Jaciara Sacramento Souza, la Cici de Amaralina, se convirtió en baiana de acarajé siendo aún niña y es una de las más antiguas del Largo das Baianas, según la Abam. A los 72 años, suma 65 de oficio y mantiene vivo el acarajé en Salvador en el punto que la familia ocupa hace más de 80 años.
A los 7 años de edad, una niña de Salvador fue dada por perdida por un médico famoso de la ciudad. El diagnóstico era una sentencia, y el consejo dado a su madre sonó como el fin. Más de seis décadas después, esa niña tiene 72 años, atiende clientes dos veces por semana y fríe el acarajé con sus propias manos en el mismo Largo das Baianas de siempre. Cici de Amaralina no solo sobrevivió sino que construyó una vida entera sobre el tablado, desafiando a la medicina hace 65 años.
La historia fue contada por el Jornal Correio en marzo de 2026, dentro de la cobertura de los 477 años de la capital bahiana. Detrás del apodo cariñoso está Jaciara Sacramento Souza, hoy reconocida por la Abam como una de las baianas de acarajé más longevas en actividad en Salvador. Ella representa, en un solo cuerpo, la fe del candomblé, la resistencia de una familia y un pedazo vivo del patrimonio brasileño, vendido calentito cada miércoles y domingo.
«Devuelva el dinero de la consulta, lo va a necesitar para enterrar a la hija»

A los 7 años, en 1961, sufría de dolores de cabeza y fatiga, y su madre la llevó a un médico famoso y médium de la ciudad. El veredicto fue brutal. «Devuelva el dinero de la consulta a su madre que lo va a necesitar para enterrar a la hija», dijo el médico, según el relato de ella al Jornal Correio. Estaba decretado que la niña no pasaría de allí.
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Lo que sucedió después, Cici lo atribuye a la fe. Ella cuenta que se recuperó tras un ritual en el candomblé, y a partir de ahí la religión comenzó a guiar su vida. «Fui curada y estoy aquí hasta hoy viva y con salud desafiando a la medicina y vendiendo acarajé», resume la baiana de acarajé, con la ligereza de quien ya ha contado esa historia mil veces. La cura, en su visión, vino del terreiro, no del consultorio.
Este es el nudo emocional que hace su trayectoria tan fuerte. No se trata solo de una señora que trabaja desde hace mucho tiempo, sino de alguien que transformó una sentencia de muerte en la infancia en 65 años de oficio. Cada acarajé que ella sirve lleva, en silencio, la historia de quien fue desahuciada y siguió firme. Es superación en la forma más concreta posible, medida en décadas detrás de un tabuleiro.
Una familia de baianas y un punto con más de 80 años
Cici no llegó al acarajé por casualidad, ella nació dentro de él. La madre, Antonieta Sacramento, era baiana de acarajé, y la abuela de crianza, Maria de Katendê, madre de santo del terreiro Katê Espero, fue quien la puso a vender en Amaralina. La profesión vino de cuna, pasada de mujer a mujer, como ocurre con tantas familias que sostienen esta tradición en Bahía.
La dirección también tiene raíces profundas. El punto de la familia en el Largo das Baianas, en Amaralina, está ocupado desde hace más de 80 años, atravesando generaciones en el mismo pedazo de suelo. Hubo una época en que ese largo llegó a reunir 38 baianas vendiendo al mismo tiempo, en un hormiguero de dendê, humo y clientes que da la dimensión de cómo el lugar fue importante para el barrio.
Ocupar el mismo punto por más de 80 años no es un detalle pequeño en una ciudad que cambia todo el tiempo. Es un ancla de memoria, un lugar que todo el barrio reconoce, y que Cici de Amaralina mantiene en pie sola donde antes había decenas. El Largo das Baianas, hoy, lleva esta historia de permanencia que pocos negocios logran.
Del orixá al tabuleiro: cómo todo comenzó a los 7
Para entender por qué ella comenzó tan temprano, es necesario entender el peso de lo sagrado en esta historia. Después de la recuperación, Cici de Amaralina necesitó cumplir una obligación de seis meses a su orixá, un compromiso religioso que exigía recursos propios. Fue esta necesidad la que la empujó al tabuleiro siendo aún niña, vendiendo acarajé para costear las exigencias de la fe que, según ella, la salvó.
La conexión tiene todo el sentido cuando se recuerda lo que es el acarajé. Antes de ser un aperitivo de playa, es comida sagrada del candomblé, ofrenda ligada a los orixás, en especial a Iansã. Vender acarajé, para la baiana de acarajé tradicional, es también un acto de devoción, no solo un trabajo. La niña que se curó en el terreiro fue, naturalmente, a parar detrás del tabuleiro.
La relación de Cici con la religión, sin embargo, tuvo vueltas a lo largo de la vida. Ella dejó el candomblé en 1998, después de la muerte de su madre de santo, y hoy sus hijas siguen otro camino de fe. La historia de ella muestra cómo la vida real rara vez cabe en una línea recta, y cómo la tradición del acarajé acoge trayectorias diferentes sin dejar de ser lo que es.
1976: el embarazo que fijó el oficio de una vez
Hubo un momento en que el acarajé dejó de ser una obligación pasajera y se convirtió en sustento definitivo. En 1976, al descubrir que estaba embarazada, Cici abrazó la profesión en serio. La cuenta era simple e impresionante: en un solo día de trabajo en el tabuleiro, ella ganaba el equivalente a un salario mensual. Para una madre, era la diferencia entre apretarse y respirar.
Este dato dice mucho sobre la fuerza económica del oficio cuando se maneja bien. El acarajé en Salvador nunca fue solo cultura, siempre fue también sustento, una fuente de ingresos que sostuvo generaciones de mujeres negras en la ciudad. Para Cici, el tabuleiro fue lo que pagó las cuentas, crió a las hijas y dio autonomía, en una época en que las oportunidades eran escasas.
La elección de 1976 terminó definiendo las cinco décadas siguientes. El acarajé en Salvador se convirtió en el eje de su vida, y lo que comenzó como solución para un embarazo se transformó en la identidad de toda una vida. Pocas decisiones tomadas en la juventud resultan tan acertadas al final del camino.
El acarajé de Cici: caruru, ensalada y la tradición que da pérdidas

Hace unos 50 años, ella participó del grupo de baianas que comenzó a poner el caruru dentro del acarajé, y, unos diez años después, a incluir la ensalada. El relleno que mucha gente cree que siempre existió es, en realidad, una innovación que ella ayudó a crear. La baiana de acarajé, aquí, es también una autora de la receta.
El detalle curioso es que esa tradición cuesta caro para quien la mantiene. Según un análisis de costos de la Abam, la Asociación Nacional de las Baianas de Acarajé, Mingau, Receptivo y Similares, el caruru dentro del acarajé representa una pérdida financiera. Aun así, Cici insiste en mantener el caruru, porque para ella quitar el relleno sería traicionar lo que el acarajé en Salvador se ha convertido.
Esta terquedad lo dice todo sobre su relación con el oficio. En un mundo que recorta costos a cualquier precio, ella elige la fidelidad a la tradición incluso cuando las cuentas no cuadran. Es el tipo de gesto que la Abam reconoce y que la convierte en una guardiana, no solo en una vendedora. El acarajé en Salvador sigue siendo redondo porque baianas como ella rechazan el atajo.
Patrimonio de Brasil: el oficio que Cici mantiene vivo
La profesión que Cici ejerce desde hace 65 años no es un trabajo cualquiera a los ojos del país. Desde 2005, el oficio de la baiana de acarajé es reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de Brasil por el Iphan, el instituto que cuida de la memoria nacional. Cada tabuleiro en las calles de Salvador es, oficialmente, un pedazo vivo de la cultura brasileña. Y la Abam estima que la ciudad tiene cerca de 3,5 mil baianas en actividad.
Dentro de este universo, Cici de Amaralina ocupa un lugar especial. La Abam la registra como una de las baianas de acarajé más antiguas aún en activo en Salvador, una veterana que vio el oficio cambiar y resistir. Hoy trabaja dos veces por semana, los miércoles y los domingos, abriendo el puesto a partir de las diez de la mañana, en un ritmo que respeta la edad sin abandonar la vocación.
La vida personal acompaña la longevidad de la carrera. Casada con Porcino de Souza, Cici llega a 50 años de matrimonio en 2026, con hijas ya criadas. A los 72 años, ella es la prueba viva de que el acarajé en Salvador no es solo comida, es historia, fe y permanencia, todo servido en el mismo punto que la familia mantiene desde hace más de 80 años en el Largo das Baianas.
¿Qué enseña la historia de Cici sobre resistir?
Al final, la trayectoria de Cici de Amaralina es sobre terquedad en el mejor sentido de la palabra. Desahuciada a los 7, transformó una sentencia en 65 años de trabajo, crió a las hijas con los ingresos del tabuleiro y ayudó a escribir la receta del acarajé que Salvador come hoy. Mientras haya dendê hirviendo en el Largo das Baianas, parte de esta historia sigue siendo contada por ella. Es memoria viva que se puede comer.
Y tú, ¿conoces alguna baiana de acarajé o algún personaje de tu ciudad que lleve este tipo de historia de resistencia y tradición? Cuéntanos aquí en los comentarios quién es esa persona, porque historias como la de Cici merecen ser recordadas mientras sus protagonistas aún están en el tabuleiro.

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