Cambio en el edulcorante de Coca-Cola enfrenta barreras comerciales tras decisión política de EE. UU. Tarifas sobre el azúcar importado de Brasil y México dificultan la transición y ponen en riesgo la nueva propuesta de la marca en el país.
Los planes de Coca-Cola para sustituir el jarabe de maíz por azúcar de caña enfrentan obstáculos comerciales que pueden inviabilizar el cambio.
Una propuesta que podría transformar una de las bebidas más icónicas del mundo choca con cuestiones comerciales delicadas.
En julio de 2023, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró haber negociado un acuerdo con la Coca-Cola para reemplazar el uso del jarabe de maíz de alta fructosa por azúcar de caña como edulcorante principal en sus productos.
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La medida formaba parte de la política «Make America Healthy Again» (Hacer América Saludable Nuevamente), cuyo objetivo era promover hábitos alimentarios más saludables entre los ciudadanos estadounidenses.
A pesar del potencial impacto positivo en la salud pública, la propuesta enfrenta serios obstáculos económicos, principalmente debido a la amenaza de tarifas sobre importaciones de México y Brasil, dos de los mayores proveedores de azúcar al mercado estadounidense.
El jarabe de maíz aún domina el mercado de EE. UU.
El jarabe de maíz se ha consolidado como edulcorante predominante en la industria estadounidense por ser ampliamente disponible, barato y subsidiado por el gobierno.
De acuerdo con datos de GlobalData, Estados Unidos cultivó alrededor de 36,5 millones de hectáreas de maíz en 2023, quedando solo detrás de China en extensión de producción agrícola.
Esta abundancia permite al país satisfacer la demanda interna de jarabe de maíz sin recurrir a importaciones, lo que reduce costos y riesgos logísticos.
Por otro lado, la producción doméstica de azúcar no es suficiente para abastecer el mercado, especialmente en lo que respecta al tipo derivado de la caña.
La dependencia externa y los impactos del «tarifaço»
La dependencia estadounidense de países exportadores para obtener azúcar de caña puede comprometer la propuesta de reformulación de Coca-Cola.
Según datos del Observatory of Economic Complexity, en 2023 EE. UU. importó aproximadamente US$ 2,4 mil millones en azúcar bruto, pero exportó solo US$ 230 millones.
México fue responsable de alrededor del 33% de estas importaciones, mientras que Brasil proporcionó el 23%.
Sin embargo, en las semanas siguientes al anuncio de la medida, el gobierno de EE. UU. amenazó con imponer tarifas del 30% sobre productos mexicanos y de hasta el 50% sobre los brasileños, lo que haría que la sustitución del edulcorante fuera mucho más cara para Coca-Cola.
Rory Gopsill, analista senior de consumo de GlobalData, destaca que esta estrategia podría comprometer económicamente la reforma propuesta.
El costo de la reformulación: desafíos para Coca-Cola
Abandonar el jarabe de maíz, que cuenta con un fuerte apoyo de los productores agrícolas de EE. UU., representa un movimiento arriesgado para Coca-Cola.
Además de los costos asociados al cambio de ingredientes, la empresa tendría que reformular recetas, renegociar contratos con proveedores y ajustar su cadena de producción.
También existen riesgos de aceptación por parte del consumidor estadounidense, acostumbrado durante décadas al sabor y la composición actual de la bebida.
Con el riesgo adicional de tarifas encareciendo el azúcar importado, la estrategia podría resultar económicamente inviable, frustrando tanto los objetivos comerciales de la marca como las metas de la política pública defendida por Trump.
Alternativas viables: producción en México puede ser el camino
Una solución considerada por la propia Coca-Cola es transferir parte de la producción a México, donde el azúcar de caña ya es el edulcorante estándar en la industria de bebidas.
Con esto, sería posible minimizar los impactos de la reformulación y evitar la compleja adaptación en los centros productivos de Estados Unidos, según el análisis de Gopsill.
No obstante, esta maniobra también depende de factores externos, como el mantenimiento de las exenciones arancelarias previstas en el Tratado entre México, EE. UU. y Canadá (T-MEC).
Si los productos importados de México continúan exentos de las nuevas tarifas, Coca-Cola podría aumentar el volumen de bebidas o insumos traídos de allí, dentro de los parámetros del acuerdo.
Si, por el contrario, EE. UU. impone realmente el 30% de tarifa sobre las importaciones mexicanas, los costos logísticos y operativos volverán a aumentar, reduciendo las posibilidades de viabilizar la transición al azúcar de caña.
Implicaciones más amplias para la industria
La discusión en torno a Coca-Cola refleja un problema mayor para el sector de bebidas y alimentos de Estados Unidos.
El uso de edulcorantes altamente procesados, como el jarabe de maíz, es frecuentemente criticado por expertos en salud, que asocian el ingrediente a enfermedades como la obesidad y la diabetes.
La sustitución por azúcar de caña es vista por muchos como un paso positivo, aunque no resuelva todos los problemas relacionados con el consumo excesivo de azúcar.
No obstante, el conflicto entre políticas de salud pública y prácticas proteccionistas en la agricultura y comercio exterior crea una contradicción difícil de resolver.
Mientras el gobierno trata de incentivar hábitos más saludables, las medidas proteccionistas terminan favoreciendo los ingredientes menos saludables por ser más baratos y abundantes.
Perspectivas para el futuro
La posibilidad de una Coca-Cola endulzada con azúcar de caña vendida a gran escala en Estados Unidos sigue siendo incierta.
El debate reúne cuestiones económicas, políticas, regulatorias y culturales, reflejando la complejidad de la industria alimentaria en tiempos de cambios globales.
Si por un lado hay presión por elecciones más saludables, por otro, la logística, los costos y los intereses comerciales dificultan la implementación de cambios sustanciales.
Coca-Cola, que ya vende versiones con azúcar de caña en otros mercados, como México y Brasil, puede seguir probando alternativas regionales hasta encontrar un modelo viable en Estados Unidos.
Mientras tanto, los consumidores atentos a la salud continúan presionando por mayor transparencia y opciones más naturales en las estanterías de los supermercados.
Y el futuro de la alimentación sigue siendo un campo de batalla entre intereses económicos, políticas públicas y elecciones individuales.

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