De postal a ruina silenciosa, y de vuelta a la gloria. Conozca la historia del puente que estuvo casi 40 años cerrado y exigió una restauración sin precedentes para ser reerguido.
El Puente Hercílio Luz es más que una estructura metálica que une la Isla de Santa Catarina con el continente. Es la crónica de una capital que luchó por no ser aislada, un hito de la ingeniería mundial y un símbolo de la resiliencia brasileña. Cerrado por casi cuatro décadas, la «Vieja Señora» parecía condenada. Sin embargo, una operación de ingeniería inédita en el mundo le devolvió la vida, transformando un monumento en peligro en un espacio público vibrante para el siglo XXI.
La construcción del puente y su importancia
A principios del siglo XX, Florianópolis enfrentaba una amenaza real: el aislamiento. La capital, ubicada en una isla, dependía de balsas para conectarse con el resto del estado, alimentando movimientos que pedían la transferencia de la capital al continente. Para el gobernador Hercílio Luz, la solución era estratégica: construir un puente.
El proyecto elegido fue audaz. Diseñada por los ingenieros americanos Robinson & Steinman, la estructura sería un puente colgante, pero con una tecnología rara: en lugar de cables, usaría cadenas de barras de ojal. Esta característica la convirtió en el mayor puente del mundo con este sistema, y hoy, es el único que aún existe.
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Toda la estructura de acero, con alrededor de 5.000 toneladas, fue fabricada en Estados Unidos y transportada por barcos. Inaugurado el 13 de mayo de 1926, el puente recibió el nombre de su idealizador, fallecido antes de ver la obra terminada. De inmediato, se convirtió en el principal postal de Santa Catarina, consolidó Florianópolis como capital y se volvió el vínculo vital para el desarrollo de la ciudad.
Décadas de silencio y el riesgo de colapso

La recomendación de «vigilancia para la conservación», hecha por los ingenieros en 1926, fue ignorada por décadas. La falta de mantenimiento adecuado, sumada a la corrosión por la bruma marina, llevó la estructura al límite. En 1982, se encontró una fisura crítica en una de las barras de ojal, poniendo al puente en riesgo inminente de colapso. La interdicción total fue inevitable.
Ese año, el puente todavía era responsable de casi 44% del tráfico de la ciudad. Tras una breve reapertura parcial, fue cerrado definitivamente en 1991. Durante casi 30 años, la «Vieja Señora» permaneció como un esqueleto oxidado en el corazón de la ciudad, un símbolo de inercia y promesas no cumplidas. Para evitar un colapso, 400 toneladas de asfalto fueron removidas del vano central.
Paradójicamente, mientras se deterioraba, su valor cultural crecía. La sociedad se movilizó y el puente fue declarado patrimonio histórico a niveles municipal (1992), estatal (1997) y federal (1998), un acto que lo salvó de la demolición, pero obligó al Estado a enfrentar uno de los mayores desafíos de ingeniería del país.
La resurrección del puente

Restaurar el Puente Hercílio Luz era un enigma. ¿Cómo reemplazar las barras de ojal, si eran ellas las que sostenían las 4.400 toneladas del vano principal? La solución, ejecutada por la constructora Teixeira Duarte, fue una proeza clasificada como «vitrina de la ingeniería para el mundo».
Una estructura provisional con cuatro torres metálicas y un sistema de 54 gatos hidráulicos fue montada debajo del puente. En una operación tensa y controlada por computadora, los gatos elevaron milimétricamente todo el vano central, transfiriendo el peso y aliviando la tensión en las cadenas de suspensión por primera vez desde su construcción.
Con la estructura sostenida artificialmente, los ingenieros pudieron realizar la «cirugía». Todas las 360 barras de ojal fueron reemplazadas por nuevas, hechas de acero de altísima resistencia. Pendurales, partes de la plataforma y fundaciones fueron reemplazadas o reforzadas. En total, alrededor de 40% del peso del puente es de acero nuevo. Esencialmente, un nuevo puente fue construido dentro de la silueta del antiguo.
Costos y lecciones de un proyecto histórico

La victoria de la ingeniería tuvo un costo financiero y político gigantesco. A lo largo de casi cuatro décadas, los gastos con el puente se acumularon. Estimaciones de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) de Alesc señalan un valor que puede superar los R$ 700 millones.
La saga del puente es una dura lección sobre gestión pública. La «Regla de Sitter», que dice que los costos de reparación crecen exponencialmente con la negligencia, se aplicó perfectamente. La descontinuidad administrativa, con cada gobierno cambiando las prioridades, solo encareció y retrasó la solución. La investigación de la CPI buscó identificar a los responsables de la mala aplicación de los recursos a lo largo de décadas de contratos y obras paralizadas.
Ocio, movilidad y el futuro
El 30 de diciembre de 2019, el Puente Hercílio Luz fue reabierto en una fiesta que reunió a cerca de 200.000 personas. La «Vieja Señora» renació no solo como una vía, sino como un espacio público moderno.
Hoy, su uso es multimodal. Durante la semana, el puente prioriza el transporte colectivo, aliviando el tráfico de la ciudad. Durante los fines de semana y días festivos, se transforma en una gran área de ocio, cerrada para coches y abierta para peatones y ciclistas.
La revitalización continúa, con la instalación de una iluminación escénica de LED y la requalificación de los extremos. El mantenimiento, antes olvidado, ahora es una prioridad, con intervenciones programadas y transparentes. El puente que alguna vez fue símbolo de abandono es hoy un ejemplo de innovación, convivencia y, sobre todo, la prueba de que es posible rescatar un ícono y devolverlo a la población.
Con información de Viva la Puente, Gobierno de SC.

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