, a partir de 2020, agravó aún más el escenario. Fronteras fueron cerradas, los viajes internacionales prácticamente cesaron y el interés por inmuebles en ciudades aún en construcción se desplomó. Las obras desaceleraron, y muchos edificios ya concluidos permanecieron prácticamente vacíos.
Una ciudad lista, pero sin habitantes
En 2023, estimaciones apuntaban que menos de 10 000 personas vivían efectivamente en la Forest City, número irrisorio ante la capacidad proyectada de 700 000 habitantes.
Torres residenciales completas, con cientos de apartamentos cada una, presentaban tasas de ocupación mínimas. Áreas comerciales funcionaban de forma parcial, y muchos servicios planificados jamás salieron del papel.
Imágenes aéreas de la región comenzaron a circular en medios internacionales, mostrando avenidas amplias, edificios modernos y nueva infraestructura, pero con muy poca actividad humana. El término “ciudad fantasma” pasó a ser frecuentemente asociado al proyecto, aunque las autoridades locales rechazan oficialmente esa clasificación.
Desde el punto de vista económico, el impacto fue profundo. El principal desarrollador, Country Garden, entró en una crisis financiera severa a partir de 2021, reflejando el colapso más amplio del sector inmobiliario chino. El ritmo de inversiones cayó, nuevas fases del proyecto fueron pospuestas y parte de la fuerza laboral fue desmovilizada.
Impactos ambientales y críticas a la ingeniería costera
Además de los problemas financieros y demográficos, la Forest City también enfrentó críticas ambientales. El proceso de relleno y dragado afectó ecosistemas costeros, áreas de pesca artesanal y manglares de la región de Johor. Comunidades locales informaron de una caída en la productividad pesquera y cambios en la dinámica de las corrientes marítimas.
Estos impactos generaron debates sobre el costo ambiental de megaproyectos urbanos construidos sobre el mar, especialmente en regiones ecológicamente sensibles.
El intento de reinvención: zona financiera especial
Frente al escenario de estancamiento, el gobierno malayo anunció, en 2023 y 2024, una nueva estrategia para la Forest City. El proyecto fue oficialmente designado como Zona Financiera Especial, con incentivos fiscales, regímenes regulatorios diferenciados y facilidades para que empresas extranjeras se establezcan en el área.

El objetivo pasó a ser transformar la ciudad en un polo de servicios financieros, tecnología, centros de datos y actividades digitales, aprovechando la infraestructura ya construida y la proximidad con Singapur. Entre los incentivos anunciados están exenciones de impuestos, visas especiales para profesionales extranjeros y estímulos a la instalación de oficinas regionales de multinacionales.
Este cambio marca una inflexión clara en el propósito original del proyecto. La Forest City deja de ser vendida como una ciudad residencial masiva y pasa a ser presentada como una plataforma económica estratégica, orientada más al capital y los servicios que a la vivienda en gran escala.
Lo que la Forest City revela sobre megaproyectos del siglo XXI
El caso de la Forest City se convirtió en un ejemplo emblemático de los riesgos asociados a megaproyectos urbanos concebidos a partir de proyecciones optimistas de crecimiento continuo.
La combinación de ingeniería a gran escala, capital internacional y planificación a largo plazo se mostró extremadamente sensible a cambios políticos, crisis económicas y choques globales inesperados.
Al mismo tiempo, el proyecto expone los límites del urbanismo basado casi exclusivamente en inversión inmobiliaria y especulación de activos. Sin una base económica local sólida y una población residente orgánica, incluso la infraestructura más moderna puede volverse infrautilizada.
Para Malasia, la Forest City representa un desafío estratégico: cómo aprovechar una inversión ya realizada, minimizar pérdidas financieras y transformar un símbolo de exceso en una herramienta de desarrollo económico real. Para el mundo, el proyecto funciona como una alerta sobre los costos ocultos de ciudades planificadas para un futuro que no siempre se concreta.




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