En 1979, un experimento audaz de minería en alta mar alteró el fondo del océano con el objetivo de estudiar la extracción de recursos minerales. Décadas han pasado, y ahora los científicos están regresando al lugar para evaluar los efectos de esta intervención. Las marcas en el lecho marino aún son visibles, revelando impactos ambientales que persisten 44 años después.
En 1979, una máquina de minería en alta mar cruzó una área remota del fondo del Océano Pacífico. Fue un experimento. El objetivo: entender el impacto de la minería en aguas profundas.
Casi medio siglo después, la cicatriz permanece visible. Y las consecuencias de esto comienzan, solo ahora, a ser comprendidas.
Una prueba de minería en alta mar que se convirtió en referencia
La región afectada pertenece a la Zona Clarion-Clipperton (CCZ), una vasta área entre Hawái y México. Es ahí donde están los nódulos de manganeso, apodados de “papas de aguas profundas”.
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Contienen metales como níquel y cobalto, importantes para fabricar baterías utilizadas en la transición energética.
En 1979, un experimento removió parte de esos nódulos del suelo oceánico. Pasados 44 años, los científicos volvieron al lugar para ver qué había cambiado. Y encontraron marcas aún frescas.
“Las huellas parecen casi como si hubieran sido hechas ayer”, dijo el Dr. Adrian Glover, del Museo de Historia Natural de Londres.
Esta permanencia no llega a sorprender. En el fondo del mar, los procesos biológicos son lentos. Muy lentos. Pero aun así, la claridad de las marcas asusta. El suelo marino parece paralizado en el tiempo.
Recolización tímida, pero presente
A pesar de la cicatriz visible, la vida comienza a volver. El estudio, realizado en colaboración entre el National Oceanography Centre y el Natural History Museum, analizó la fauna que reapareció en la zona.
Según Glover, los datos muestran los primeros signos de recolonización biológica. Animales pequeños, como el xenofióforo – un organismo unicelular – están reapareciendo. Viven en la superficie del sedimento y son comunes en otras áreas de la CCZ.
Sin embargo, los animales más grandes, que viven fijados al suelo, casi no han regresado. Su presencia aún es rara. La razón de esto no está clara, y los científicos no saben lo que esto puede significar para el equilibrio del ecosistema marino.
La escala del impacto de la minería en alta mar sigue siendo un misterio
Una de las dificultades para evaluar los riesgos de la minería en alta mar radica en el tamaño del área estudiada. La experiencia de 1979 ocurrió en una porción pequeña del fondo del mar.
Comparado con una operación comercial, es como mirar un grano de arena.
Una mina real puede ocupar hasta 10.000 km². Un solo contrato de minería cubre alrededor de 70.000 km². La propia CCZ tiene cerca de 6 millones de km². Y esto representa solo el 2% de la llanura abisal global, que cubre más de la mitad de la superficie sólida del planeta.
Por lo tanto, los científicos afirman que es prácticamente imposible usar los datos del experimento para prever el impacto en escala global. La extrapolación sería demasiado arriesgada.
¿Y las plumas de sedimentos?
Otro punto importante del estudio fue el análisis de las plumas de sedimentos. Cuando ocurre la minería, las partículas son lanzadas al agua. Esto forma nubes que pueden sofocar organismos y alterar el ambiente marino.
Sin embargo, el estudio de 2023 no encontró efectos negativos duraderos en este aspecto. La presencia de animales en las áreas afectadas era similar a la de lugares no minados. Según los investigadores, los impactos de las plumas parecen ser más limitados de lo que se imaginaba.
Aun así, Glover es cauteloso. Los datos aún son insuficientes para conclusiones definitivas. “Es un paso más cerca de entender lo que puede ocurrir con la minería en alta mar”, dijo.
Protección parcial, incertidumbre total
Para intentar reducir los riesgos, se han creado áreas protegidas en la CCZ. Cubren alrededor de 2 millones de km², lo equivalente al 30% de la región en explotación. La idea es garantizar que, incluso con la minería, parte de la biodiversidad sea preservada.
¿El problema? Aún no sabemos qué vive en esas áreas. No hay estudios completos que permitan comparaciones entre las zonas protegidas y las áreas exploradas. Así, no se puede saber si esta estrategia realmente funciona.
Glover explica que el enfoque ahora debe ser entender estas regiones de protección. Saber qué especies viven allí. Y solo entonces evaluar el riesgo de perder especies para siempre.
Una alerta sobre el futuro
El estudio, publicado en la revista Nature, trae un mensaje claro: los efectos de la minería en alta mar pueden durar mucho más de lo que se imagina. Incluso después de 44 años, las huellas están ahí. Claras, visibles, inalteradas.
Y esto es solo el comienzo. La industria aún está en las etapas iniciales. La mayoría de las operaciones comerciales ni siquiera han comenzado. Pero la presión por metales como el níquel y el cobalto aumenta cada año. La demanda por baterías crece junto con la promesa de una economía más verde.
El dilema es real. Extraer metales de la tierra tiene enormes impactos ambientales. El fondo del mar parece una alternativa. Pero aún no sabemos a qué costo.
La investigación del Dr. Glover y su equipo es una de las primeras en mostrar, con datos a largo plazo, lo que puede estar por venir. Y señala lo que todavía falta por entender: los riesgos para la biodiversidad, la recuperación de ecosistemas, la eficacia de las áreas protegidas.
No hay respuestas fáciles. Pero el tiempo corre. Porque las huellas de 1979 siguen ahí. Intactas. Como un recordatorio de lo que puede suceder, si el futuro llega más rápido que el conocimiento.

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