La Expresión “quiebra hídrica global” cobra fuerza en el informe de la ONU al señalar daños permanentes en fuentes de agua dulce, con sequías, contaminación y sobreexplotación que presionan lagos, acuíferos y sistemas urbanos.
La humanidad ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”, según investigadores vinculados a las Naciones Unidas, tras décadas de extracción por encima del límite, contaminación e impactos del calentamiento del planeta sobre lluvias, ríos, lagos y acuíferos.
La alerta fue presentada este martes (20) en un informe de la Universidad de las Naciones Unidas, que afirma que parte de los daños al sistema que genera y almacena agua dulce ya son irreversibles y miles de millones de personas conviven, todos los años, con períodos de escasez severa.
Metáfora financiera para explicar el agotamiento del agua dulce
El documento adopta una metáfora financiera para describir el problema: el mundo estaría gastando no solo la “renta” anual de agua renovable, formada por precipitación y deshielo, sino también consumiendo “ahorros” acumulados en acuíferos, glaciares, suelos, zonas húmedas y ecosistemas.
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Al mismo tiempo, la contaminación por aguas residuales, residuos agrícolas y efluentes industriales reduce aún más el volumen disponible de agua segura, en un proceso que los autores comparan con destruir lo que queda de recursos.
Por qué la ONU rechaza la idea de “crisis pasajera”

El director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, Kaveh Madani, sostiene que términos como “estrés hídrico” o “crisis hídrica” ya no describen la dimensión y la persistencia del escenario.
Para él, llamar crisis sugiere un choque pasajero, con posibilidad de retorno al nivel anterior, lo que no corresponde a la pérdida de capacidad de almacenamiento y regulación del agua dulce en varias regiones.
“Lo que aparece en la superficie como una crisis es, en realidad, una nueva línea de base”, registra el informe.
Indicadores globales de escasez extrema y costos económicos
La evaluación se apoya en indicadores globales que muestran deterioro simultáneo de diferentes fuentes.
El informe señala que casi 4 mil millones de personas enfrentan escasez severa por al menos un mes al año y que casi tres cuartas partes de la población viven en países clasificados como “inseguros” o “críticamente inseguros” en términos de agua.
La investigación también cita el costo anual global de las sequías, estimado en US$ 307 mil millones, además de la presión sobre áreas agrícolas irrigadas.
Lagos más pequeños, acuíferos en declive y sequías más frecuentes
La mala situación no se restringe a una cuenca, un país o un continente, y tiende a aparecer en olas: menos lluvia en períodos decisivos, más evaporación en días cálidos y mayor irregularidad entre extremos de sequías y temporales.
El informe describe pérdidas en sistemas naturales que solían funcionar como “amortiguadores”, incluyendo zonas húmedas, bosques y suelos capaces de retener agua y liberar parte de ella de forma gradual.
Metrópolis cerca del “día cero” en diferentes continentes
En este contexto, grandes áreas urbanas han oscilado cerca del llamado “día cero”, cuando el abastecimiento cae a tal punto que exige medidas de emergencia y el acceso cotidiano al agua se vuelve inestable.
Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, vivió esta amenaza en 2018, con la previsión de interrupción del suministro domiciliario si los reservorios alcanzaban niveles críticos.
Por su parte, Chennai, en India, enfrentó en 2019 un colapso de reservorios y episodios de grifos secos, en un cuadro asociado a monzones insuficientes y presiones sobre fuentes locales.
América Latina también entró en la lista de alertas recientes: Ciudad de México vivió, en 2024, riesgo de agravamiento de racionamientos y de empeoramiento del abastecimiento en áreas vulnerables, en medio de sequía, dependencia elevada de acuíferos y pérdidas en el sistema de distribución.
São Paulo y la memoria reciente de la crisis del Cantareira
En Brasil, la Región Metropolitana de São Paulo es frecuentemente citada como ejemplo de cómo una metrópoli puede acercarse al límite cuando las lluvias fallan por largos períodos y la infraestructura opera al límite.
Entre 2014 y 2015, la crisis del Sistema Cantareira llevó a medidas de contingencia y decisiones de interconexión entre cuencas para reforzar el abastecimiento.
En enero de 2015, la Agencia Nacional de Aguas autorizó obras para conectar la cuenca del Paraíba do Sul al Cantareira, iniciativa tratada como alternativa para reducir la vulnerabilidad del sistema.
El episodio se convirtió en referencia en debates sobre planificación, gestión de la demanda y resiliencia, sobre todo porque expuso cómo las oscilaciones climáticas, el crecimiento urbano y las decisiones sobre uso del suelo pueden converger y presionar los manantiales.
Al asociar el tema a otras metrópolis que ya han estado cerca del “día cero”, el informe de la ONU intenta reforzar que el riesgo no es exclusivo de regiones áridas y ni se limita al Sur Global.
Efectos en cadena: alimentos, energía e infraestructura
El informe describe efectos en cadena que van más allá del abastecimiento doméstico.
Las sequías y la inestabilidad hídrica pueden afectar las cosechas, elevar los costos de los alimentos y presionar los sistemas de energía cuando los reservorios hidroeléctricos operan con niveles bajos, además de aumentar las disputas por asignación en cuencas compartidas.
En paralelo, la extracción intensiva de agua subterránea, en algunas regiones, ha sido asociada a subsidencia, con hundimiento del suelo y daños a la infraestructura, lo que puede aumentar la vulnerabilidad a inundaciones.
Reglas antiguas para un clima que ya ha cambiado
El texto también llama la atención sobre el desajuste entre reglas antiguas y el clima actual.
Madani afirma que leyes, contratos y tratados suelen haber sido diseñados para una realidad hidrológica que ya ha cambiado, lo que estimula conflictos entre sectores y usuarios que disputan un recurso en retracción.
En esta lógica, soluciones recurrentes como perforar pozos más profundos o extraer más agua de ríos pueden empeorar el problema al acelerar el agotamiento de reservas y la degradación ambiental.
Agricultura en el centro de los cambios, con 70% del consumo de agua
La principal recomendación es tratar el momento como una reorganización estructural: recalcular cuánta agua segura existe de hecho, establecer prioridades y rediseñar políticas públicas e inversiones para un “presupuesto hídrico menor”.
El informe cita acciones como protección y restauración de ecosistemas que filtran y almacenan agua, además de reformas en el uso agrícola, ya que la agricultura responde por cerca del 70% del consumo de agua dulce por parte de la humanidad.
Debate sobre la expresión “quiebra” y el riesgo de desánimo
Al mismo tiempo, la propia elección del término “quiebra” es objeto de discusión.
El hidrólogo Rabi Mohtar, que no participó en el informe, coincide en que la era de la abundancia ha terminado y aboga por “responsabilidad por cada gota”, pero dice temer que la expresión genere desánimo al sugerir un fracaso inevitable.
Madani, por otro lado, sostiene que admitir la gravedad es condición para elecciones difíciles, incluyendo restricciones a nuevos emprendimientos en áreas ya estresadas y límites a actividades intensivas en agua.
Desigualdad en el acceso al agua y saneamiento agrava los riesgos
Los autores también destacan que los cambios mal distribuidos tienden a pesar más sobre poblaciones pobres y vulnerables, ampliando desigualdades en el acceso al agua y al saneamiento.
El propio informe menciona que 2,2 mil millones de personas aún no tienen agua potable gestionada de manera segura y que 3,5 mil millones no cuentan con saneamiento gestionado de manera segura, un contexto que agrava riesgos sanitarios cuando la disponibilidad de agua disminuye.



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