Descubra cómo el agro es el principal responsable de la energía renovable utilizada en Brasil y su importancia estratégica para la matriz energética nacional.
La energía renovable utilizada en Brasil siempre ha tenido un papel destacado en la matriz energética nacional. Desde muy temprano, el país aprovechó sus amplios recursos naturales y condiciones climáticas favorables. Así, se convirtió en una referencia global cuando se habla de fuentes limpias y sostenibles.
Aunque muchos piensan primero en hidroeléctricas o parques eólicos, el sector agropecuario también destaca como uno de los grandes protagonistas de esta trayectoria.
Según un estudio reciente de la Fundación Getulio Vargas (FGV), divulgado por el Observatorio de Bioeconomía de la institución, el agronegocio brasileño genera el 60% de la energía renovable consumida en el país.
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Por lo tanto, este dato sorprende y evidencia cómo el campo contribuye de manera decisiva a la transición energética brasileña — un proceso esencial para reducir emisiones y combatir el cambio climático.
Una historia de protagonismo energético
Para entender la importancia actual del agro, es fundamental volver en el tiempo. Brasil tiene una historia estratégica en el uso de energía renovable, principalmente desde el siglo XX, cuando invirtió en la construcción de grandes plantas hidroeléctricas.
De esta forma, el país consolidó una matriz energética mucho más limpia que la media global.
En la década de 1970, ante la crisis del petróleo, el gobierno creó el Programa Nacional del Alcohol (Proálcool). Con esto, estimuló la producción de etanol a partir de la caña de azúcar.
Como resultado, Brasil se posicionó como líder mundial en el uso de biocombustibles.
A lo largo de las décadas siguientes, incluso con el avance de fuentes fósiles como el petróleo y el gas natural, el país mantuvo un alto índice de renovabilidad.
Conforme a datos del Balanço Energético Nacional (BEN), el 49% de la matriz energética brasileña proviene de fuentes limpias — lo que es mucho superior a la media global, estimada en torno al 15%.
No obstante, según la FGV, sin la actuación del sector agropecuario, este índice caería a cerca del 20%.
De esta forma, queda evidente que la producción rural no solo mueve la economía, sino que también sostiene una matriz energética más verde y equilibrada.
Las condiciones naturales y estructurales del agro
El agronegocio brasileño reúne condiciones naturales y estructurales únicas que favorecen el uso de fuentes limpias.
Por ejemplo, el clima tropical impulsa el cultivo de cultivos con alto potencial energético, como la caña de azúcar.
Además, la baja necesidad de irrigación en muchas regiones contribuye a reducir el consumo de electricidad en los cultivos.
Al mismo tiempo, la productividad por hectárea es alta, y los productores adoptan tecnologías ajustadas a las características del suelo, del relieve y del clima brasileños.
Por eso, el campo alcanza índices crecientes de eficiencia energética.
De forma complementaria, muchas propiedades aprovechan residuos de la producción agrícola para generar energía.
Mediante biodigestores, es posible transformar restos orgánicos en biogás, que abastece máquinas o se convierte en electricidad.
Paralelamente, el etanol y el biodiésel, producidos a partir de la caña y la soja, sustituyen combustibles fósiles en el transporte y en las máquinas agrícolas.
Adicionalmente, la energía solar también gana fuerza en el campo. Pequeñas y medianas granjas han estado instalando paneles solares para reducir costos con electricidad y lograr mayor autonomía energética.
De esta manera, el acceso a la energía renovable se amplía, mientras el agro se vuelve cada vez más sostenible.
La dependencia del diésel y sus riesgos
A pesar de todos estos avances, el sector aún enfrenta un desafío significativo: la alta dependencia del diésel.
En 2022, conforme a la FGV, el 73% de la energía utilizada directamente en las actividades agropecuarias provino de combustibles fósiles.
Entre ellos, el diésel sigue siendo el más utilizado.
Consecuentemente, esta dependencia vuelve al sector vulnerable a factores externos, como crisis internacionales, variaciones en el precio del petróleo e inestabilidades logísticas.
Todos estos factores afectan directamente los costos de producción y reducen el margen de ganancia de los productores rurales.
Frente a este escenario, el sector necesita ampliar sus inversiones en soluciones alternativas, como tractores híbridos, vehículos eléctricos adaptados al campo y el uso de aceite vegetal hidrotratado (HVO).
En diversas regiones de Brasil, estas tecnologías ya están en fase de pruebas y presentan buenos resultados.
Además, iniciativas públicas y privadas que fomentan esta transición ganan cada vez más espacio.
Las asociaciones entre universidades, gobiernos y cooperativas también pueden acelerar el uso de energías limpias en los maquinarios agrícolas.
Indicadores de eficiencia energética en el campo
El estudio de la FGV también analizó la eficiencia energética del sector rural, utilizando el indicador GJ/USD1000.
Este índice mide cuánta energía se consume para generar mil dólares en valor bruto de la producción agropecuaria.
En 2022, Brasil registró una intensidad energética de 1,9 GJ por mil dólares, número que se aproxima a la media mundial de 1,7 GJ.
Por ese motivo, el país presenta una competitividad energética moderada, pero con buenas perspectivas de avance.
De modo general, las cadenas productivas con mayor valor agregado — como frutas, café, carnes y productos industrializados — suelen generar más valor con menor consumo de energía.
Por otro lado, los sectores menos sofisticados enfrentan mayores desafíos de eficiencia.
Por lo tanto, mejorar este indicador exige gestión consciente de los recursos, capacitación técnica y acceso a la tecnología.
Los programas de extensión rural, que enseñan buenas prácticas energéticas, ya muestran un impacto positivo y tienden a expandirse con apoyo público y privado.
Fuentes y credibilidad de la investigación
Para garantizar precisión en los resultados, la FGV basó su análisis en fuentes confiables.
El estudio utilizó datos del Balanço Energético Nacional (BEN), de la FAO, del IBGE y de la EPE.
Además, el informe incorporó modelaciones internacionales, como el GTAP-Power, una versión extendida de la base GTAP destinada al análisis de la electricidad.
Este enfoque metodológico permite comparaciones entre Brasil y el escenario energético global con seguridad.
Gracias a estas fuentes y métodos, el estudio ofrece un panorama robusto y útil tanto para formuladores de políticas públicas como para inversores, productores e investigadores.
El campo como protagonista de la transición energética
La actuación del sector agropecuario en la producción y el uso de energía renovable comprueba que Brasil sigue en la dirección correcta.
No obstante, la transición energética exige continuidad, foco y articulación entre diferentes agentes.
Por lo tanto, para garantizar el progreso, el país necesita de políticas públicas consistentes, acceso a crédito verde, incentivos a la innovación y apoyo técnico.
Así, será posible ampliar el uso de fuentes limpias, sin comprometer la competitividad de la producción agrícola.
Con una de las mayores biodiversidades del planeta y un vasto potencial en biomasa, Brasil ocupa una posición estratégica en el escenario global de la sostenibilidad.
En este contexto, el agronegocio no solo alimenta al mundo, sino que también proporciona la base energética limpia para que el país crezca con responsabilidad ambiental.
El futuro de la energía renovable utilizada en Brasil no depende solo de grandes obras o megaprojetos.
En realidad, nace todos los días en los cultivos, en las cooperativas, en los biodigestores y en los paneles solares distribuidos por las zonas rurales del país.


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