La invención del éter como anestésico revolucionó la medicina y puso fin a la era de las cirugías realizadas con dolor e improvisación
Hasta el inicio del siglo 19, cirugía era sinónimo de dolor. Sin anestesia eficaz, médicos y dentistas recurrían al opio, al alcohol y al “gas de la risa”, el óxido nitroso. Este último, sintetizado en 1772, hasta ayudaba a aliviar, pero no era suficiente para sedar completamente.
Fue solo en septiembre de 1846 que algo diferente ocurrió. El dentista americano William T. G. Morton realizó la primera extracción dental sin dolor.
La noticia se difundió, y en poco tiempo fue invitado por un famoso cirujano de Boston a repetir el hecho en una cirugía mayor.
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Morton usó un paño empapado con una sustancia que él llamó Letheon. El paciente inhaló y se durmió.
La sustancia misteriosa, sin embargo, no era nueva. Se trataba de éter etílico, hasta entonces conocido por su uso recreativo.
El nombre Letheon era solo una jugada de marketing, inspirado en el río Lete de la mitología griega, que haría que las almas olvidaran el pasado.
Pero Morton no fue el primero en usar el éter como anestésico. En 1842, el médico americano Crawford W. Long ya había realizado cirugías bajo el efecto de la sustancia.
Él se dio cuenta de que sus pacientes no recordaban el dolor. Sin embargo, solo publicó sus experimentos en 1849, cuando Morton ya había ganado notoriedad en los periódicos y hasta cruzado el Atlántico.
Morton intentó registrar el Letheon y lucrar con su descubrimiento. La comunidad científica no aprobó. El éter ya existía, y el intento de patente parecía oportunista.
La disputa por el crédito se volvió aún más intensa con la entrada de otros nombres: Horace Wells, asistente de Morton, y Charles Jackson, profesor de química que enseñó a Morton a usar el éter.
El final de la historia de Morton fue trágico. Murió en la ruina, en 1868, con la reputación dañada. Aun así, tuvo un mérito reconocido más tarde: creó el primer dispositivo para controlar la inhalación del éter durante las cirugías. Era simple, con frascos de vidrio y boquillas de madera, pero ayudaba a evitar sobredosis.
La popularización del éter abrió camino para otras sustancias. El cloroformo, por ejemplo, fue utilizado por la Reina Victoria en el parto de su octavo hijo, en 1853.
La aprobación de la monarca impulsó el uso a gran escala. Era el fin de la era de las cirugías sin anestesia.
Con información de Super Interesante.

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