Estudio divulgado en mayo de 2026 muestra que áreas forestales brasileñas aún sin protección formal ocupan puntos estratégicos de las rutas que transportan humedad de la Amazonía hasta los Andes
Un nuevo estudio colocó los bosques públicos aún sin destino oficial en el centro de una cuestión que trasciende las fronteras de Brasil. Estas áreas ayudan a mantener corredores atmosféricos que llevan vapor de agua de la Amazonía a regiones de Perú y Bolivia, donde más del 70% de la precipitación anual en zonas consideradas sensibles depende de estos flujos.
El estudio fue presentado el 28 de mayo de 2026 por la Amazon Conservation. Producido en formato de informe técnico, el documento mapeó tres rutas estacionales de los llamados ríos voladores e identificó los puntos en los que la deforestación, la apertura de carreteras y la fragmentación del bosque pueden comprometer la circulación de la humedad.
El análisis muestra que el problema no está solo en la cantidad total de árboles talados. La ubicación de la pérdida forestal también importa, porque ciertos corredores funcionan como verdaderos cuellos de botella por los cuales la humedad necesita pasar antes de alcanzar el suroeste de la Amazonía y la Cordillera de los Andes.
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El Acre aparece como una de las áreas más estratégicas, pues reúne el paso de las tres rutas identificadas. Al mismo tiempo, parte de este corredor atraviesa tierras públicas que pertenecen a la Unión o a los estados, pero aún no han sido transformadas en unidades de conservación, territorios reconocidos o áreas destinadas al uso sostenible.
Ríos voladores transportan agua del Atlántico hasta el interior del continente
Los ríos voladores no son cursos de agua visibles como los ríos que recorren el suelo. Son grandes flujos de vapor transportados por los vientos, comenzando con la humedad que llega del Océano Atlántico y siendo continuamente alimentados por la evaporación del agua y la transpiración de las plantas.
Los árboles extraen agua del suelo a través de las raíces y liberan parte de ella en la atmósfera por las hojas. Este proceso, conocido como evapotranspiración, ayuda a reciclar la lluvia y permite que la humedad continúe avanzando por miles de kilómetros sobre el continente.
El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación ya destacó que la vegetación amazónica produce vapor responsable de la formación de estos corredores, con influencia sobre las lluvias y la seguridad energética. Así, el bosque no es solo un área que recibe agua, sino una parte activa de la infraestructura climática que redistribuye esta agua.
Acre concentra las tres principales rutas de transporte de humedad

El estudio trabajó con datos de circulación atmosférica, trayectorias inversas de la humedad, mapas de deforestación, categorías de tierras y información sobre obras de infraestructura. La combinación de estas bases permitió reconstruir el camino probable recorrido por el vapor antes de llegar a las regiones analizadas en Perú y Bolivia.
Se identificaron tres rutas relacionadas con los períodos lluvioso, seco y de transición. Cambian de posición e intensidad a lo largo del año, pero convergen en áreas de la Amazonía occidental antes de avanzar hacia los Andes.
La ruta de la estación seca fue clasificada como la más vulnerable. En este período, la entrada de humedad puede ser menor y el sistema pasa a depender más del agua reciclada por la propia vegetación, lo que aumenta la importancia del mantenimiento de corredores forestales continuos.
También preocupan las áreas cercanas a ejes de infraestructura, incluyendo regiones asociadas a las carreteras BR-319 y BR-364. Las carreteras no eliminan directamente los ríos voladores, pero pueden facilitar nuevas ocupaciones, extracción ilegal de madera, incendios y apertura de áreas agrícolas a lo largo de sus zonas de influencia.
Bosques sin destinación quedan más expuestos a la apropiación ilegal y a la deforestación
Los Bosques Públicos No Destinados son áreas que ya pertenecen al poder público, pero aún esperan una decisión sobre su uso definitivo. Pueden en el futuro ser destinadas a la conservación, al manejo sostenible, al reconocimiento de territorios tradicionales u otras categorías previstas en la legislación.
Según información del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía, estos bosques ocupan aproximadamente 50 millones de hectáreas en el bioma amazónico y almacenan cerca de 5 mil millones de toneladas de carbono. A pesar de este valor climático, ambiental e hídrico, permanecen especialmente vulnerables mientras no reciben una definición formal.
El instituto estima que entre el 26% y el 30% de la deforestación amazónica ocurre en estas áreas. Cerca del 60% de su extensión también tendría algún tipo de superposición con registros del Catastro Ambiental Rural, el CAR, aunque el catastro declaratorio no es un documento de propiedad de la tierra.
Estas superposiciones pueden ser utilizadas para intentar crear una apariencia de ocupación privada sobre patrimonio público. En la práctica, el registro en el CAR no transforma tierra pública en propiedad privada, pero puede alimentar disputas de tierras, especulación y procesos de ocupación irregular cuando no hay fiscalización y análisis de los registros.
Una investigación publicada en la revista Nature Communications, basada en 33 años de datos, concluyó que las tierras públicas sin definición de propiedad presentaron más deforestación que áreas sometidas a algún régimen formal. El resultado indica que definir el uso y la responsabilidad sobre el territorio puede reducir la incertidumbre que favorece invasiones y talas.
Pérdida de árboles puede debilitar el reciclaje de la lluvia
Cuando el bosque es reemplazado por pastizales, cultivos, carreteras o áreas degradadas, la capacidad de devolver agua a la atmósfera tiende a disminuir. El suelo también puede calentarse más, mientras que la fragmentación altera la circulación local del aire y la forma en que la humedad atraviesa el paisaje.
Esto no significa que la tala de un área aislada interrumpirá inmediatamente toda la lluvia de otro país. Los sistemas atmosféricos son complejos y también sufren influencia de la temperatura de los océanos, de fenómenos como El Niño y La Niña y del calentamiento global.
El riesgo señalado por el estudio aparece con el acumulación de pérdidas forestales a lo largo de corredores estratégicos. Cuanto más fragmentado esté el camino, menor podrá ser la eficiencia del reciclaje del agua, especialmente durante la estación seca, cuando la contribución de la vegetación se vuelve más importante.
Sequía de 2023 y 2024 mostró la dimensión de los posibles impactos
El informe utiliza la sequía que afectó a la Amazonía entre 2023 y 2024 como ejemplo de la exposición de las poblaciones, los ríos y las actividades económicas a una reducción prolongada de las lluvias. Los autores no afirman que la deforestación brasileña haya sido la única causa de ese evento, que involucró diferentes factores climáticos.
La Organización Meteorológica Mundial registró que la Amazonía y el Pantanal tuvieron, en partes de 2024, precipitaciones entre 30% y 40% por debajo de lo normal. El Río Negro, en Manaos, alcanzó un nuevo récord de baja ese año, superando el nivel mínimo que ya había sido registrado en 2023.
En el suroeste del continente, la falta de lluvia afectó cultivos agrícolas, producción forestal y disponibilidad de agua. El documento cita una reducción de hasta 75% en la producción de soja en Santa Cruz, en Bolivia, además de la caída de la cosecha de papa en la región de Puno, en Perú.
Los efectos también alcanzaron la navegación, las comunidades ribereñas, la generación hidroeléctrica y cadenas asociadas al bosque, como la producción de castaña. La seguridad hídrica, la producción de alimentos y la conservación de la Amazonía están ligadas al mismo sistema de circulación de humedad.
Protección de las áreas estratégicas exige decisiones de tierras y ambientales
Entre las propuestas presentadas está la creación del concepto de Territorios de Humedad Crítica. Serían áreas cuya vegetación ejerce una función especialmente relevante en el reciclaje y en el transporte de vapor y que, por eso, deberían recibir prioridad en las decisiones de conservación y ordenamiento territorial.
Los investigadores también defienden que el impacto sobre los ríos voladores sea considerado en el licenciamiento de grandes proyectos de infraestructura. Una obra localizada en Brasil puede estimular cambios en el uso de la tierra capaces de afectar la lluvia, la agricultura y los ecosistemas de regiones situadas en países vecinos.
Otra recomendación es acelerar la destinación de los bosques públicos, restaurar tramos degradados y fortalecer programas existentes. El Ministerio de Medio Ambiente informa que el Planaveg 2025-2028 integra la meta brasileña de recuperar 12 millones de hectáreas de vegetación nativa hasta 2030, mientras iniciativas como el Programa Áreas Protegidas de la Amazonía pueden apoyar la ampliación y la consolidación de áreas conservadas.

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