Ciudad costera brasileña aprueba tasa de turismo de hasta 95 reales a partir de enero de 2026, cobrando visitantes del continente y de Ilha Grande, irritando a los residentes, preocupando a los hoteles, encareciendo cruceros y levantando dudas sobre el impacto económico y la preservación ambiental en el paraíso carioca mientras empresarios temen caída en el movimiento anual
El 13 de noviembre de 2025, una ciudad costera brasileña en el sur de Río de Janeiro aprobó una ley que crea la llamada tasa de turismo sostenible, con cobro previsto a partir de enero de 2026 para quienes visiten el municipio y las islas de la región por hasta siete días. La medida afecta directamente a Ilha Grande, una de las principales tarjetas postales del litoral fluminense, y coloca a la ciudad costera brasileña en el centro del debate sobre cuánto cuesta visitar un paraíso turístico en plena alta de cruceros.
Desde la publicación de la ley, residentes, comerciantes y empresarios del sector de hospedaje han comenzado a criticar el proyecto, alegando falta de diálogo y riesgo de despojo del destino. Hoteles, posadas y operadores de paseos temen que el nuevo cobro aleje a visitantes con perfil sensible al precio y transforme a la ciudad costera brasileña en un destino considerado caro en exceso, incluso para turistas que llegan en barco.
Cómo funcionará la tasa de turismo de la ciudad costera brasileña

La ley utiliza la UFIR-RJ como base de cálculo. En 2025, cada unidad de referencia equivale a 4,75 reales.
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La tasa insular fue fijada en 20 UFIR-RJ, lo que corresponde a 95 reales para quienes se hospeden en Ilha Grande por hasta siete días, mientras que la tasa continental quedó en 10 UFIR-RJ, o 47,50 reais, para visitantes que permanezcan en la parte continental de la ciudad costera brasileña por el mismo período.
Para quienes superen una semana de estadía, se cobrará 1 UFIR-RJ adicional por día. Si el turista compra solo la tarifa del continente y luego decide cruzar a la isla, pagará únicamente la diferencia entre los dos valores.
La gestión y el cobro quedarán concentrados en un Sistema Digital de Turismo, con emisión de comprobantes e integración con el control de embarcaciones y hospedajes de la ciudad costera brasileña.
La legislación prevé aún descuentos progresivos en la fase inicial.
En 2026, año de inicio del cobro, la tasa se aplicará con reducción del 50 por ciento respecto al valor total y, en 2027, el descuento podrá llegar al 25 por ciento.
Paquetes de viaje comprados hasta el 31 de diciembre de 2025, con embarque o hospedaje hasta el 31 de julio de 2026, también tendrán exención, lo que intenta aliviar el impacto sobre reservas ya contratadas.
Quién paga, quién está exento y cómo quedan los cruceros
Por las reglas de la ley, los residentes de la ciudad costera brasileña, tanto del continente como de Ilha Grande, estarán exentos del pago, así como parientes de hasta segundo grado registrados.
Los niños de hasta 12 años y las personas mayores de 60 años también no necesitarán pagar la tasa, siempre que comprueben la condición al momento del registro.
Los cruceros marítimos, que responden a un flujo creciente de turistas en la región, tendrán un trato diferenciado.
La ley autoriza al municipio a otorgar descuentos entre el 10 y el 90 por ciento sobre el valor total por pasajero, a ser definidos por decreto.
En la práctica, el poder público intenta equilibrar la recaudación con el mantenimiento de las escalas de barcos, mientras los operadores temen que la ciudad costera brasileña se vuelva menos competitiva en comparación con otros puertos turísticos brasileños.
La norma también otorga al Ejecutivo la posibilidad de establecer límites de embarcaciones y visitantes por atractivo, con base en estudios de capacidad de carga.
La idea es usar la tasa no solo como fuente de ingresos, sino como instrumento de organización del flujo turístico, aunque el sector cuestiona si el diseño actual cumple esta promesa.
Críticas de residentes y hoteles en Ilha Grande
En Ilha Grande, donde el cobro será más alto, la noticia fue recibida con fuerte resistencia.
Asociaciones de posadas, pequeños emprendedores y residentes afirman que la decisión fue tomada en un régimen de urgencia en la Cámara, sin una consulta adecuada a la comunidad.
Empresarios relatan que solo fueron convocados a conversar después de la sanción de la ley, y que buena parte de las sugerencias presentadas no fue incorporada al texto final.
Una de las principales quejas es la diferencia entre el valor aprobado y las estimaciones técnicas anteriores sobre lo que sería sostenible.
Estudios de capacidad de carga ya realizados para la región indicaban valores más bajos de cobro por visitante, con enfoque en control por atractivo y destino directo de los recursos a un fondo específico vinculado a la isla.
No obstante, la ley adoptó una tasa fija significativamente mayor, sin atar de forma detallada el repaso para instrumentos locales de gestión ambiental.
El dueño de una posada en Ilha Grande, representante de medios de hospedaje y residente de la región también señala un problema de isonomía.
Según estas críticas, un turista que se hospeda en una pequeña posada de la isla, administrada por familias caiçara, pagará el doble de la tasa que quien se aloje en un gran resort en el continente y visite las mismas playas en lancha.
Para el sector, esta diferencia desequilibra la competencia y penaliza el turismo de base local, que ya opera con márgenes reducidos.
Riesgo de encarecer el destino y despojar el paraíso carioca
Además del valor nominal, los empresarios destacan el impacto de la tasa en el costo total del viaje.
Quienes salen de otras ciudades necesitan asumir transporte terrestre, travesía marítima, hospedaje, paseos en barco y alimentación.
En muchos casos, la inclusión de hasta 95 reales por persona puede ser decisiva para familias de ingresos medios que comparan el precio final con otros destinos.
La preocupación es que la ciudad costera brasileña acabe siendo vista como un destino caro en exceso, sobre todo en períodos de alta temporada, cuando las tarifas de hospedaje y pasajes ya aumentan.
Operadores temen que parte del público migre a playas competidoras sin cobro similar, lo que puede reducir la ocupación de posadas más pequeñas en Ilha Grande y acortar el tiempo promedio de permanencia de quienes deciden mantener el itinerario.
El sector de cruceros también observa la medida con cautela.
Si el costo adicional por pasajero se aproxima a la tasa total, las empresas pueden reevaluar itinerarios o tiempo de permanencia en el puerto, lo que afectaría a restaurantes, bares, vendedores y guías que dependen de la circulación de los barcos.
En la evaluación de muchos empresarios, el riesgo es transformar un paraíso carioca en un destino demasiado caro justo cuando la recuperación del turismo comenzaba a ganar ritmo.
Falta de diálogo, estudios ignorados y presión política
La forma en que se aprobó el proyecto generó un malestar adicional.
La tramitación en régimen de urgencia, sin audiencia pública amplia, reforzó la percepción de que la ciudad costera brasileña tomó una decisión estructural sobre el turismo sin escuchar suficientemente a quienes viven de ello.
Entidades locales citan estudios costosos encargados a lo largo de los años, con recomendaciones específicas sobre control de visitação por área y valores más bajos, que habrían sido poco aprovechados en la redacción final de la ley.
El asunto también llegó a órganos estatales.
Parlamentarios pidieron la apertura de un inquérito civil para evaluar eventuales irregularidades, pero el Ministerio Público señaló que no corresponde al órgano impugnar la validez de una ley ya aprobada por la Cámara y sancionada por el Ejecutivo.
El Tribunal de Cuentas del Estado fue notificado para seguir la implementación, sobre todo en relación al uso de los recursos recaudados y la contratación del sistema de cobro.
Para parte de los críticos, la combinación de votación acelerada, falta de consulta amplia y desacoplamiento de estudios anteriores crea un escenario de inseguridad jurídica y operativa.
Defienden que una revisión de la ley, con parámetros más cercanos a la capacidad real de pago de los turistas y de los impactos en los negocios, sería necesaria antes de que la ciudad costera brasileña consolidara un nuevo modelo de cobro.
Qué dice la alcaldía y cuáles proyectos deben ser financiados
La alcaldía argumenta que la llamada Angra Viva, nombre dado a la tasa de turismo sostenible, tiene como objetivo financiar acciones de preservación ambiental, saneamiento, infraestructura turística y seguridad, beneficiando a residentes y visitantes.
En un comunicado oficial, la gestión municipal afirma que el cobro sigue ejemplos de destinos como Fernando de Noronha y Jericoacoara, donde tributos de visitação ayudan a costear el mantenimiento de senderos, playas, recolección de basura y servicios públicos vinculados al turismo.
El municipio también informa que está preparando el proceso de licitación para contratar a la empresa responsable del sistema de cobro digital y que divulgará un manual detallado con reglas de pago, fiscalización y sanciones para quienes incumplan la norma.
Al insistir que habrá descuentos en la fase de implementación y exención para residentes, la alcaldía intenta enmarcar la tasa como un instrumento de equilibrio entre el crecimiento turístico y la calidad de vida local, y no como una barrera para el visitante.
Aun así, permanece la duda central de quienes viven del turismo: ¿cuál será, en la práctica, el destino de los recursos recaudados, cuánto se invertirá específicamente en Ilha Grande y si habrá mecanismos transparentes de control social?
Sin estas respuestas, los residentes temen que la ciudad costera brasileña recoja más, pero no entregue en la misma proporción mejoras visibles en las playas, senderos, saneamiento y transporte.
¿En tu opinión, una ciudad costera brasileña debe cobrar una tasa de turismo de este nivel para financiar la preservación ambiental o el riesgo de despojar Ilha Grande y encarecer de una vez por todas el paraíso carioca habla más alto?

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