La desalinización se ha convertido en la línea de vida de Arabia Saudita, transformando agua de mar en agua potable y manteniendo vivas ciudades enteras en plena arena, a costa de un consumo de energía gigantesco y de un sistema que no puede fallar.
Arabia Saudita es un lugar donde la naturaleza nunca quiso un río. Antes del petróleo, la vida dependía de pequeños oasis y de acuíferos antiguos que llevaban miles de años para formarse. Hoy, es la desalinización la que sustenta metrópolis como Riad y Jeddah, empujando agua por montañas y mesetas en una escala que parece imposible.
Al mismo tiempo, el país intenta corregir errores del pasado. El uso intensivo de agua subterránea para plantar trigo en medio del desierto vació reservas no renovables y dejó cicatrices profundas en el suelo. Ahora, Arabia Saudita depende de la desalinización y de un sistema de ductos gigantes para seguir creciendo, mientras corre contra el tiempo para hacer ese modelo menos costoso y menos agresivo para el medio ambiente.
Cuando el desierto se convirtió en campo de trigo y el agua desapareció
Antes de que la desalinización dominara la escena, la principal fuente de agua de Arabia Saudita eran los acuíferos fósiles, capas de agua subterránea acumuladas desde el final de la última era glacial. Esta agua era no renovable, un cofre hídrico que llevó decenas de miles de años para llenarse.
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En las décadas de 1970 y 1980, impulsado por el boom del petróleo, el gobierno decidió buscar autosuficiencia alimentaria. En medio del desierto, apostó por algo radical, plantar trigo a gran escala, utilizando miles de bombas de alta capacidad para extraer agua del subsuelo.
La estrategia funcionó en términos productivos. Arabia Saudita llegó a convertirse en el sexto mayor exportador de trigo del mundo, algo impresionante para un país casi sin ríos.
Solo que el precio fue alto. Hidrólogos estiman que cerca de cuatro quintos de las reservas subterráneas preciosas fueron drenadas principalmente para la agricultura, dejando la región más vulnerable.
A medida que los acuíferos se vaciaban, dolinas comenzaron a surgir en el desierto, tragándose tramos de suelo y hasta equipos agrícolas. La tierra se volvía más árida, los pozos se secaban, y el modelo mostraba su límite.
Hasta 2016, la situación era tan crítica que el gobierno tuvo que suspender el cultivo de trigo. Pero la demanda de agua no dejó de crecer. La población aumentaba, ciudades como Riad y Jeddah se expandían, y el agua subterránea ya no era suficiente para sustentar ese avance. La única salida era mirar hacia el océano y apostar de una vez por la desalinización.
Desalinización en escala industrial: plantas que funcionan como bases militares
Si destilar agua parece simple en teoría, la realidad de los complejos sauditas muestra otra historia. En lugares como Ras Al Khair y Jubail, enormes parques industriales están dedicados a una única misión, transformar agua de mar en agua potable que pueda ser enviada a cientos de kilómetros de distancia.
Hoy, Arabia Saudita es líder global en desalinización, respondiendo por una parte significativa del agua desalada en el mundo. Plantas como Ras Al Khair son verdaderos monstruos tecnológicos, combinando sistemas térmicos y membranas filtrantes en escala colosal.
Solo esta planta consume suficiente acero para erigir decenas de rascacielos y está protegida con rigor casi militar, ya que cualquier interrupción amenaza directamente el abastecimiento de millones de personas en Riad.
Durante décadas, el método dominante fue la destilación en múltiples etapas. El agua de mar se calienta en calderas presurizadas, se evapora, deja atrás la sal y luego se condensa como agua dulce. Es eficiente en términos de calidad, pero consume cantidades inmensas de energía.
Por eso, en los últimos años, el país ha acelerado la adopción de la desalinización por ósmosis inversa, más eficiente en consumo eléctrico. En este proceso, el agua de mar es forzada a atravesar una membrana con poros tan pequeños que solo las moléculas de agua pasan, mientras que la sal y las impurezas quedan retenidas.
Para que esto funcione, se necesitan bombas que generan presiones que pueden llegar a decenas de bares, similares a las de grandes profundidades oceánicas. Las membranas deben resistir la corrosión del agua salada y el esfuerzo mecánico continuo. Si la presión cae, la desalinización pierde eficiencia, si sube demasiado, la membrana puede romperse. Es un equilibrio delicado que exige control constante.
Aún con tanta tecnología, los puntos débiles son curiosos. En ciertas épocas del año, enjambres de medusas pueden ser succionados por la entrada de agua de mar, bloqueando filtros y obligando a algunas plantas a detenerse de emergencia. En esos momentos, una especie marina gelatinosa se convierte en una amenaza directa para el abastecimiento de una ciudad entera.
Cómo el agua desalada vence 14.000 km de ductos y 3.000 m de altitud
Producir agua por desalinización es solo la mitad de la batalla. La otra mitad es llevar esta agua de las plantas costeras hasta ciudades que están cientos de kilómetros en el interior, muchas veces a grandes altitudes.
Riad es el mejor ejemplo. La capital saudita se encuentra a unos 400 km del mar, sobre una meseta rocosa. Para que el agua de desalinización llegue allí, el país construyó un sistema de ductos gigantes. Hoy, la longitud total de las tuberías ya supera los 14.000 km, más que el diámetro de la Tierra, conectando litoral, mesetas y grandes centros urbanos.
El mayor desafío, sin embargo, no es solo la distancia, es la altitud. En la ruta que lleva agua desde el Mar Rojo hasta ciudades como Taif y Meca, los ductos deben superar pendientes de 2.000 a 3.000 metros al cruzar la cordillera de Sarawat. En lugar de que el agua baje naturalmente, debe subir por pendientes empinadas, impulsada por estaciones de bombeo de altísima potencia.
Estas estaciones están distribuidas a lo largo de las pendientes y deben operar en sincronía perfecta. Si una de ellas se detiene repentinamente, el fenómeno conocido como golpe de ariete, una ola de choque de presión, puede regresar por la tubería y romper tramos enteros de ducto.
La física es simple e implacable. Un metro cúbico de agua pesa una tonelada. Empujar millones de toneladas hacia arriba, todos los días, exige energía, control y equipos robustos. Cualquier ruptura significa, además de pérdida de agua, enormes daños a la infraestructura circundante.
Para reducir riesgos, todo el sistema está cerrado. Canales abiertos serían inviables en el desierto saudita. Bajo temperaturas que alcanzan alrededor de 50 °C, el agua expuesta se evaporaría rápidamente antes de llegar al destino. Además, estaría sujeta a contaminación, arena y pérdidas constantes.
Por eso, los ductos están hechos de acero recubierto con cemento, reciben capas de epoxi para reducir la corrosión y están protegidos con tecnología de protección catódica. Robots internos, conocidos como Smart Pigs, recorren el interior de estas tuberías usando ultrasonido para localizar fisuras antes de que se transformen en fugas, asegurando que prácticamente nada se pierda en el camino.
Riad, reservas estratégicas y el miedo a un apagón hídrico
Riad, con alrededor de 7 millones de habitantes, depende casi totalmente de este sistema de desalinización y bombeo. Si el flujo se detiene, la reserva en los tanques de agua dura poco. Estimaciones indican que una interrupción de tres días ya sería suficiente para encender la alerta máxima de crisis hídrica.
Por eso, la seguridad hídrica se trata como una cuestión estratégica. En Jeddah, se ha construido un sistema de reservas subterráneas gigantes, considerado uno de los más grandes del mundo. Son reservorios capaces de almacenar millones de metros cúbicos de agua potable, lo suficiente para mantener a la ciudad durante unos siete días en caso de emergencia.
Estos almacenes funcionan como un “colchón de seguridad” contra fallas técnicas, eventos climáticos extremos, ataques cibernéticos o problemas energéticos. En el contexto saudita, la desalinización no es solo tecnología, es infraestructura crítica, cuidada con el mismo esmero que instalaciones de energía o petróleo.
Energía cara, agua cara: el paradoja de la desalinización
Detrás de toda la desalinización existe una pregunta inevitable: ¿quién paga la cuenta de energía para mover este sistema gigantesco?
En la práctica, la mayor parte de esta energía aún proviene de combustibles fósiles. Arabia Saudita vive un ciclo cerrado, en el cual:
exporta petróleo para fortalecer la economía, utiliza parte de ese dinero para construir plantas de agua, y luego quema el propio petróleo para generar la electricidad que sostiene la desalinización y el bombeo.
Informes muestran que una parte enorme del consumo de energía interno del país está ligado al sector del agua. Estimaciones indican que la industria de desalinización puede consumir entre el 15% y el 20% de toda la producción eléctrica nacional, un valor altísimo para un solo sector.
Esto crea un paradoja económica y estratégica. El país quema su principal producto de exportación para producir un bien básico. Si el precio de la energía sube, el costo del agua se dispara. Si la oferta de combustible disminuye, todo el sistema hídrico queda vulnerable.
Al final, cada metro cúbico de agua potable consumido en Riad lleva, invisiblemente, una “huella” de petróleo y gas. Si este costo se trasladara íntegramente al consumidor, el agua podría llegar a ser más cara que la gasolina.
Salmoura, corales muertos y el impacto silencioso en el mar
Además de la energía, la desalinización genera otro problema difícil de ignorar, el residuo salino. Para cada litro de agua dulce producido, las plantas devuelven al mar cerca de 1,5 litros de salmuera, un agua:
más salina que lo normal, más caliente, con residuos de productos químicos usados en el tratamiento.
Por ser más densa, esta salmuera tiende a hundirse y formar capas en el fondo del mar, creando zonas pobres en oxígeno. En esas áreas, los corales y pequeños organismos marinos tienen dificultades para sobrevivir. En algunos puntos cercanos a las salidas de efluentes, buzos reportan verdaderos desiertos submarinos, sin vida visible.
En el Golfo Pérsico, que ya es naturalmente poco profundo y caliente, esta acumulación preocupa a los científicos. A medida que la salinidad aumenta, el propio proceso de desalinización se vuelve más difícil. El agua más salada exige presiones más altas en las membranas de ósmosis inversa, aumenta el desgaste de los equipos y eleva los costos. Es un ciclo vicioso donde más desalinización empeora las condiciones para la desalinización futura.
Para enfrentar esto, investigadores estudian formas de aprovechar la salmuera en lugar de simplemente devolverla al mar. Una de las frentes es la extracción de minerales valiosos, como litio y magnesio. Si esta tecnología se vuelve viable a gran escala, Arabia Saudita podrá transformar parte del problema en fuente de ingresos. Pero, por ahora, la minería de la salmuera sigue siendo una promesa, no una solución consolidada.
Visión 2030, energía solar e ideas audaces para el futuro del agua
Arabia Saudita sabe que no puede depender para siempre de la combinación de petróleo y desalinización intensiva. Por eso, dentro del plan Visión 2030, el país ha estado anunciando un giro hacia energías renovables y tecnologías más sostenibles.
Uno de los caminos es la desalinización movida por energía solar, con proyectos a gran escala vinculados a iniciativas como Neom. La idea es utilizar la abundancia de sol del desierto para reducir el peso de los combustibles fósiles en la producción de agua.
La ciudad lineal The Line, por ejemplo, se presenta como un laboratorio urbano que pretende funcionar con agua reciclada, desalinización más eficiente y energía 100% renovable. Si estas promesas se confirmarán en la práctica aún es una incógnita, pero muestran la dirección que el país dice querer seguir.
Entre las ideas más audaces está la llamada cúpula solar. En este concepto, cientos de espejos concentrarían la luz del sol en una enorme cúpula de vidrio, calentando el agua de mar a temperaturas elevadísimas para generar vapor sin quemar combustible. El vapor, entonces, sería condensado en agua dulce. Si se vuelve viable a gran escala, puede ser un verdadero cambio de paradigma, con una desalinización mucho menos dependiente del petróleo.
Además de la energía, el país habla de plantar miles de millones de árboles en la iniciativa verde saudita, usando agua de aguas residuales tratadas e incluso técnicas de inducción de lluvia artificial. Aviones y generadores terrestres liberan partículas en las nubes para intentar aumentar la precipitación. Aunque hay controversias sobre la eficacia y los impactos regionales, Arabia Saudita sigue invirtiendo fuertemente en esta tecnología.
Y, a lo largo de la historia reciente, hasta ideas casi cinematográficas han sido consideradas, como remolcar enormes icebergs de la Antártida hasta el Golfo Pérsico para derretir y obtener agua dulce. Los riesgos logísticos y climáticos enterraron el plan, pero muestra el nivel de urgencia que el tema agua tiene en el país.
Desalinización: ¿solución definitiva o apuesta arriesgada?
La trayectoria de Arabia Saudita es un ejemplo extremo de la capacidad humana de remodelar el ambiente para sobrevivir. En un territorio prácticamente sin ríos, el país construyó un sistema de desalinización y ductos que bombea millones de toneladas de agua por 14.000 km y hasta 3.000 m de altitud, manteniendo vivas ciudades enteras en medio del desierto.
Al mismo tiempo, este modelo trae riesgos y dilemas:
consume una parte enorme de la energía nacional, depende de combustibles fósiles, presiona el medio ambiente marino con salmuera concentrada, exige un sistema que simplemente no puede parar.
En resumen, la desalinización es al mismo tiempo una obra maestra de ingeniería y una apuesta de alto riesgo en un mundo que ya siente los efectos de la crisis climática y de la escasez hídrica.
¿Y tú, al observar esta combinación de tecnología, costo e impacto ambiental, cómo ves la estrategia de desalinización de Arabia Saudita, más como un avance extraordinario para sobrevivir en el desierto o como una apuesta arriesgada que puede cobrar un precio alto en el futuro?


Porque os povos não se unem e abandonam essas regiões áridas e vão habitar regiões mais apropriadas ao invés de gastar bilhões de toneladas de matérias para transportar e dessanilizar água de mar? Como o ser humano é «desumano» e egoísta, né?????
Só observar a Europa hoje com os milhões de refugiados,árabes não sabem conviver com ninguém querem dominar pela força e fé
Vamos vender água do rio Amazonas para os árabes, eles mandam pegar aqui em grandes navios. Resolvido o problema, água em troca de petróleo.
This is a truly fascinating and insightful look into Saudi Arabia’s massive efforts to secure water for its growing cities. The scale of desalination and the engineering behind transporting water across mountains is absolutely impressive.
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