Iniciativa ambiental peruana moviliza al gobierno, comunidades y sector privado para recuperar áreas degradadas de Machu Picchu con especies nativas adaptadas a los Andes, en respuesta a incendios, erosión y pérdida de biodiversidad que amenazan uno de los patrimonios más sensibles del mundo.
El gobierno del Perú ha iniciado una nueva fase de la campaña “Un millón de árboles” en el Santuario Histórico de Machupicchu, con la meta de ampliar la siembra y el mantenimiento de especies nativas en áreas degradadas por la pérdida de cobertura vegetal, incendios forestales recurrentes y el desgaste progresivo del suelo.
Presentada el 30 de marzo de 2026 por el Ministerio del Ambiente, en coordinación con el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp), la iniciativa busca movilizar al poder público, comunidades locales, empresas y ciudadanos en la recuperación ambiental de una de las áreas más sensibles del territorio peruano.
Insertado en un espacio que concentra valor arqueológico, paisajístico y ecológico, el Santuario Histórico de Machu Picchu integra el sistema de áreas protegidas del país y figura en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1983, condición que amplía la presión por medidas permanentes de conservación.
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Reforestación en Machu Picchu apunta a áreas degradadas y riesgo de erosión

Según el Ministerio del Ambiente, la siembra se concentra en zonas afectadas por la pérdida de cobertura vegetal y por la degradación de los suelos, priorizando tramos donde la restauración puede mejorar la retención de agua, reducir procesos erosivos y recomponer hábitats naturales comprometidos a lo largo de las últimas décadas.
Además de la siembra inicial, el proyecto prevé un seguimiento continuo de las plántulas, estrategia considerada decisiva en áreas andinas de alta sensibilidad ecológica, donde factores como altitud, variación climática y calidad del suelo influyen directamente en la supervivencia y el desarrollo de la vegetación.
Durante la presentación oficial, la ministra del Ambiente, Nelly Paredes del Castillo, afirmó que la protección de los bosques exige acción conjunta entre el Estado, el sector privado y la sociedad, mientras que la cartera destacó que la meta no se limita al volumen de árboles plantados, sino a la recuperación de funciones ecológicas esenciales.
Retomando iniciativas anteriores asociadas al mismo objetivo de plantar 1 millón de árboles, el proyecto ya ha sido relacionado con la recuperación de cientos de hectáreas degradadas, involucrando sectores andinos y amazónicos del santuario, además de áreas de la llamada zona de amortiguamiento que rodea la región protegida.
Especies nativas de los Andes son base de la recuperación ambiental
En el centro de la estrategia está la elección de especies adaptadas a las condiciones específicas de altitud, humedad y relieve, incluyendo aliso, queuña, chachacomo, tara y sauco, además de otras plantas seleccionadas según el tipo de suelo y las características ambientales de cada área de intervención.
Considerada estratégica en los altos Andes, la queuña presenta resistencia al frío y contribuye a la protección de laderas, mientras que el aliso es ampliamente utilizado en proyectos de restauración por favorecer la recuperación de suelos degradados, y el chachacomo actúa en la recomposición de la cobertura vegetal en paisajes andinos.
De acuerdo con materiales oficiales de la campaña, estas especies también desempeñan un papel relevante en la captación de agua, en la estabilización del suelo y en la reconstrucción de hábitats para la fauna local, elementos esenciales para restablecer el equilibrio ecológico del santuario.

En etapas anteriores, el programa también incorporó especies como tasta, pacaymono, chalanque, incienso y quina, indicando una adaptación continua de la restauración a los diferentes ambientes del santuario, que alberga un mosaico ecológico con distintos pisos altitudinales y elevada biodiversidad.
Incendios, deslizamientos y presión ambiental aceleran medidas de protección
La relación entre reforestación y protección de Machu Picchu va más allá del simbolismo, ya que el sitio enfrenta, desde hace décadas, amenazas ligadas a incendios, deslizamientos de tierra, presión humana y fallas de gobernanza, factores que afectan simultáneamente el patrimonio cultural y el equilibrio ambiental de la región.
Uno de los episodios más marcantes ocurrió en 1997, cuando un incendio de grandes proporciones consumió más de 800 hectáreas de bosque de montaña en las proximidades del sitio, evidenciando la vulnerabilidad del territorio ante eventos extremos y la ausencia de cobertura vegetal adecuada.
Informes internacionales apuntan que la combinación entre laderas empinadas, lluvias intensas y supresión de la vegetación amplía el riesgo de erosión e inestabilidad del terreno, creando un escenario en el que intervenciones basadas en la naturaleza ganan relevancia como forma de mitigación de daños.
En este contexto, la siembra de especies nativas funciona tanto como medida de restauración ecológica como barrera natural capaz de retener humedad, proteger el suelo y reducir impactos asociados al escurrimiento superficial, contribuyendo a la preservación de estructuras naturales y arqueológicas.
Movilización nacional involucra al gobierno, comunidades y donaciones
Además del componente técnico, la campaña fue estructurada para incentivar la participación pública, permitiendo que ciudadanos y organizaciones contribuyan a través de una plataforma digital, estrategia que busca transformar la restauración de Machu Picchu en una agenda compartida entre diferentes sectores de la sociedad.
Durante el lanzamiento oficial, participaron representantes de comunidades locales, del municipio de Ollantaytambo, del gobierno regional de Cusco y del Sernanp, reforzando el carácter articulado de la iniciativa en un territorio donde intereses ambientales, turísticos y culturales coexisten de forma permanente.
En este escenario, la recuperación forestal gana relevancia como respuesta a daños acumulados y como intento de fortalecer la resiliencia de un territorio altamente dependiente del equilibrio ecológico, reduciendo la vulnerabilidad de Machu Picchu ante impactos que pueden volverse irreversibles.

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