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De Laboratorio Infantil A Rareza: «El Juguete Más Peligroso Del Mundo» Traía Uranio Real Y Hoy Vale Fortunas En EE.UU.

Publicado el 29/09/2025 a las 16:17
Actualizado el 29/09/2025 a las 16:29
Brinquedo mais perigoso, Brinquedo radioativo
Brinquedo Laboratório de Energia Atômica Gilbert U-238 queria proporcionar a crianças da década de 1950 uma experiência fiel como cientista atômico. E, para isso, continha até uma porção de urânio — Foto: Wikimedia Commons
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Juguete Atómico de la Década de 1950 Incluía Minerales Radiactivos Reales, Vendió Menos de 5 Mil Unidades y Hoy Vale Miles en Subastas

En la década de 1950, en plena era dorada de la energía nuclear, una fábrica americana de juguetes lanzó un producto que hoy parece impensable: un laboratorio atómico para niños, equipado con pequeñas muestras de minerales radiactivos.

Denominado “Gilbert U-238 Atomic Energy Lab”, se convirtió en uno de los juguetes más comentados de la época, justamente por el riesgo que conllevaba, y resurgió el año pasado tras ser subastado como una rareza en Estados Unidos.

Un Juguete Osado y Caro para la Época

El laboratorio fue creado por la A. C. Gilbert Company, que figuraba entre los mayores fabricantes de juguetes del mundo.

Comercializado entre 1950 y 1951, prometía ofrecer a los niños la oportunidad de jugar a ser científicos con un kit realista.

El precio, sin embargo, no era accesible. Costaba US$ 49,50, algo cercano a US$ 600 en valores actuales.

Por eso, vendió menos de 5 mil unidades. Aun así, pasó a la historia como uno de los juguetes más caros y arriesgados jamás creados.

Este detalle hizo que la pieza fuera aún más valiosa. El año pasado, un ejemplar fue puesto a la venta en Boston por la casa de subastas RR Action, con expectativas de pujas a partir de US$ 4,4 mil, el equivalente a cerca de R$ 26,6 mil.

Un Kit Realmente Radiactivo

El nombre “U-238” no era en vano. Se refería al uranio 238, isótopo radiactivo que formaba parte del material enviado en el kit.

El maletín incluía cuatro frascos de vidrio conteniendo minerales como autunita, torbernita, uraninita y carnotita.

Además, venía acompañado de instrumentos como un electroscopio, usado para identificar cargas eléctricas, y un contador Geiger, destinado a medir radiación.

Por lo tanto, aunque no permitía experimentos nucleares de hecho, los elementos tenían radiación real.

La protección de los recipientes, según expertos, evitaba riesgos mayores, pero la seguridad dependía de que el niño no violara el frasco de vidrio.

El Nivel de Exposición a la Radiación

La revista IEEE Spectrum destacó que jugar con el laboratorio equivaldría, en términos de dosis de radiación, a pasar un día bajo los rayos ultravioletas del sol.

Es decir, el riesgo se consideraba bajo, siempre que el material permaneciera sellado.

Sin embargo, esta era una condición importante. Si alguien intentara romper los frascos, los efectos serían potencialmente más graves.

Cómo Funcionaba la Diversión

El manual del juguete enseñaba actividades curiosas. Una de las propuestas era esconder una fuente radiactiva y, en seguida, usar el contador Geiger para localizarla, como si fuera un juego de búsqueda del tesoro atómico.

Esta experiencia pretendía despertar interés científico en los niños, mostrando de forma lúdica cómo funcionaba la detección de partículas.

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Curiosidades Adicionales en el Kit

El laboratorio incluía además pequeñas muestras de otros minerales poco radiactivos, como plomo, rutenio y zinc.

Para completar, traía una revista de cómics protagonizada por Dagwood, personaje de la clásica tira cómica “Blondie”.

La historia en cómics, titulada “Aprende cómo Dagwood divide el átomo”, fue escrita con la participación especial del general Leslie Groves, conocido por dirigir el Proyecto Manhattan — el mismo que desarrolló la primera bomba atómica junto con Robert Oppenheimer.

Así, un juguete que parecía educativo acabó convirtiéndose en una de las mayores curiosidades de la industria de juguetes.

En lugar de ocupar estanterías infantiles, el laboratorio atómico ocupa espacio en colecciones y subastas, como símbolo de una época en la que ciencia, mercado y audacia se mezclaban de manera inusual.

Con información de Revista Galileu.

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Romário Pereira de Carvalho

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