Tecnología japonesa usa bacterias para solidificar suelos arenosos y evitar liquefacción en terremotos, con avances recientes de la NIED y universidades, basados en la técnica MICP estudiada internacionalmente desde 2011 y revistas.
En abril de 2023, la Agencia Japonesa de Investigación de Desastres Naturales (NIED), junto con equipos de la Universidad de Tohoku, la Universidad de Kobe y el Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología Industrial Avanzada, volvió a ganar destaque en periódicos japoneses y revistas científicas tras publicar nuevos avances en ensayos de campo de una tecnología considerada revolucionaria para regiones sísmicas: el uso de bacterias para solidificar el subsuelo arenoso e impedir que se transforme en una especie de lodo líquido durante terremotos. Además de la cobertura en periódicos técnicos de Japón, la tecnología ya había sido abordada en publicaciones internacionales como Journal of Geotechnical and Geoenvironmental Engineering y Geomicrobiology Journal, que discuten desde 2011 la base científica de la técnica, denominada MICP – Microbially Induced Calcite Precipitation.
Cuando el suelo se comporta como líquido y la biotecnología surge como alternativa
La motivación no surgió de la nada. Japón convive con terremotos diariamente y colecciona desastres asociados a un fenómeno poco conocido fuera de la ingeniería: la liquefacción del suelo. Durante el terremoto de Tōhoku, en 2011, y en el gran evento sísmico de Niigata, en 1964, barrios enteros se hundieron unos centímetros, tuberías emergieron de la tierra como si estuvieran “flotando”, calles se retorcieron y cientos de casas quedaron torcidas. Todo eso no debido al colapso estructural de los edificios, sino porque el suelo arenoso saturado en agua perdió resistencia y literalmente comenzó a comportarse como un fluido.
Las soluciones tradicionales para mitigar este efecto involucran compactación profunda, inyección de cemento en el subsuelo o drenajes verticalizados. Todas son caras, lentas y requieren grandes equipos. Es justamente en este punto donde entra Japón con su diferencial: usar bacterias naturales para transformar una arena inestable en algo más parecido con un arenito cohesionado, sin abrir zanjas anchas, sin inyectar cemento y sin necesitar remover a los residentes.
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Lo que realmente los japoneses están haciendo técnicamente
La técnica llamada MICP consiste en introducir en el suelo micro-organismos que son capaces de inducir la precipitación de calcita (carbonato de calcio), el mismo material que forma conchas y corales. Las bacterias utilizan urea como sustrato y, al metabolizarla, generan condiciones químicas que hacen que el calcio se adhiera a la arena, llenando poros y creando una especie de “cemento biológico”. Este proceso endurece el suelo a lo largo de días o semanas, dependiendo de la temperatura y de la composición local.
Investigadores japoneses no solo realizaron experimentos de laboratorio, sino pruebas de campo utilizando tramos reales de suelo arenoso. En 2020, un experimento conducido en zonas costeras de Chiba y en terrenos de investigación de la Universidad de Kobe midió la resistencia del suelo antes y después de la aplicación de la técnica. Según informes divulgados por la NIED, la aplicación resultó en un aumento significativo de la resistencia a la penetración y en una reducción de la deformación durante ensayos que simulan carga sísmica. En lenguaje sencillo, el suelo dejó de “fluir” tan fácilmente bajo vibración.
Además de la resistencia al corte, parámetros como la elasticidad y la permeabilidad también fueron evaluados. Uno de los puntos más importantes fue demostrar que la calcita no se forma solo en la superficie, sino a lo largo de profundidades de 1 a 10 metros, lo que es esencial para evitar la liquefacción en barrios costeros y llanuras sedimentarias, como las que existen en la Gran Tokio.
Dónde la tecnología está siendo probada y por qué eso importa
Contrario a lo que muchas personas imaginan, la liquefacción no ocurre solo durante terremotos gigantescos. Eventos moderados, combinados con suelos arenosos saturados y proximidad al mar, son suficientes para causar costosos daños en infraestructuras urbanas. Es por eso que ciudades como Chiba, Tsukuba, Niigata y Kobe son consideradas “laboratorios naturales” por los ingenieros.
En Niigata, por ejemplo, el terremoto de 1964 es hasta hoy utilizado en cursos de geotecnia en todo el mundo como el caso más didáctico de liquefacción urbana moderna. En el episodio, los edificios no colapsaron por falla estructural, sino que se inclinaron con sus fundaciones enteras. Esta imagen icónica moldeó décadas de investigación en Japón.
Cuando los japoneses demuestran que es posible solidificar suelos arenosos con bacterias sin remover a los residentes y sin interrumpir la malla urbana, eso cambia completamente el panorama de prevención. Significa que zonas industriales cercanas al mar, tramos portuarios, pistas aeroportuarias, gasoductos enterrados, barrios enteros sobre rellenos y depósitos de combustible pueden ser estabilizados con intervenciones discretas y sin cemento.
También hay una ventaja ambiental importante: comparado con métodos tradicionales como la inyección de cemento, el MICP emite mucho menos CO₂, no requiere camiones transportando toneladas de material y puede ser interrumpido y retomado fácilmente.
El trasfondo biológico que poca gente conoce
Muchas personas encuentran curioso que la solución a un problema tan mecánico provenga justamente de la microbiología. Sin embargo, bacterias que precipitan calcita existen naturalmente en cuevas, lechos marinos y arrecifes de coral. Ya se utilizan en ingeniería desde hace décadas para reparar microfisuras en concreto, en un campo llamado “concreto autorregenerativo”.
La gran diferencia de Japón es la aplicación en contexto geotécnico, que involucra presiones y escalas completamente diferentes. En laboratorio, formar calcita entre partículas de arena es una cosa; hacer eso en metros cúbicos de suelo real, con variaciones de pH, temperatura, salinidad y compactación, es otra.
Las pruebas japonesas ocurren con especies bacterianas seleccionadas por ser seguras, naturalmente presentes en el ambiente y capaces de operar en condiciones variables. Un punto crucial observado por los investigadores es el control de la tasa de ureólisis, que regula cuánto de calcita se produce y evita que el suelo se vuelva demasiado rígido o bloqueado hasta el punto de impedir el drenaje natural.
Ventajas y desafíos de la técnica en comparación con métodos tradicionales
La gran ventaja es la ausencia de máquinas pesadas y cemento. Una calle no necesita ser totalmente cerrada para que el suelo bajo ella sea reforzado. La técnica puede ser aplicada a través de inyección desde la superficie, o por pozos estrechos, mientras el tráfico y los peatones continúan circulando. Eso cambia la lógica económica de la ingeniería sísmica urbana.
Por otro lado, los desafíos no son triviales. Uno de ellos es la durabilidad química del carbonato de calcio a lo largo de décadas. Otro es el costo a gran escala, ya que es necesario producir urea y garantizar el suministro adecuado de calcio. También existe el trabajo de estandarización regulatoria, ya que cualquier cosa que involucre microbiología y medio ambiente exige normas sanitarias.
Investigadores japoneses insisten en que no se trata de “echar bacterias en el subsuelo”, sino de un proceso controlado, calculado y monitoreado, con ensayos de penetración, piezometría y modelado de flujo. Esa diferencia es esencial para entender por qué las etapas aún están en fase pre-comercial en muchos lugares.
Impacto global y lo que esto puede representar en el futuro de la ingeniería civil
Si la técnica se consolida, Japón puede reescribir la ingeniería sísmica urbana del siglo XXI. Países como Chile, Nueva Zelanda, Indonesia, Turquía, Grecia y partes de EE.UU. enfrentan el mismo problema. Ciudades costeras sedimentarias como Los Ángeles, San Francisco, Vancouver y Santiago poseen suelos propensos a liquefacción, especialmente después de fuertes lluvias o crecidas de acuíferos.
La idea de usar biotecnología para reemplazar métodos de alta emisión y alto costo llama la atención internacional no solo por la eficiencia, sino por el simbolismo: ingeniería geotécnica que imita procesos naturales. Si Japón está logrando “pegar arena” con bacterias, la frontera entre biología e infraestructura tiende a desaparecer en los próximos años.



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