Un Programa en Sarawak Coloca a los Residentes en el Centro de la Energía Renovable, Crea Mano de Obra Local y Transforma la Electricidad Estable en Rutina para Aldeas que Antes Dependían del Diésel y Queroseno.
Dos jóvenes de Sarawak, en el lado este de Malasia, ingresaron en un proyecto de energía solar como quien entra en un empleo temporal y salieron de allí con profesión, certificado y una responsabilidad que cambia la vida de toda una aldea. Unjam Anak Makam y Maja Anak Mabang no crecieron pensando en electrificación rural, redes eléctricas o mantenimiento de sistemas solares. Pero ese fue precisamente el camino.
Su historia comienza cuando la construcción de pequeñas plantas solares llegó cerca de casa. El gobierno del estado de Sarawak puso en marcha un programa para llevar electricidad a áreas rurales utilizando fuentes renovables y, junto con la obra, vino la decisión que lo cambia todo: contratar a personas de la propia comunidad, entrenar y mantener el conocimiento allí, en lugar de depender siempre de equipos externos.
Unjam y Maja comenzaron en tareas básicas, transporte de materiales, instalación de cables, apoyo a la obra. Pero, con un buen desempeño, la rutina cambió. Vinieron nuevas etapas, como cableado eléctrico, instalación de sistemas solares y capacitación práctica con tecnologías de baterías. En poco tiempo, lo que parecía un trabajo temporal se convirtió en un empleo fijo y una carrera.
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SARES: Electrificación Rural que No Termina Cuando el Camión se Va
El proyecto que organiza este cambio es el Programa Alternativo de Electrificación Rural de Sarawak, conocido por la sigla SARES. Se implementa a través de la empresa estatal Sarawak Energy Berhad y es ejecutado por empresas designadas para desarrollar las plantas, como Ecogreen Solar Engineering, que también se encarga de la contratación local.
La lógica es sencilla y brutalmente eficiente. La energía llega y la capacidad de mantener la energía llega junto. Esto evita el clásico problema de infraestructura en regiones remotas: el sistema funciona hasta que se rompe y, cuando se rompe, nadie sabe arreglarlo, nadie tiene piezas, nadie tiene capacitación y todo vuelve a la oscuridad.
En el modelo de SARES, los residentes reciben capacitación básica de mantenimiento, aprenden a operar el sistema en el día a día y comienzan a resolver parte de los problemas sin esperar a un equipo externo. Unjam y Maja, de hecho, después de ser contratados y certificados, también comenzaron a ayudar en estas capacitaciones comunitarias, creando un efecto dominó de conocimiento.
Este tipo de estrategia encaja en un desafío mayor de la transición energética. No basta con prometer megavatios. Se necesita gente calificada para instalar, operar y mantener lo que se ha instalado. Y el costo de esta mano de obra es elevado.
Falta de Profesionales Verdes se Convierte en Cuello de Botella y la Transición Depende de Capacitación
Estimaciones del gobierno malayo indican que, para alcanzar la meta nacional de hasta 70% de energía renovable para 2050, se necesitarán 62 mil trabajadores calificados. Pero la oferta no acompaña. Aquí entra la educación técnica y profesional como pieza central. La propuesta es integrar habilidades verdes en los currículos, acelerar certificaciones y colocar la capacitación práctica como puente entre la escuela y la obra.
Maja participó en un programa de formación vinculado al sector de la construcción y describe el salto de forma muy directa: primer empleo, nuevas habilidades, aprendizaje en el lugar de trabajo y, luego, un camino profesional que no existía antes. Esta es la cara de una transición energética centrada en las personas, con planificación de fuerza laboral, capacitación, resiliencia comunitaria y alfabetización energética.
Y hay otro punto que hace que esta historia sea más grande de lo que parece. Malasia no está hablando solo de electrificación rural. El país también tiene un peso en el mercado global de módulos solares, lo que convierte la capacitación local en un asunto económico, industrial y geopolítico, no solo social.
En medio de esta discusión, un extracto del informe de IRENA destaca la posición de Malasia en la cadena de suministro solar y señala un volumen relevante de módulos enviados, además de un contingente expresivo de empleos en el sector solar fotovoltaico.
La Energía Solar en Pequeñas Aldeas Cambia Estudio, Comida y Economía al Mismo Tiempo

La parte más viral de esta historia no es el gran número, es el efecto pequeño y cotidiano.
En las aldeas donde Unjam y Maja trabajaron, los sistemas instalados tienen capacidad de alrededor de 12,5 kilovatios pico en una aldea y 13,8 kilovatios pico en otra, atendiendo a cerca de 25 residencias en total. No es una planta gigante. Es un cambio de vida.
Con electricidad constante, los niños pueden estudiar hasta más tarde. Las familias pueden almacenar alimentos en refrigeradores. El gasto en combustible para generadores diésel y lámparas de queroseno disminuye. Y lo que antes era una rutina de improvisación energética se convierte en normalidad.
Esta normalidad tiene un peso que muchas personas solo comprenden cuando falta la luz durante días. La energía estable no es solo comodidad. Es tiempo, es seguridad, es salud, es escuela funcionando, es comida que dura más, es dinero que deja de ser quemado en combustible.
El Tamaño del Potencial Muestra por Qué Este Modelo Puede Escalar Rápido
A pesar de un potencial estimado de 337 gigavatios en energía solar fotovoltaica, el país tenía instalada solo 2,3 gigavatios acumulativos hasta 2024. Esto es una distancia enorme entre lo que se puede hacer y lo que ya se ha hecho.
Por eso, un programa como el SARES llama la atención: no solo entrega placas y baterías. Entrega una forma de escalar sin depender de equipos externos. Cuando la comunidad aprende a mantener el sistema, la implementación deja de ser un evento y se convierte en un proceso continuo.
Y cuando el proceso continuo se convierte en empleo local, la historia cierra un ciclo raro: energía que entra, trabajo que queda, conocimiento que se difunde e infraestructura que no muere en la primera falla.
Al final, lo que Unjam y Maja representan no es una excepción romántica. Es un modelo. Un modelo en el que electrificar no es solo conectar cables, es crear autonomía técnica. Y este tipo de autonomía, cuando se convierte en política pública, suele generar lo que todo país desea en la transición energética: menos dependencia, más resiliencia y más personas ganando la vida dentro de su propia región.

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