En Batken, los residentes adoptan bloques hechos con 60% de cáscara de arroz, tecnología de Nursultan Taabaldyev, que combina sostenibilidad, resistencia y confort térmico, convirtiendo las viviendas en opciones más accesibles y ecológicas duraderas
En el sur de Kirguistán, una iniciativa local está rediseñando la relación entre sostenibilidad y vivienda. En Batken, región responsable de alrededor de un tercio de la producción de arroz del país, residuos antes descartados o quemados dejaron de ser sinónimo de contaminación para convertirse en materia prima de construcción.
Residuo que se convierte en estructura
El emprendedor Nursultan Taabaldyev, de 27 años, comenzó a fabricar bloques utilizando cáscara de arroz mezclada con arcilla, cemento y un adhesivo sin químicos.
El resultado es un material compuesto por aproximadamente 60% de cáscara, mientras que el resto incluye los otros elementos de la fórmula.
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Una vez secos, los bloques adquieren una resistencia comparable a la del cemento tradicional, característica atribuida a la sílice presente de forma natural en la cáscara del cereal.
La propuesta surgió como respuesta directa a un problema ambiental persistente. La quema de residuos agrícolas generaba contaminación y aumentaba los riesgos de incendios en los campos.
Al transformar este descarte en insumo, el proyecto comenzó a operar simultáneamente en dos frentes: reducir impactos ambientales y ofrecer una solución habitacional más accesible.
Popularidad y confort térmico
La tecnología rápidamente ganó espacio entre los residentes de Kyzyl-Kiya y áreas vecinas. Además del costo reducido, la eficiencia térmica se convirtió en uno de los principales atractivos.
Las casas construidas con los bloques se mantienen cálidas en invierno y frescas en verano, efecto relacionado con la baja conductividad térmica del arroz.
En cinco años, Taabaldyev proporcionó material para alrededor de 300 casas. El camino hasta aquí incluyó una fase inicial con aserrín, posteriormente reemplazada por los bloques de cáscara de arroz.
Hoy, se consideran una alternativa más económica al concreto y a los ladrillos convencionales en la región.
El impacto social es significativo. En un país donde el salario promedio mensual ronda los US$ 230, la reducción de los costos de construcción amplía el acceso a la vivienda y refuerza prácticas más sostenibles.
Para muchas familias, lo que antes era residuo ahora representa una oportunidad.
Los residentes informan que, además del ahorro, las casas ayudan a disminuir el desperdicio agrícola y los daños ambientales asociados a la quema.
La experiencia local sugiere que soluciones simples, cuando están alineadas con las necesidades de la comunidad, pueden generar cambios estructurales.
Aún en fase de expansión, la iniciativa sigue despertando interés por unir innovación, viabilidad económica y beneficios ambientales.
Con información de R7.


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