Estado con el segundo mayor PIB del país sufre con violencia creciente, crisis fiscal profunda y deterioración de los servicios públicos, llevando a la fuga de habitantes y empresas a un ritmo alarmante.
¿Por qué vivir en Río de Janeiro se volvió ‘imposible’? Vivir en Río de Janeiro se ha convertido en un desafío creciente en los últimos años.
El estado, que ya fue símbolo de desarrollo económico y prestigio político en Brasil, enfrenta actualmente una de las peores crisis sociales y económicas del país.
A pesar de tener el segundo mayor Producto Interno Bruto (PIB) nacional, con cerca de R$ 1 billón, y ser el tercer estado más poblado, Río presenta tasas alarmantes de desempleo, aumento expresivo de la violencia y una degradación visible en los servicios públicos.
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Este conjunto de factores ha impulsado la salida de empresas, reducido la actividad económica y alimentado un ciclo de inestabilidad.
Crisis económica y dependencia de los royalties del petróleo
De acuerdo con el canal “Sin Economês”, que analizó la trayectoria económica y social del estado, la dependencia casi exclusiva de sectores volátiles como el petróleo ha contribuido a la vulnerabilidad fiscal fluminense.
La recaudación de royalties petroleros, que llega a superar R$ 27 billones anuales, no ha sido suficiente para contener el avance del déficit público, ni para mantener el equilibrio de las cuentas estatales.
Según el canal, la previsión de déficit en las finanzas públicas de Río entre 2026 y 2028 ya supera los miles de millones de reales, afectando inversiones esenciales en áreas como salud, educación, transporte y seguridad.
Pérdida de prestigio político e industrialización debilitada
La pérdida de protagonismo de Río de Janeiro comenzó a delinearse en 1960, cuando dejó de ser la capital federal con la inauguración de Brasilia.
Como destacó el canal, este cambio interrumpió un ciclo de prosperidad impulsado por la presencia de los principales órganos del poder público, que atraían inversiones, infraestructura moderna y mano de obra calificada.
La transferencia de la capital resultó no solo en la evasión de servidores públicos, sino también en la retracción de recursos federales y de grandes proyectos.
En las décadas siguientes, especialmente a partir de los años 1970, el ascenso de São Paulo como polo industrial y financiero agravó la situación fluminense.
Datos históricos demuestran que, mientras la industria paulista crecía y consolidaba su posición, la fluminense registraba caída en la participación en el PIB industrial del país, disminuyendo de 28% a alrededor de 15% entre las décadas de 1930 y 1970.
Como explicó “Sin Economês”, esta desindustrialización prematura llevó a la pérdida de complejos productivos, know-how y mano de obra calificada, factores que fueron cruciales para el declive económico.
Boom del petróleo y nuevo colapso
A pesar del descubrimiento de las reservas del pre-sal en la Cuenca de Santos, a inicios de los años 2000, y el impulso de la industria petrolera, el crecimiento fue puntual y no estructuró una base económica diversificada.
El canal observó que, entre 1999 y 2005, la industria fluminense creció 8,7% al año, liderada por sectores ligados al petróleo, construcción naval y logística.
No obstante, la concentración excesiva en este segmento agravó la exposición del estado a las oscilaciones del precio del barril de petróleo en el mercado internacional.
Esta vulnerabilidad se hizo evidente a partir de 2014, cuando la cotización del petróleo cayó más de 60% en pocos meses, impactando directamente la recaudación estatal.
Paralelamente, la Operación Lava Jato reveló un esquema de corrupción que involucraba a empresas públicas y privadas, con fuerte impacto en Petrobras y en el sector de ingeniería pesada.
Según “Sin Economês”, este escándalo paralizó obras estratégicas como el Complejo Petroquímico de Río de Janeiro (Comperj), generando desempleo en masa y retracción de inversiones.
Austeridad forzada y deterioración urbana
La crisis fiscal se profundizó en los años siguientes.
El estado comenzó a registrar atrasos salariales, suspensión de servicios básicos y aumento de las deudas con proveedores.
Entre 2014 y 2017, el desempleo creció 157%, alcanzando más del 10% de la población económicamente activa.
A pesar de cierto crecimiento del PIB en 2024, impulsado por la recuperación post-pandemia, los indicadores sociales y económicos siguen siendo preocupantes.
El canal cita que Río fue uno de los estados con mayor número de desocupados en 2024, quedando entre los cinco peores índices del país.
La deterioración de la infraestructura urbana es otro reflejo del colapso de las cuentas públicas.
Servicios como el transporte, drenaje de aguas pluviales y saneamiento básico operan con recursos insuficientes, lo que ha aumentado los episodios de inundaciones y deslizamientos.
Según el propio canal, cerca de 600 mil residencias solo en la capital fluminense están ubicadas en áreas de riesgo, evidenciando la fragilidad de la ocupación urbana.
Violencia creciente y pérdida de control del territorio
Además, la violencia se ha convertido en uno de los principales factores que hacen inviable la permanencia de familias y empresas en el estado.
En 2023, Río de Janeiro registró un promedio de nueve homicidios por día, cifra superior a la de São Paulo, que tiene una población casi tres veces mayor.
Como subrayó “Sin Economês”, la actuación del crimen organizado —incluyendo milicias y facciones— ha asumido contornos de poder paralelo, especialmente en regiones periféricas.
En estas áreas, son comunes prácticas como toques de queda y cobro de tasas a los residentes, lo que dificulta la presencia del Estado y la implementación de políticas públicas duraderas.
Turismo en caída y éxodo poblacional en Río de Janeiro
Este ambiente de inseguridad también afecta directamente a sectores estratégicos como el turismo, históricamente uno de los pilares de la economía fluminense.
La inestabilidad lleva a la reducción del número de visitantes, cierre de hoteles, caída en la ocupación de restaurantes y pérdidas expresivas de ingresos para los trabajadores del sector.
A pesar de los atractivos naturales reconocidos internacionalmente, Río enfrenta dificultades para diversificar su oferta turística debido a la percepción de inseguridad.
La población ha respondido a este escenario con una creciente evasión.
Más de 100 mil personas han dejado el estado en los últimos 13 años en busca de mejores condiciones de vida, mercado laboral y servicios públicos en otras unidades de la federación.
La pérdida poblacional, combinada con el cierre de empresas y la retracción de inversiones, compromete aún más la capacidad de recuperación económica del estado.
Como apuntó el canal “Sin Economês”, la actual crisis en Río de Janeiro no es resultado de un único factor aislado, sino de la convergencia de décadas de mala gestión, falta de planificación, dependencia de sectores inestables y corrupción sistémica.
El resultado es un ambiente hostil a la permanencia de ciudadanos, con servicios públicos en colapso, economía debilitada y violencia en niveles alarmantes.
Ante un escenario tan complejo y persistente, ¿qué sería necesario para que volver a vivir en Río de Janeiro sea posible nuevamente?


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