En medio de bajos salarios, sobrecarga y desprecio, la realidad de los docentes brasileños destapa una crisis profunda.
Pero, ¿será que aún hay salida para evitar el colapso de la educación pública en el país?
La profesión de docente en Brasil puede estar al borde de la quiebra. Lo que antes se consideraba uno de los pilares de la formación de ciudadanos y de la construcción de un país más justo, hoy se ha convertido en sinónimo de abandono, sobrecarga y desprecio institucional.
Con salarios bajos, ambientes inseguros, falta de estructura y la constante sensación de desvalorización, mile de educadores contemplan diariamente abandonar la carrera.
Según un estudio del Instituto Semesp, divulgado en 2025, más del 79% de los docentes ya han pensado en dejar la enseñanza.
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La crisis, sin embargo, no es solo financiera: es una crisis social, emocional, política y estructural.
La escuela pública brasileña se ha convertido en un campo de batalla donde el docente es, al mismo tiempo, protagonista del proceso educativo y víctima de la precarización.
Esta realidad ha sido analizada por especialistas de diversas áreas.
El docente e historiador Valter Mattos, doctor en Historia Económica por la USP y maestro en Historia Social por la UFF, afirma que la desvalorización de la docencia en Brasil es resultado de un proyecto sistemático de desmantelamiento de la educación pública.
En un artículo publicado en el portal ICL Notícias, él observa que «la quiebra de la profesión de docente refleja el agotamiento de un modelo educacional que ya no sirve ni para la formación ciudadana ni para la democratización del saber».
El peso de la precarización
Los bajos salarios son solo la punta del iceberg. Aunque la Constitución garantiza la valorización de los profesionales de la educación, lo que se ve en la práctica es lo opuesto.
En muchas redes municipales y estatales, los docentes ganan menos de R$ 3 mil al mes, incluso con formación superior, posgrado y dedicación exclusiva.
Eso sin contar el acumulado de clases, la corrección de exámenes fuera del horario laboral, los informes interminables y la burocratización de la práctica pedagógica.
Para Valter Mattos, la precarización del trabajo docente tiene su origen en las reformas neoliberales que, desde los años 1990, han desmantelado los servicios públicos.
Él destaca que “la lógica de gestión por resultados y metas deshumaniza la práctica educativa y transforma al docente en mero ejecutor de tareas”.
Además, el ambiente escolar se ha vuelto cada vez más hostil. Una investigación de la CNTE (Confederación Nacional de los Trabajadores en Educación) reveló que más del 50% de los docentes ya han sufrido agresiones verbales o amenazas dentro de la escuela.
La violencia, que debería ser combatida con políticas públicas e inversión, a menudo es ignorada o minimizada por las autoridades educativas.
El adoecimiento invisible de los educadores
La salud mental de los docentes brasileños está en colapso. El exceso de trabajo, la desvalorización y la falta de apoyo psicológico han llevado a muchos educadores al agotamiento.
Los números de ausencias por ansiedad, depresión y síndrome de burnout aumentan cada año.
“Estamos ante una categoría enferma y sin perspectivas reales de mejora”, afirma Mattos. Para él, el discurso que exalta la «vocación» del docente solo sirve para enmascarar la negligencia estatal. “Reconocimiento que no aparece en el contracheque es propaganda”, señala el historiador.
Además, hay una especie de culpabilización silenciosa del docente por todo lo que no funciona en la escuela.
Si los índices de aprendizaje no mejoran, si hay deserción escolar o si las evaluaciones externas indican bajo rendimiento, el educador se convierte en el chivo expiatorio de la ocasión.
“Es un modelo que castiga a quienes están en la primera línea, pero protege a quienes toman decisiones tras un escritorio”, analiza Mattos.
La ausencia del docente en el debate sobre educación
Curiosamente, el docente —que debería ser el principal agente en la formulación de políticas educacionales— casi nunca es escuchado.
En los últimos años, el espacio de debate ha sido ocupado por fundaciones empresariales, ONGs y grupos ligados al mercado financiero. “Los que deciden el futuro de la escuela pública raramente han pisado un aula de la periferia”, advierte Mattos.
Esta exclusión deliberada de los profesionales de la base muestra cómo el proyecto educacional en curso está más preocupado con la eficiencia técnica que con la justicia social.
La estandarización de los currículos, la adopción de evaluaciones masivas y la lógica de meritocracia ocultan una profunda desigualdad de condiciones entre escuelas, regiones y alumnos.
“Lo que tenemos no es un proyecto de valorización, sino de control”, argumenta el docente.
Él critica programas que premian a los docentes con bonificaciones condicionadas al desempeño de los alumnos, sin considerar las múltiples realidades que afectan el proceso de aprendizaje.
El riesgo del colapso educacional
La quiebra de la profesión de docente es un síntoma de algo aún mayor: el colapso inminente de la educación pública.
Sin profesionales cualificados, motivados y respetados, no hay forma de garantizar una educación de calidad.
Las consecuencias de esta crisis ya son visibles: aumento de la rotación de docentes, descenso en la demanda por cursos de licenciatura y desinterés generalizado de los jóvenes por la carrera docente.
Valter Mattos concluye que la solución pasa necesariamente por una inversión real, escucha activa de los docentes y valorización concreta de la carrera.
“No se trata solo de reajustar salarios, sino de reconstruir la dignidad de la profesión, garantizando condiciones materiales, emocionales y pedagógicas para el ejercicio pleno de la docencia.”
Un llamado a la sociedad
El vaciamiento de la profesión de docente no es solo una tragedia para los profesionales de la educación, sino para toda la sociedad.
La escuela es el espacio donde se forman ciudadanos, se consolidan valores democráticos y se construye el futuro de un país. Abandonar a los docentes es, en última instancia, abandonar ese futuro.
Mientras tanto, miles de educadores continúan resistiendo en las aulas, muchas veces sin ventilador, sin material didáctico, sin seguridad, pero con un compromiso ético que insiste en sobrevivir.
Quizás esté ahí el último bastión de la esperanza: la persistencia de quienes, incluso ante el caos, aún creen en el poder transformador de la educación.
Y tú, ¿crees que la sociedad realmente valora a quienes dedican su vida a la educación? ¿Qué podría hacerse para salvar la profesión de docente en Brasil?

Professor, infelizmente, hoje só para os que não tem oportunidade! Agradeçam o Sr. milico Gov. Tarcísio.