Brasil se prepara para realizar su primer subasta de áreas para la generación de energía eólica en el mar, la llamada eólica offshore, una apuesta que estudios del Banco Mundial describen como capaz de convertirse en la nueva gran fuente de energía firme del país, comparable a las hidroeléctricas. El litoral brasileño, sobre todo en el Nordeste y en el Sur, reúne vientos fuertes y constantes ideales para turbinas instaladas en el océano.
La promesa es enorme, pero hay un obstáculo en el camino: la regulación está atrasada. El decreto que debería destrabar las inversiones billonarias aún no ha salido, y el Senado discutió el cuello de botella en junio, en una señal de que el sector exige rapidez para no perder el tren de una tecnología que avanza rápidamente en el mundo.
Qué es la eólica offshore
La eólica offshore es la generación de energía eléctrica por turbinas instaladas en el mar, en lugar de en tierra. En el océano, los vientos suelen ser más fuertes, más constantes y menos sujetos a obstáculos, lo que hace que cada turbina rinda mucho más que una equivalente en tierra firme. La contrapartida es el costo: instalar y operar turbinas en el mar es mucho más caro y complejo.
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El potencial del litoral brasileño llama la atención de todo el mundo. Estudios señalan que el país podría, en teoría, generar varias veces su demanda actual de electricidad solo con el viento del mar, especialmente en la costa del Nordeste, donde el régimen de vientos es uno de los mejores del planeta. Es este potencial el que hace que el Banco Mundial compare la fuente con las hidroeléctricas que sostuvieron el desarrollo brasileño.

Por qué aún no ha salido del papel
El principal obstáculo es regulatorio. Para subastar áreas en el mar, el país necesita reglas claras sobre cómo ceder esos espacios, licenciar los proyectos y conectar la energía a la red en tierra. El decreto que organizaría todo esto se esperaba para el primer semestre de 2026, pero se ha retrasado, y cada mes de demora aplaza inversiones que suman decenas de miles de millones de reales.
El timing es delicado.
Mientras Brasil discute las reglas, países de Europa y Asia ya operan grandes parques eólicos en el mar y dominan la tecnología. El riesgo es que el país llegue tarde a una industria que genera empleos, atrae fábricas y mueve la cadena naval, precisamente los sectores que más necesitan impulso. Por eso el sector presiona por una definición rápida.
La conexión con el hidrógeno verde
Hay un motivo extra para el entusiasmo: la eólica offshore es vista como la base para la producción de hidrógeno verde, el combustible limpio que Brasil quiere exportar. La energía abundante y barata generada en el mar podría alimentar plantas que producen hidrógeno a partir del agua, creando una nueva industria de exportación y colocando al país en el mapa de la transición energética global.

Esta combinación amplía el valor estratégico de la fuente. No se trata solo de generar electricidad, sino de construir una cadena industrial entera, desde la fabricación de turbinas hasta los puertos que darían soporte al montaje y a la operación de los parques en el mar. Es una oportunidad de desarrollo que va mucho más allá de la factura de la luz.
Los próximos pasos
La expectativa del sector es que el decreto salga y la primera subasta de áreas ocurra en los próximos años, abriendo camino para que la energía comience a ser generada en la próxima década, dado el tiempo necesario para construir los parques. Es una inversión a largo plazo, del tipo que requiere planificación y estabilidad de reglas.

Si la regulación se destraba, la eólica offshore puede reforzar una de las matrices energéticas más limpias del mundo, ya dominada por hidroeléctricas, solar y eólica en tierra. Según la CNN Brasil y estudios del Banco Mundial, el viento del mar tiene potencial para convertirse en una pieza central de la energía brasileña en las próximas décadas, siempre que el país consiga salir de la discusión y pasar a la práctica.
