Una jornada imposible transformó coches en barcos e hijos en héroes al atravesar el océano guiados por un último deseo de un padre que se convirtió en legado eterno
En la mañana del 4 de mayo de 1999, la costa de la isla española de La Palma se convirtió en el punto de partida de una de las historias más improbables de perseverancia y afecto jamás registradas. Los hermanos italianos Marco, Fabio y Mauro Amoretti, junto con su amigo Marcolino De Candia, empujaron al Océano Atlántico dos coches transformados en autocaravanas flotantes.
El objetivo no era solo cruzar aguas desconocidas, sino cumplir un antiguo sueño del padre, Giorgio Amoretti, que ya no tenía fuerzas para llevarlo a cabo.
Un sueño interrumpido, pero no olvidado por los hermanos
Giorgio era fotoperiodista y explorador, y durante décadas alimentó la obsesión de atravesar el Atlántico dentro de un Volkswagen Beetle lleno de espuma, bautizado como “Automare”.
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En 1978, consiguió llevar el proyecto hasta las Islas Canarias, pero fue impedido de continuar por las autoridades españolas, por razones de seguridad.
La frustración nunca lo abandonó. En 1999, un cáncer terminal acabó con cualquier posibilidad de un nuevo intento, dejando la travesía solo en el campo de los deseos.
La decisión de los hijos y los coches adaptados
Ante la imposibilidad del padre de continuar, los hijos decidieron asumir la misión. Eligieron un Volkswagen Passat y un Ford Taunus, ambos convertidos en caravanas flotantes.
Para ello, instalaron motores de barco y sellaron las estructuras con grandes bloques de poliestireno, garantizando flotabilidad.
Los coches fueron adaptados como pequeños refugios, con espacio mínimo para garrafas de agua, comida deshidratada y equipo básico.
Dormir dentro del vehículo era la única opción. En el techo, llevaban un bote inflable con apertura central para entrada y salida en alta mar, además de velas improvisadas que ayudarían a aprovechar los vientos alisios.
Sabiendo que no obtendrían permisos, partieron al amanecer, discretamente.
Hermanos a la deriva entre motores y corrientes
Justo después de partir, ataron los dos coches con cuerdas para evitar que se separaran. En los primeros días, avanzaron con la ayuda de los motores.
Cuando se acabó el combustible, quedaron totalmente dependientes del viento y de las corrientes, iniciando una fase más incierta de la travesía.
El desgaste físico no tardó en aparecer. Fabio y Mauro comenzaron a sufrir mareos intensos y fatiga constante.
Diez días después, tomaron la difícil decisión de abandonar el viaje y fueron rescatados en helicóptero, tras contactar con los servicios de emergencia.
Dos hombres solos en medio del Atlántico
Marco y Marcolino continuaron solos, unidos solo por una cuerda, en pleno océano. En Italia, mientras tanto, Giorgio falleció el 28 de mayo.
La familia optó por no informar a Marco, temiendo que la noticia lo llevara a desistir. Poco después, el teléfono por satélite dejó de funcionar, y durante semanas no hubo ningún contacto con tierra firme.
La rutina pasó a estar marcada por tareas básicas: pescar, racionar agua, vaciar el interior de los coches cuando entraba humedad, reforzar las amarras y mantener las embarcaciones improvisadas unidas.
En algunas ocasiones, la cuerda se rompía, obligándolos a saltar al agua para rehacer los nudos. Todas las tardes, escribían en un diario.
La llegada y el fin de la jornada
El 31 de agosto de 1999, después de 119 días y casi 4.700 kilómetros, los dos llegaron a la costa de Martinica.
Un pequeño grupo de curiosos fue testigo de la improbable escena de los coches flotantes provenientes de las Islas Canarias.
El plan inicial era continuar hasta Cuba y luego a Estados Unidos, pero el agotamiento físico y la falta de recursos pusieron fin al viaje allí.
Marco supo posteriormente de la muerte de su padre. Aun así, sintió que el sueño se había cumplido.
Un legado que continúa
A lo largo de los años, la historia de los “Autonautas” se reunió en un libro y se presentó en charlas e imágenes de archivo, según los propios protagonistas.
Más recientemente, trabajan para llevar esta jornada al cine o a un documental, seguros de que no se trató solo de una aventura extrema, sino de un gesto de despedida, coraje y amor.
Además de la travesía de los hermanos, quedaron los diarios, las fotografías y la memoria de dos coches transformados en hogar, barco y símbolo de un sueño que se negó a hundirse.
Con información de Xataka.



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